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Cuando tenía 18, José Villegas Tavares abandonó la industria textil para dedicarse de lleno a la pelota. Nació en 1934 y vistió durante 20 años la camiseta del rebaño. Rojiblanco hasta la médula, obtuvo ocho títulos de liga defendiendo para el Guadalajara. Férreo en la marca y veloz en el despliegue, se ganó el respeto de la afición mexicana. Su apodo: ‘Jamaicón’, trascendió a la cultura popular de toda una nación a consecuencia de la irremediable nostalgia de saberse lejos de casa. Su mayor pecado, extrañar las bondades culinarias de la tierra natal.

Sobre el césped jalisciense, un gigante. Lejos de México, futbolista promedio. Su casi incomprensible baja de rendimiento se debió principalmente a la falta de tortilla y frijoles. Participó en dos Copas del Mundo y fue seleccionado nacional hasta en 28 ocasiones. Su legado futbolístico es amplio, pero ni la redonda fue capaz de preservar su historia con la fidelidad única de los momentos de desgracia. A Villegas le aquejó un súbito mal del que él mismo fue  creador. Hoy, el “Síndrome del Jamaicón” abruma a cientos de mexicanos que radican en el extranjero aun cuando el balón no esté de por medio.

Creció en el humilde barrio de La Experiencia y desde allí forjó el sueño de toda una vida. El éxito deportivo le facilitó la fama, pero su peculiar mote lo convirtió en leyenda. El apodo de Villegas Tavares surge durante la infancia. «Mi Mamá me lo puso, pues de niño me encantaba el agua de jamaica, de hecho, hasta la fecha me sigue gustando mucho”, declaró el exfutbolista durante una entrevista para el sitio oficial de las Chivas. Como profesional, se hizo respetar por la tenacidad al defender y la precisión para desarmar los embates del rival. Aún con eso, el espíritu nunca fue inquebrantable.

Jamaicon Villegas
Jamaicon Villegas

El ‘Jamaicón’ Villegas quedó a deber las grandes muestras de su talento al futbol mundial. Dejó el orgullo en el vestidor cada que el pitazo inicial resonaba lejos de su natal Guadalajara. El carácter venía a menos mientras la añoranza venía a más. Los días fuera de México transcurrían bajo una irremediable incomodidad; la calidad balompédica disminuía en los tiempos de tristeza. “Yo lo que quiero son mis chalupas, unos buenos sopes y no esas porquerías que ni de México son”, rezaba melancólico durante una elegante cena en Lisboa. Días después, la selección tricolor ocuparía el último lugar de entre todos los participantes en la Copa del Mundo de Suecia 1958.

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A principios de los años 60, el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria fue testigo de la mayor hazaña de José Villegas. En partido amistoso entre el Guadalajara y Botafogo, el ‘Jamaicón’ hizo frente al mítico Garrincha, impidiendo al ídolo brasileño cualquier acción de peligro de cara a la portería rojiblanca. Por el mundo entero corrió el rumor de la existencia de un astro a la defensiva, de 1.71 de estatura y bigote poblado. Apenas salió de México, el fortísimo defensor jalisciense no lo fue tanto y el murmullo de la prensa cesó.

Un año antes del mundial de 1962, en partido de preparación disputado en Londres, la Selección Mexicana fue derrotada con marcador de 8-0 por su similar inglesa. El extremo derecho del combinado británico brilló a costa del ‘Jamaicón’, de actuación desastrosa. Por la noche, en entrevista con un periodista local, el defensor mexicano aseguró que “extrañaba a su mamacita, llevaba días sin tomarse una birria y que la vida no era vida si no estaba en su tierra», palabras retomadas, años después, por la Revista Universitaria de la UNAM.

Su exitosa carrera, fraguada durante dos décadas con base en sudor y esfuerzo físico, fue sepultada a la sombra de una doble desilusión internacional. Villegas abandonó el futbol sin las fanfarrias meritorias de un ocho veces campeón del balompié nacional, arrastrando el nombre detrás de un apodo que se convirtió en el síntoma de la melancolía; el mal predilecto del que sí es profeta en propia tierra pero pasa de noche en territorio ajeno, extrañando a la familia, el clima y la cocina. Una condena de apatía para quien se sabe lejos del “México lindo y querido”, aquel de la gente que nunca olvida, esa que llevará al “Síndrome del Jamaicón” hasta el resto de los días, como una tradición de la vida misma.