Ya es hora. Cada sábado me coloco frente a esta ventana para verla pasar. No importa que siempre lo haga acompañada. Sé que le gustan los chicos que juegan futbol, lo sé porque cada fin de semana camina tomada de la mano de algún jugador del Atlético Tlalpan, en ocasiones hasta se besan en mis narices. Por supuesto que no pienso mal sobre ella, pues creo que cualquiera tiene la posibilidad de buscar afecto como le venga en gana, y con quien le venga en gana.

La diosa del sábado

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Desconozco su nombre, así como el lugar donde vive. En verdad, ni siquiera me interesa saberlo, con mirarla pasar por aquí es suficiente. Toda la semana espero con ansias que llegue el sábado y por nada del mundo altero la única oportunidad que tengo de contemplarla. Me fascina apreciarla con sus jeans ajustados, sus tenis desgastados y una sudadera corta que le cubre todo el pecho. La diadema que adorna su cabello lacio y negro la convierte, al menos para mí, en una diosa, en una auténtica diosa. Su sonrisa, ¡qué sonrisa! También imagino su cuerpo desnudo, ¡qué cuerpo!
Ahí viene de nuevo, ahora junto a un chico que porta el 5 en la parte frontal de su playera. Se nota que el partido fue duro: trae las rodillas sangrantes y una espinillera rota. Son heridas que en una cancha se valoran como medallas de una heroica batalla, mayor aún en un elemento que porta su número. Eso lo leí por ahí, no sé dónde. Son heridas sin dolor cuando ella se encarga de sofocarlo con besos al valiente que ofreció sus armas en beneficio de un equipo. Pese al sudor y la tierra que el 5 trae en todo el cuerpo, ella lo abraza de tal manera que pareciera no quererlo soltar nunca.
Ella ignora por completo que la observo. Soy tan cobarde que me escondo detrás de la cortina. Podría decir que me da pena que me sorprenda, pero en realidad temo porque tengo la sensación de que se burlaría de mí. Se han ido; se ha ido ya. Quisiera correr y abrazarla, besarla, hablarle, estar ahí tomándole la mano, pero no puedo. Sé que a ella le gustan los jugadores de futbol, y no puedo contra eso.
Cada vez que la veo partir vuelvo a la resignación de mis fines de semana: me coloco frente al escritorio y cojo la foto de papá, hombre al que culpo de mi desgracia. Le recrimino la pésima decisión que tomó al pasarse el alto; de eso ya hace cuatro años. ¡Cómo quisiera jugar futbol! Imposible hacerlo en mi maldita silla de ruedas. Lo más cercano que tengo al balón es la televisión para ver los partidos y la belleza de la diosa, mi diosa. Sin embargo, bastante lejos.
Tocan a la puerta. Es papá. Lleva cuatro años toque y toque la puerta, cuatro años en los que no le abro. “Hijo, por favor, perdóname”, me grita y suplica. Me duelen su voz y el eco de su llanto. Es mi padre, sé que me ama, pero en el fondo aún no tengo ganas de perdonarlo. No por ahora. ¿Será que perdonándolo pierda el miedo a recorrer la cortina para que ella me vea? Por hoy únicamente deseo que ya sea sábado otra vez.

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