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Canción para acompañar: «Blue Ridge Mountains – Fleet Foxes«

La perfección es un concepto que ha sido buscado desde los tiempos en que fuimos creados. Para los Mayas era la cercanía con los Dioses, un imperio persa imbatible bajo la percepción de Xerxes, una sociedad de raza aria para Hitler o una idea revolucionaria para cualquier emprendedor del Silicon Valley. Desde que Robert Guérin dio a luz un pequeño bebé llamado FIFA en mayo de 1904, la perfección ha adoptado diferentes formas. El perfecto Maracanazo, el perfecto milagro de Berna, el perfecto Pelé, la perfecta mano de Dios, el perfecto Laudrup, la perfecta España.

Todos buscamos la perfección en nuestras vidas ya que se nos ha enseñado que al encontrarla, la felicidad llega automáticamente. Sin embargo vivimos frustradamente viendo como otros consiguen conceptos subjetivos de aquella «perfección» lo cual nos retuerce de la envidia y termina por motivarnos a demeritar dichos logros de manera automática. La perfección, en el fútbol y en la vida, es subjetiva. Y lo subjetivo, no existe.

El gol, la gambeta, la asistencia, el caño, el festejo y la camiseta es algo que se disfruta y que no se compara. Al momento de comparar se pierde toda naturalidad que produce el gozo del auténtico fútbol. ¿Será mejor que Pelé? ¿Será mejor que Maradona? ¿Será mejor que Ronaldo? ¿Será mejor que Chitalu? No lo sabemos, ni nos interesa saberlo. Pero no podemos vivir sin saberlo y es por eso que no soportamos ver a alguien triunfar porque sabemos que alguna deficiencia debe de tener y tenemos que averiguarlo, además de hacérselo saber a los demás.

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Los críticos dicen que alcanzará la perfección cuando gane un Mundial. Los seguidores presumen que ya la alcanzó cuando ganó el tercer Balón de Oro. ¿Quién tiene la razón? Digo, quizás el mismo jugador sintió esa perfección el día que Frank Rijkaard le dio la autorización de pisar un césped profesional el 16 de octubre del 2004 contra el Espanyol.

Quienes lo admiran por el escudo que defiende, lo enaltecen con argumentos incoherentes. Quienes lo envidian por el rival del escudo que defiende, lo minimizan con argumentos incoherentes. Quien no disfruta lo que ha hecho por estar pendiente de lo que llegará -o debe llegar- a ser y hacer, es el mismo que le intenta buscar un ‘pero’ a todas las cosas de la vida… en lugar de simplemente disfrutarlas.

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