Venezuela es un país que enfrenta una severa crisis económica, política y social. Ya, en una anterior entrega habíamos comentado como esto afectaba al desarrollo del fútbol profesional. Ahora, tocará comentar sobre la cara más representativa de cada país en cuanto a balompié: Sus selecciones.

En los primeros años del Siglo XXI, Venezuela empezó a tener resultados inéditos con su equipo absoluto, lo que generó gran sorpresa en Sudamérica y sirvió para que un país decididamente entusiasta del béisbol, volteara a ver por primera vez a su selección de fútbol.

Derrotas a grandes equipos como Uruguay en Eliminatorias, triunfos como visitantes y otros tantos sirvieron para unir a un país, que, ya en ese entonces, empezaba a polarizarse en lo político por la consolidación de la doctrina chavista.

La Vinotinto fue un punto de unión y ya avanzada la década pasada, aglutinó las mejores inversiones tanto del gobierno, como del sector privado. Era un ícono sagrado que estaba limpio de temas políticos.

Incluso, cuando empezó a arreciar la crisis (es bueno recordar que gracias al “subidón” del barril de petróleo, el país tuvo unos años de bonanza que no fueron aprovechados después), la Vinotinto estaba envuelta en una burbuja que le alejaba de la debacle actual.

Pero el blindaje no iba a ser eterno. Luego de la eliminatoria a Rusia 2018, que en resultados significó un profundo retroceso (aunque el remate de Rafael  Dudamel fue esperanzador), aparecieron algunos cuestionamientos producto de la crisis.

Rafael Dudamel, DT Vinotinto

Desde ese entonces hasta hoy, la selección no ha conseguido patrocinio económico. En Venezuela, no hay empresa (a excepción del estado) que pueda gastar uno o dos millones de dólares en inversión publicitaria. Una inversión que cubriría gastos del equipo, pero que está muy distante de lo que invierten sponsors en otras latitudes.

De esos patrocinantes, el sponsor de indumentaria, Adidas, decidió cortar la relación. Después de años felices por ventas buenas, ya no le era rentable seguir con Venezuela. El motivo es una ecuación sencilla: un modelo de camiseta de esta marca cuesta alrededor de 50 $ en cualquier parte del mundo. En Venezuela, el salario mínimo mensual ronda los 4-5 dólares. Es técnicamente imposible para el ciudadano común adquirir una pieza original.

Bajo ese esquema de negocios, ninguna compañía “grande” de deportes (léase Nike, Puma, Under Armour, etc.) le pareció atractivo el mercado venezolano.

Apareció la italiana Givova, que al asumir el convenio, dijo que de entrada no le importaba el retorno económico inmediato. A través de la Vinotinto, ellos se harían un nombre en Sudamérica y la marca crecería en la región. Qué mejor publicidad que aparecer al lado del Nike de Brasil o las tres barras de Adidas de Argentina cuando coincidan con Venezuela.

Sin embargo, no todo ha sido viento en popa. En la primera entrega de uniformes, a las categorías juveniles primero que a la absoluta, el color de los uniformes era más morado que vinotinto.

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Después, ocurrió el episodio más penoso: En el amistoso absoluto entre Venezuela y Catalunya, la indumentaria no llegó. A la Federación Venezolana de Fútbol no se le ocurrió mejor idea que comprar unas camisetas de senderismo de la marca Quechua, cortarle las etiquetas e imprimirles encima la marca “Givova” y colocarle el parche federativo. Los jugadores se quejaron y el escándalo (y la burla) fue mundial.

La queja de Tomás Rincón en sus redes

A días de la Copa América, la selección sigue a la espera de un sponsor. FVF tiene la esperanza de que la estatal petrolera, PDVSA, aparezca con un buen dinero. Por ello, se han podido observar ciertas restricciones y presiones por temas políticos. Sin embargo, hay que decir que los jugadores de la absoluta todos viven en el exterior, jugando en ligas buenas y alejados de la crisis social que padece Venezuela.

De hecho, no se les verá en el país hasta  las eliminatorias. En Venezuela no hay capacidad económica para hacer un amistoso. Traer cualquier selección cuesta cerca de 300 mil dólares y recuperar esa inversión es imposible en la realidad económica actual. Si un ciudadano común gana entre 5 y 10$, pagar una entrada de 30 dólares es imposible.

Pero, hasta en el peor pantano crecen rosas. Venezuela ha sido cantera inagotable de juveniles talentosos y camada tras camada van surgiendo jugadores brillanrtes. Va de la mano con la crisis: en los años 90, el fútbol venezolano era más asociado a la clase media y los niños de escasos recursos soñaban con ser beisbolistas.

Hoy, los “chamos” quieren ser un Salomón Rondón o Tomás Rincón. Saben que es un escape a la situación de su hogar y entrar a temprana edad a un club podría significar garantizar la comida. Aparte, por temas políticos, la gran mayoría de academias (semilleros) se han ido del país, lo que le abre cancha al balompié.

Daniuska Rodríguez, una de la futbolistas más brillantes de Venezuela salió de un humilde barrio

La vinotinto sub-20 de 2017 fue subcampeona del mundo y fue un hecho que alegró al país en medio de la miseria. También las damas dan pasos agigantados, pero estructuralmente, sigue muy débil el aprovechamiento del gran potencial que tiene el fútbol femenino. Aún no se cristaliza una clasificación absoluta de chicas. Y hace un par de años, se marchó el DT Kenneth Zseremeta denunciando casos de desnutrición entre sus seleccionadas.

Lo importante de esto, es que muchos que vienen atrás quieren seguir luchando por Venezuela. Los jóvenes serán importantes para el crecimiento del fútbol y serán modelos de ciudadanía en un eventual cambió político. Pero, es importante que en el presente dejen las herramientas necesarias para su correcto desarrollo.

En los «chamos» hay muchas esperanzas