Minuto 55. Una lluvia de bengalas cae de la grada y produce una gran fogata, inusual en la tranquila Suiza. El partido no puede continuar por la violencia. Sion gana 2-0 y los jugadores del equipo perdedor tratan de calmar a sus seguidores.

Es en vano. La feligresía de Grasshoppers Club, que por años se jactó de ser un equipo que jamás descendió, de que tiene las vitrinas con más títulos del país de los quesos y el chocolate (27 ligas y 19 copas) está al borde de la condena.

Sion representa la salvación en este momento en el país de Heidi. Antes de los disturbios del sábado, que escandalizaron a un país que se presume tranquilo (y que en sus webs deportivas, se veía que les costaba armar un top diez de disturbios de su fútbol), los rojiblancos tenían 26 puntos y el “GC”, 18, en el foso de la tabla. Una esperanza de recortar era el triunfo, pero con la derrota parcial la diferencia se ampliaba a nueve unidades, una distancia muy difícil de salvar a falta de once jornadas para terminar la campaña.

La Superliga ante este escándalo, seguramente le otorgará el 3-0 al local, así que la salvación se ha vuelto quimérica. La última esperanza es que le de caza al Neuchatel Xamax, penúltimo de la tabla con 22 y que le permitiría jugar una promoción contra el subcampeón de la Challenge o segunda.

A GC le cuesta ganar. La frustración es palpable en cada juego

¿Cómo llega un gigante hasta acá?

Han sido varios años de desaciertos. Por lo pronto, Grasshoppers Club ya venía tocando las puertas del infierno: en 2018 terminó penúltimo y en 2017 antepenúltimo.

En 2012 también había coqueteado con el descenso, sin embargo, esa temporada vergonzosa y mediocre (aunque no se compara con lo de hoy) sirvió para dar una cachetada y remozar la plantilla. Surtió efecto, pues con un buen plantel, en 2013 quedó segundo a tres puntos del título (y ganó Copa, el último título del club) y en 2014, también quedaron segundos aunque bastante lejos del campeón Basel.

2003, el último año con título de liga

Esa inversión no fue repensada y al año siguiente, de nuevo antepenúltimo. No pudieron retener figuras que fueron apetecidas por mejores ligas y el dinero no fue para nada bien invertido. La crisis económica afectó la institución y aunque en 2016 fueron cuartos, ya se habían montado en un tobogán en el que no han parado de descender.

Fundado en 1886, cosechó tantos títulos en el siglo XX, que su última liga fue en 2003 y aun así, con un Basel que ha sido dictador en esta centuria, siguen sacando 7 ligas de ventaja a este cuadro. Después de ese título, el equipo no daba muestras de hacer aguas, aunque se paseaba por la mitad de la tabla, es decir, cuarto o quinto en una liga de diez (y era la molestia de la gente, porque querían quedar campeones). Terminando la primera década de los 2000 ya aparecían los primeros síntomas.

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Opinan los que saben

“El problema del Grasshoppers es que hay muchas personas tratando de opinar, todos quieren hacer algo distinto al otro y nunca hay acuerdo para lograr lo mejor para el club”, opinó Frank Feltscher, delantero suizo-venezolano, quien estuvo con el equipo en la época “buena” de los dos subcampeonatos seguidos.

La mala gerencia no pudo retener a la gran generación de 2013

Hoy carga las culpas de directivas anteriores Stephan Anliker, el presidente. Los entrenadores Pierluigi Tami, Carlos Bernegger, Murat Yakin y Thorsten Fink han estado entrenando saltamontes durante los últimos cuatro años. Ahora Tomislav Stipic tiene la misión casi imposible de no romper la cadena histórica de no descender.

El presidente Anliker ha nombrado a su hijo adoptivo, Manuel Huber, como CEO, lo que ha generado mucha controversia. Casi 170 jugadores entraron y salieron en la era de cinco años de Anliker, una muestra de inestabilidad de esta institución. En marzo, fue echado Mathias Walther, el cuarto gerente deportivo despedido en el mismo período. Los apellidos que parecen no tocarse son los de Anliker y Huber.

Anliker, un hombre muy señalado

“La condición miserable de los Saltamontes hace que el club no sea atractivo para los inversores, inversores u otros propietarios, independientemente de si Grasshoppers está descendiendo o no. El descenso a la Challenge League haría que el lamentable estado del club fuera más evidente que el paradero en la Super League. Quizás un descenso significaría que los Saltamontes tendrían que enfrentar el problema existencial como un club de fútbol profesional”, reflexiona en una columna el periodista suizo Stephan Ramming.

Una imagen muy dolorosa para el hincha: la demolición del viejo Hardturmstadion.

Un grande sin casa propia

Esto agrava una situación crítica que padece en lo moral el equipo: desde 1929 hasta 2007, Grasshoppers disputó sus partidos de local en el Hardturm-Stadion. El recinto fue demolido en 2008 para dar lugar a un nuevo proyecto de estadio a ser compartido con el otro club principal de la ciudad, FC Zürich, pero nunca se concretó. Es curioso que la sede de la FIFA no tenga un gran estadio de fútbol, porque Letzigrund es mundialmente famoso por las gestas del atletismo.

Desde entonces, GC disputa sus partidos de local en la casa de sus rivales locales,  el Letzigrund asignado al FC Zúrich. El famoso estadio prometido, exclusivo de fútbol, no ha contado aún con fondos para terminarse y debió estar listo hace más de diez años. Si llega a descender, este proyecto estaría más alejado que nunca. Tienen menos del último cuarto de temporada para amarrar un milagro.