George Weah, el otro balón de oro
El nacido en Liberia se convirtió en leyenda vistiendo los colores del AC Milán.

Detrás del glamour fubolístico de las nuevas generaciones, existió un jugador de élite que conquistó al mundo con un equilibrio de ensueño. Antes de los tiempos de la religión mercadológica, un liberiano hizo suyo un esférico áureo que hoy continúa siendo motivo de admiración. A los 29 años de edad y con la magia desbordando de los botines, George Weah se convirtió en el otro balón de oro: el único, hasta hoy, entregado a un futbolista africano.

Con tremenda potencia y una técnica perfectamente trabajada, George Tawlon Manneh Oppong Ousman Weah, se consagró en el mundo del futbol como un goleador temido por la meta rival. Su definición nunca se caracterizó por la exquisitez de los más finos, pero fue siempre certero. Usando correctamente la cabeza, con la violencia del empeine o con el punterazo como último recurso, el ídolo de Liberia enamoró a la siempre exigente tribuna.

Weah nació y creció en Monrovia, capital de Liberia. Por fortuna, y con el paso del tiempo, no se convirtió en testigo fiel de la violencia que azotó a su país natal. Debutó a los 19 años en el Mighty Barrolle de su país; un año después llegó al Invincible Eleven de la liga de su nación, y tras anotar 24 goles en 23 partidos, se mudó a Camerún: último escalón previo a las grandes ligas; en Francia, iniciaría su leyenda.

A los 22 años ya jugaba para el Mónaco de la Ligue 1, en ese entonces dirigido por Arsene Wenger.Tras el retiro, y refiriéndose a la influencia del hoy timonel del Arsenal en su carrera, dijo: «Hizo de mí el futbolista que fui. Se fijó en mí cuando estaba en el Tonnerre de Yaoundé, donde había jugado Roger Milla, y comprendió mis orígenes africanos y los respetó». Para él, como todos los africanos que viajan por el mundo en busca de oportunidades, existió siempre una palabra clave: libertad. Justo con ella, desplegó un futbol diferente, de coraje y físico, con un brillo en los ojos que denotaba ambición.

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Vivió cuatro temporadas con el Mónaco y luego pasó a otro de los clubes grandes de una Francia necesitada de figuras: el Paris Saint Germain. En el Parc des Princes se volvió parte de la realeza del futbol. Pasó tres años en el PSG y conquistó dos veces la Copa de Francia, una vez la Ligue 1 y en 1995, antes de marcharse a Italia, la Copa de la Liga. A los 28 años, cuando parecía que su carrera no daba para más, fue seducido por Silvio Berlusconi; el magnate rossoneri le invitó a vivir una etapa que hoy es imposible de olvidar.

En 1995, un año después de su fichaje por el AC Milán, George Weah, liberiano de nacimiento, hizo historia como nunca antes. Fue nombrado mejor jugador del planeta por France Football y recibió el distintivo Balón de Oro que muchos otros envidiarían. En esa época de éxito descomunal, dejó en el camino del galardón a Franco Baresi, Michael Laudrup, Alessandro del Piero y Jürgen Klinsmann; durante un par de años más, siguió brillando.

Consagrado como leyenda probó otros horizontes, sin embargo, el físico le impidió destacar como algún día le hizo. La fúrica aceleración se quedó en Italia; el olfato goleador, también. Pasó sin pena ni gloria por el Chelsea, Manchester City y Olympique de Marsella. En 2001 llegó a los Emiratos Árabes para jugar dos temporadas. Su chispa y talento se fueron desvaneciendo junto a los mejores años de su vida. Dijo adiós al balompié sin mayores reflectores, pero llevó consigo hasta el final un mensaje que transmitiría durante el retiro: «El futbol es un sentimiento y África lo lleva en el corazón».