«Las piedras rodando se encuentran». De Eías Leonardo.

Asomándose por un pequeño cristal de la puerta, Michael contempla durante un minuto el aguacero que azota a Playa del Carmen y deduce que es mejor esperar. Coloca sus maletas junto al librero que está frente al vestíbulo de la recepción y toma asiento en el sillón más largo del lobby. No hay escapatoria para ninguno de los dos: tenemos que interactuar.

viajero

En los primeros días de su estancia en el hotel, Michael fue capaz de obsequiarme silencio y gestos rudos cada vez que lo saludaba. Pobre de mí si llegaba a atreverme a tratarlo con amabilidad hipócrita, pues el tipo prefería un sincero desdén que una falsa atención de cortesía. Bajo ese entendido, atenidos a un código establecido a partir de la frialdad mutua, “tú no me hablas, yo no te hablo, y todos en paz”, nos tratamos como dos piedras respetuosas una de otra. Si les dijera que su pinta y trato son del ser más amargado del mundo, me cae que me quedo corto.

Ahora que llueve, justo el día que debe marcharse, Michael cambia por completo. Algún efecto positivo posee la lluvia en personas como él. Ha dejado de ser el tipo recio, la enojada estatua que he conocido. Pregunta mi nombre, asombrándose cuando se lo digo porque le suena familiar.

— Conozco muchos Elías. Soy de Israel.

Roto el hielo, con la papa caliente de mi lado, recurro a cuestionar si es originario de Haifa, ciudad israelí. Carajo, fue lo primero que me vino a la mente.

— ¡Haifa! No, soy de Tel Aviv. Pero Haifa es muy importante para mí.

Prosigo con uno de los idiomas universales que atraviesa barreras y cruza fronteras, el futbol. Pese a que es de Tel Aviv, luego de escuchar el tono nostálgico con que pronunció Haifa, doy por hecho que es aficionado de Maccabi Haifa. Y así es.

— ¡Sabes que existe Maccabi Haifa!

— Bueno, es que por allá jugó y dirigió un futbolista que fue figura por acá, además de que se hizo famoso por huir después del terremoto de 1985. ¿Le suena Daniel Brailovsky?

Los ojos de Michael se llenan de lágrima infantil que todo futbolero mantiene intacta con el paso de los años en honor a sus recuerdos; el futbol es infancia, diría el escritor español Javier Marías. Michael se olvida de ser el hombre entrado en canas para convertirse en un chico emocionado que quiere hablar sobre uno de sus ídolos.

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Para la afición mexicana, el Ruso Brailovsky es identificado como símbolo americanista.  Para Michael fue un fantástico jugador que eligió Israel para derrochar talento en la recta final de su trayectoria dentro de las canchas. Maccabi Haifa fue el equipo que lo acogió y le permitió continuar con las virtudes de su juego hasta su retiro como profesional.

— Brailovsky tenía lo que no tienen los futbolistas de mi país.

— ¿Qué?

— Alma, pasión, hambre de alegrarse la vida. Era un fuera de serie, una especie de fuego en tierras de hielo.

Prosigue con los logros obtenidos por Maccabi Haifa bajo la dirección técnica del Ruso, club al que incluso hizo protagonista en competiciones europeas como la antigua Copa UEFA (hoy Europa League). Habla y habla envuelto por una sonrisa traviesa, entiéndase como si dejar de ser roca fuera una travesura. El aguacero no cesa, como tampoco la emoción de Michael.

— Guardado, Hugo Sánchez, Chicharito, Cuauhtémoc Blanco, Rafael Márquez.

Lanza dichos nombres para compartir que ha estado atento al futbol mexicano y a los jugadores que le merecen admiración.

— Haim Revivo.

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Le reviro con el nombre de un delantero israelí que llegó a la liga española para vestir la camiseta de Celta de Vigo en épocas de esplendor para un equipo que destacó con tipos como Alexander Mostovoi y Valery Karpin.

Atónito por escuchar en México, específicamente en Playa del Carmen, el nombre de Haim Revivo, ni qué decir por parte de un recepcionista de hotel, Michael toma nota en su teléfono de un pequeño suceso que califica de excéntrico e inaudito en su rol de viajero.

— Ya me tengo que ir.

— Ha sido un placer, buen viaje.

Sonriente, valiéndole un comino empaparse con la lluvia, Michael deja el hotel con un silencio cómplice, con un código nuevo para enmarcar su partida: las piedras se permiten hablar para decir hasta pronto.