Lo que el futbol une que el futbol lo separe

A la fantasma con camiseta tricolor donde quiera que esté

Una simple charla

Me cita para que nos pongamos al día sobre nuestras respectivas andanzas. De repente mi amigo platica rápidamente una historia que escuchó sobre un hombre y una mujer que ahora deambulan como fantasmas en las calles del Centro Histórico de la ciudad de México. Desconoce si es verdad o no lo que le contaron. De su chamarra saca una hoja arrugada con información al respecto.

-Ten. Anoté los nombres de los lugares donde se supone que estuvieron. Quizás te interese y encuentres algo.

-Seguro es una leyenda urbana. Además, ¿a mí por qué me puede interesar?

-Ah, se me olvidó decirte que, según esto, el futbol los unió y el futbol los separó.

-¿Qué?

-Que tiene que ver con algo de futbol. Bueno, ya te di nombres de los lugares donde puedes encontrar algo. Ahora sí, dime cómo va la chamba.

La conversación cambia por completo e intercambiamos anécdotas. Así transcurren unas cuantas horas hasta que nos despedimos. En tono de burla le pregunto si los fantasmas del Centro aparecen en el día o en la noche, a lo que responde con un “tú ya me dirás”.

Regreso a casa. Me dispongo a ver una película cuando observo que mi computadora está encendida, situación extraña debido a que no la utilizo desde hace dos días. Me acerco a apagarla, pero veo algo muy raro: la imagen de ella ha desaparecido. Ya no está el fondo de pantalla que me recuerda lo mucho que la quise. ¿Quién agarró mi máquina? ¿Por qué eliminar su fotografía?

La búsqueda

Necesito distraerme, hacer algo que no haga tan largos los días, sobre todo por las noches. El insomnio me atrapa recordándola, extrañándola. Para colmos es la única fotografía que conservo de su rostro, un rostro que de forma misteriosa se ha esfumado de mi máquina. Parece que la solución inmediata para relajar el alma es ir a cazar fantasmas.

Salgo de casa, abordo un taxi y le pido que se dirija al Centro. Me bajo frente al Palacio de Bellas Artes, sitio escrito en la hoja que me dio mi amigo. Camino alrededor del recinto buscando a no sé quién. Detengo los ojos en una anciana que vende dulces y cigarros sueltos, mujer que se ve carga sobre sus años un sinfín de historias, así que me aproximo a ella.

-Señora, un cigarro por favor.

-Tómelo.

-Oiga, ¿cuántas historias de fantasmas que rondan por el Centro se sabe?

-¿Cuál quiere saber?

Le explico lo escaso que sé, es decir lo de un hombre y una mujer que fueron unidos y separados por el futbol. Nos sentamos en una de las jardineras, enciende un cigarro, clava su mirada en las puertas del edificio.

-Aquí se conocieron. Ella era una mujer bella, muy bella. Tenía una carita linda, fina. Su sonrisa era un homenaje a la alegría.

-¿Y él?

-Era feo, fíjese. No era apuesto, pero algo tenía que a ella le agradaba. Eso sí, era un caballero. Aquí solían citarse cada vez que salían, y siempre se ponían contentos de verse uno al otro. Los dos fumaban, me compraban a mí.

-¿Eran novios?

-No. Era una relación extraña.

-¿Por qué?

-No eran novios ni amantes, ni siquiera amigos.

-Sí, muy extraña. Oiga, ¿y qué tiene que ver el futbol con ellos?

-Eso se lo pueden decir aquí en la calle de Donceles, en el bar Los Balcones.

-Gracias.

Emprendo la marcha hacia Donceles no sin antes confirmar que Los Balcones también aparezca en la hoja. Efectivamente, sí está anotado. Durante el trayecto me olvido de mi pena y me sugestiono con la idea de toparme con dos espectros, sin embargo lo más parecido a un ente de ultratumba que me cruzo es un tipo en completo estado de ebriedad vomitando sobre la acera.

Ubico el bar y entro. Me siento en la única mesa vacía, pido al mesero una cerveza y le pregunto si sabe algo sobre fantasmas ligados al futbol.

-¡Claro! Espérame tantito.

Se va, regresa con mi bebida y junto a la dueña del lugar, una mujer joven de carácter cordial. El mesero nos deja solos.

-¿Fumas?

-Sí.

-Vamos afuera.

Salimos del establecimiento. Me comparte un cigarro, voltea hacia el balcón que identifica el nombre del bar.

-¿Quién te contó la historia?

-Un amigo. Bueno, en realidad apenas me dijo que eran dos fantasmas futboleros.

-Es una historia que conocemos pocos, muy pocos.

-Eso no me dijo la señora.

-Comprendo. Vienes de Bellas Artes.

Ahora sí ya me asusté. Y no precisamente por los fantasmas sino por el entramado que asemejo a un relato de espías. Por un segundo pienso que soy víctima de una broma pesada, o de un programa de cámara escondida. Saco la hoja y leo la dirección que prosigue a Los Balcones.

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-Así que ya ubicas que mi siguiente escala es El Bósforo.

