Los Tigres del Sur
Los Tigres del Sur
El mayor error que nos ha dado nuestra sociedad a lo largo de los años es creer que el rey es rey porque tiene una corona. Creemos tristemente que la felicidad, un concepto manoseado desde la creación del capitalismo, es sinónimo de plenitud y que ambas se consiguen con un objeto palpable. Creemos que en la búsqueda del ‘qué’, el ‘cómo’ poco o nada importa. Y eso lo aplicamos al fútbol también.
Hace 18 años, sin raciocinio futbolístico todavía, vi mi primer partido de Copa Libertadores con el único objetivo de apoyar a mi padre que apoyaba al embajador chileno del momento, un tal Salas. Yo no entendía la competencia hasta que mi padre me lo dejó más claro: «mira, ¿te acuerdas cuando seleccionaban a los niños con mejores calificaciones de cada salón y hacían un concurso para ver cuál era el mejor de la escuela? Eso es». Me quedó clarísimo puesto que, sin afán de presumir, yo era de esos niños que seleccionaban y por ende lo disfrutaba muchísimo. La Copa Libertadores era el concurso de matemáticas de mi escuela a nivel continental. Y más encima con una pelota, qué va.
A lo largo de los años me tocó ver la época dorada de Boca Juniors, un arsenal de jugadores que hacían lo que querían y deshacían al que querían. A un Cruz Azul que dejó, con un misticismo épico, en silencio al estadio del mejor equipo del momento en Sudamérica pero que desafortunadamente no le alcanzó. A un Robinho y un Diego intratables, en pleno despegue de sus carreras, humillados en su propio estadio por un Tévez que hacía delirar con sus gambetas. La hazaña de once colombianos por los que no se daba un peso. El impecable Inter de Rafa Sobis, Tinga y Fernandao. La inolvidable vuelta de Román. Los huevos de Verón y su discurso en el vestidor que hasta le sacaría una lágrima a usted. Los espectáculos de Neymar. El penal de Riascos. Y si no me cree, pregúntele a Guerrón cómo se sintió con la Liga llegar a la cúspide o, por otro lado, a Nahuel qué le pasó por la cabeza con Newell’s cuando se quedó tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
Usted nos agarró moribundos, como un vil gato recién atropellado, y le devolvió el alma a un equipo manoseado y exprimido por la gente de corbata. Después de 29 años, nos otorgó el privilegio de que cuando partamos de este mundo, podamos hacerlo diciendo que vimos a nuestro equipo campeón. Un lujo que muchos desearían tener. Como lo he dicho reiteradamente veces, cada uno de nosotros está y estará eternamente agradecido con aquello. Sin embargo, la grandeza se alcanza con la experiencia, la constancia, el atrevimiento a nuevas cosas, la adaptación al cambio, la autocrítica y su aplicación cíclica.
Nuestra afición no es la mejor del país ni llena el estadio cada quince días porque tengamos tres estrellas o soñemos con una cuarta. Tigres es benchmarking en cada canal de competencia; nos sentimos plenos, en estado de fluidez, cuando nos comparamos con los mejores y competimos con ellos. Sabemos que no somos los mejores pero sí que somos de los mejores. Esa sensación de casi ganar, dejando una buena imagen y ganando el respeto de los demás, es nuestra gasolina. Es la nuestra pero, lamentablemente, no la suya. Para usted en el ‘qué’ no hay cabida para el ‘cómo’. No obstante, nuevamente tiene ahí enfrente una oportunidad para subirse a nuestro barco, ese que prefiere ganar en lugar de no perder. Queremos ser una historia más de esas que todo latinoamericano anexa en su mente. No la desaproveche, es la última.
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