El primero de septiembre del presente año, Bleacher Report publicó un trabajo genial, firmado por Ed Smith y acompañado con las ilustraciones de Virgo A’raaf, que también tomamos para este trabajo. El texto describe los estilos de dirigir de cuatro caudillos del fútbol relacionándolos con sus “motivaciones personales”, y las características de cada uno como persona: sus ideas, gustos y modales, lo que relaciona sus paradigmas del juego no solo como mera erudición deportiva, sino como una proyección de lo que significa la vida para ellos.

Lo que sigue es la adaptación de este análisis, originalmente en inglés, al español, tomando como base las ideas de sus autores y  agregándole un toque nuestro.

Los 4 elegidos por Smith fueron Josep Guardiola, Arsene Wenger, José Mourinho y Carlo Ancelotti.

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El Ideólogo, Josep Guardiola

La reputación de las ideologías no goza de un aura favorecedora en nuestros tiempos. Como concepto, las ideologías no han logrado recuperarse de los desastrosos experimentos políticos del siglo XX. Hoy en día, aquel que se atreva a tomar una decisión con base únicamente en sus fundamentos ideológicos puede ser acusado de poseer una fe necia, incluso de ausencia de racionalidad y pragmatismo en un mundo donde está de moda ser pragmático.

Los ideólogos no tienen respaldo en este milenio. Aunque ese no es el caso de Josep Guardiola, nacido en Sampedor el 18 de enero de 1971, tenaz defensor de una idea que subyugó el fútbol del mundo entre 2008 y 2012, cuando ejerció como entrenador del Barcelona: ganar partidos mediante la implacable posesión del balón.

La posesión es la ambición. Los pases son los principios. La fundación es la técnica. Los movimientos del equipo los prerrequisitos.

Hay que tener el balón, mantener el balón, pasar el balón, todo al mismo tiempo.

No existe otra forma de jugar.

Guardiola predica la idea de original de Johan Cruyff, quien levantó en Cataluña la capilla donde se le reza, día y noche, a la posesión del balón. Muchos entrenadores han mantenido los principios, pero Pep Guardiola ha sido el más celoso buscador de la pureza ideológica.

En su destacada trayectoria como entrenador, desde sus inicios en el Barcelona B, el otrora cerebral mediocampista no necesitó de una etapa de aprendizaje porque su filosofía ya estaba inculcada por completo. Los 11 jugadores deben pasar la pelota. Tienen que pasar la pelota. Los equipos de fútbol son de futbolistas, no de atletas o tacleadores.  Por algo Xavi dijo en algún momento que si Pep Guardiola pudiera jugar con 11 mediocampista, lo haría. También aseveró, en una colaboración para el diario The Guardian, que en su etapa actual como entrenador del Manchester City el ideólogo tal vez introduzca algunas nuevas ideas, pero nunca modificará la filosofía. “Podría cambiar, tal vez se convierta aún más radical. Después de todo,  para él se trata de una religión”, escribió.

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En esta historia podemos encontrar muchas ironías, como la rivalidad entre Guardiola y José Mourinho –de quien hablaremos más adelante-, que estrenará nuevos capítulos durante esta temporada de la Premier League. Desde un pasado no muy lejano, los moralistas del deporte eligen por uno de estos bandos.

¿Mou o Pep?, he ahí el dilema.

Se trata de un contraste encantador: el creyente contra el cínico, el optimista contra el controlador, ideales utópicos contra inteligencia callejera. Para muchos, Guardiola brinda luz y Mourinho oscuridad.

Muchos siguen al heredero de la filosofía de Johan Cruyff por su fin último: un fútbol atractivo y creativo. No obstante, sería ingenuo ignorar que Guardiola es implacable con aquellos que no se adhieren a su ideología. Los execra. Los condena sin juicio y los deja arder en las ardientes llamas purificadoras de la hoguera.  Basta con preguntarle a Zlatan Ibrahimovic, un ganador por excelencia de este juego, con una vitrina donde guarda 30 trofeos. Como no adoptó su religión, Pep lo sacó del Barcelona. El inquisidor no perdonó.

Tampoco dudó en castigar a un hijo pródigo si el caso lo amerita. Cuando Cesc Fábregas, al fin, fichó por el equipo de su juventud en 2011, se vio abrumado por la intensidad de cada práctica, y eso pese a su formación académica culé. Perder la pelota se consideraba como un pecado capital, y así se castigaba por el sumo inquisidor de la religión.

En mundo tan resultadista y tan fugaz, causa impacto un defensor, contra viento y marea, de sus creencias. Se trata hacer cumplir las líneas de su evangelio letra por letra, hasta el momento en que el pueblo llega a la tierra prometida: la conquista de trofeos con el buen juego. Ni siquiera un escultor griego buscó la perfección con tanta terquedad.

Los deportes son una esquina rara donde las ideologías aún buscan legitimización. Solo aquí se puede permitir un purista ideológico, un apóstol como Josep Guardiola.

Continuará…