-Sí. Calma, no te alarmes. Te tocaba buscar y escribir esta historia.

-¿Cómo sabes eso?

-Digamos que lo sé y ya.

Chifla, el mesero se asoma por el balcón y ella le pide “el sobre”. Aquél avienta un sobre amarillo cerrado con hilo rojo, y lo cacho.

-Quédatelo. Adentro viene su historia.

-¿Toda?

-La mitad. Si me perdonas, tengo que entrar. El Bósforo sigue abierto, así que puedes ir ahorita.

Tira la colilla del cigarro y entra a su bar. Guardo el sobre en mi chaleco, no me atrevo a abrirlo en este instante porque sigo creyendo que soy víctima de una broma. Mejor tomo rumbo hacia la calle de Luis Moya, donde se localiza El Bósforo. Me detengo frente a una construcción que parece abandonada, que no tiene pinta de nada. Una cortina rojiza se mueve ligeramente con el viento, como si me incitara a cruzarla. Lo hago. Ya adentro hallo una mezcalería sencilla en su decoración pero de ambiente acogedor.

-Hola, buenas noches. ¿Qué te ofrezco?

-El mezcal que más recomiende la casa.

-¿Turista?

-No, o no sé. Me platicaron acerca de unos fantasmas futboleros…

El chico que atiende la barra coloca mi trago sobre la barra, él se sirve uno y lo bebe con velocidad para volver a llenar su vaso.

-Es curioso.

-¿Qué?

-Nadie pregunta por esa historia, bueno, casi nadie. Solamente tú y una chica que anduvo por aquí hace dos semanas.

-De pura casualidad, ¿cómo era?

-Bella, muy bella. Tenía una cara linda, fina.

Me petrifico, ha repetido la misma descripción que dio la señora de Bellas Artes, la descripción de la mujer fantasma.

-¿Todo bien, amigo?

-Sí, sí.

-Hasta pálido te pusiste.

-Ondas mías. ¿Cuánto te debo?

-Cortesía de la casa.

Me entrega un paquete, o mejor dicho algo envuelto en periódico y amarrado con un mecate.

-¿Qué es esto?

-Un pedazo de la historia por la que preguntaste. La chica que vino hace dos semanas no se lo llevó, así que llévatelo tú.

Salgo de El Bósforo sugestionado en extremo. Debo admitir que una pizca de pánico empieza a surgir con eso de los fantasmas. Hago la parada a un taxi, lo abordo y pido que me lleve a casa. Si de por sí ya andaba con insomnio, ahora menos voy a poder dormir.

Lo primero que hago llegando es llamarle a mi amigo. Me vale si está dormido o si se enoja su esposa, ¡es urgente!

-Ya ni la amuelas, la gente duerme.

-¿Dónde escuchaste la historia de los fantasmas?

-Jajajajaja, ¿no que no te iba a interesar?

-¿Dónde la escuchaste?

-Una chica que fue al consultorio a preguntar por una cita se la estaba contando a mi asistente, aunque no le puse mucha atención. Escribí los nombres de los lugares por mero ocio.

-¿Recuerdas cómo era la chica?

-¡Cómo no!

Pide que lo aguante un par de segundos. Se encierra en el baño para susurrar y que no lo oiga su esposa.

-¿Sigues ahí?

-Sí.

-Era una mujer bella, muy bella. Tenía una carita linda, fina.

 

Cuelgo en un dos por tres. Agarro mi botella de whisky, bebo para sofocar el susto; agarro mi cajetilla de cigarros, fumo de nervios. Saco el sobre de mi chaleco y deposito el paquete envuelto en periódico encima del escritorio donde tengo la computadora. ¿Los abro? ¿No los abro? Los abro.

Primero el paquete. Encuentro una camiseta de la selección mexicana. Está limpia, nueva, sin usar. ¿Era de la mujer fantasma? ¿Por qué no se la quiso llevar la chica de El Bósforo? Al menos respiro, pensé que encontraría algo terrible.

Prosigo con el sobre. Parece una fotografía. No, es una fotografía. Mi cuerpo se tambalea, mis ojos quedan pasmados. Es la imagen que fue eliminada de mi máquina, ¡es ella!

Por impulso procedo a encender mi computadora. No puede ser. ¡No puede ser! El fondo de pantalla es una imagen fragmentada en tres donde aparezco junto a ella. En una estamos abrazados frente al Palacio de Bellas Artes, en otra le regalo la playera de la selección mexicana en Los Balcones y en la tercera estamos en El Bósforo disfrutando lo que fue nuestro último trago.

Siento que alguien me observa, que me falta el aire. Aguarden. Shhhh. Estoy atrapado, encerrado en una computadora ajena. Soy una fotografía, un fondo de pantalla. Soy la mitad de una historia detenida en una imagen. Soy un fantasma encapsulado en un relato futbolero que alguien lee al otro lado. Soy lo que el futbol unió y el futbol separó en un texto que desconozco si ella escribirá. Soy lo que el futbol unió y el futbol separó en un adiós que mantiene vivo el recuerdo de una mujer bella, muy bella, con carita tierna y fina, con una sonrisa que era un homenaje a la alegría.

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