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[Canción para acompañar: «Barrio de Santa María» – Camarón de la Isla y Paco de Lucía]

No es sólo un grito de agradecimiento, sino una expresión profunda de complicidad entre los artistas mismos. Es la exclamación genuina del entusiasmo provocado en una persona gracias a un desempeño sobresaliente, una pieza bien ejecutada o un movimiento notable. En el flamenco, el Olé es el clímax del espectador como el aplauso de pie, o el pañuelo blanco, lo es en el fútbol.

En la Tauromaquia y en la Selección Nacional, se ha intentado utilizar esta palabra de la misma manera pero en una ejecución errónea, injustificadamente, sin merecimiento alguno. En otras palabras, la hemos cagado.

Mientras que en la primera se premia al «valiente» torero con un Olé al esquivar un animal moribundo y maltratado, que prácticamente no ve, en la segunda se refleja un síntoma de Alzheimer intencional, algo muy peculiar en nuestra idiosincracia latinoamericana. Eso sí, existe un común denominador entre ambas ejecuciones: la cobardía.

La memoria es corta. El placer que buscamos es corto. Ni siquiera 21 partidos ganados por sobre 6 descalabros, una Copa de Oro, una medalla de oro histórica y un documental que le sacó una lágrima a varios, hacen que el proceso de José Manuel de la Torre sea tomado como lo que es: un proceso. A cambio, un emblemático Estadio Azteca, que le ha aplaudido a Pelé y Maradona en la gloria (porque es fácil aplaudir en la gloria), sólo es capaz de apoyar a una selección caribeña, de la que sólo se sabe que son unos genios para correr (*1), por querer avergonzar al que le da de comer. ¿De qué sirve que México le gane a Jamaica en casa? Con un nuevo «Aztecazo» muchos bolsillos se agrandarían. El fracaso ajeno (*2) emociona, satisface y claro, vende.

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A nadie le gusta un mal resultado, y mucho menos en una de las zonas más débiles, futbolísticamente hablando. Sin embargo aquí el resultado es lo de menos, es un frío empate con nueve partidos más por jugar. Aquí lo que -absurdamente- duele es lo que dirán los demás ante la semejante vergüenza que implica no vencer -y no aplastar- a un país insignificante, nuevamente futbolísticamente hablando. Ahí la memoria se borra. La misma memoria que se ríe de un Matías Vuoso en cada partido del Atlas cuando Sudáfrica 2010 fue posible gracias a él.

La memoria es corta. El placer que buscamos es corto. El sacrificio y la paciencia por conseguir cosas grandes a mediano (mucho menos a largo) plazo no existe… o no queremos que exista. Que flojera esperar.

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(*1) – En las transmisiones televisivas había un comentario que no fallaba: «Cuidado con los jamaiquinos que son muy veloces». Estoy seguro que muchos televidentes respondieron: «Mmm qué excelente dato. Qué informados».

(*2) – Recuerden que GANAMOS una medalla de oro, no es que México la haya ganado. Recuerden que México empató contra Jamaica, no es que HAYAMOS empatado.