Barbosa sería señalado el resto de su vida por la derrota ante Uruguay en 1950.
Barbosa sería señalado el resto de su vida por la derrota ante Uruguay en 1950.

«Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí» 

Moacir Barbosa Nascimiento es un nombre que a muchos les sonará conocido, pero no tanto por sus cualidades deportivas. No importa que haya ganado cinco títulos estatales y un Campeonato Sudamericano de Campeones (Ahora Copa Libertadores) con el Vasco da Gama, o que se haya convertido en uno de los mejores arqueros de la selección brasileña, ganando un Campeonato Sudamericano (Ahora Copa América) y siendo nombrado el mejor arquero del Mundial de 1950. En Brasil, Barbosa es mejor conocido como el culpable del «Maracanazo».

Nacido el 27 de marzo de 1921 en Campiñas, Brasil, inició su carrera en 1940 jugando como extremo derecho gracias a su velocidad. Ese mismo año, se casó con Clotilde. Un año después, se decidió a jugar como arquero por un simple motivo: «Así no tengo que correr».

Sus destacadas actuaciones como portero lo llevaron a ser contratado por el Vasco da Gama en 1944, a pesar de no contar con experiencia en el fútbol profesional. En su primer año solo disputó 2 encuentros, pero para 1945 se adueñó de la titularidad; en ese mismo torneo el Vasco terminaría como campeón invicto y Barbosa sería convocado por primera vez a la selección.

La carrera del arquero iría en ascenso. Títulos en 1947, 1948 y 1949 con su club y en 1949 con Brasil lo convertirían en uno de los arqueros más reconocidos. Titular indiscutible en ambas escuadras, era por todos sabido que jugaría el Mundial a celebrarse en su mismo país.

Todo estaba dispuesto para que Brasil se coronara por primera vez en su historia como campeón mundial. La primera fase del torneo la pasó sin complicaciones. Ya en la fase final, colocado en el grupo con Suecia, España y Uruguay, las cosas seguían viento en popa. Derrotó 7-1 a Suecia, la mayor goleada de Brasil en un Mundial, y después venció 6-1 a España. Todo se definiría en el último partido, bastaba con un empate.

La presión sobre la Seleçao previa al duelo final era enorme. El desfile para festejar el título en las calles de Río ya estaba preparado. Millones de camisetas con la leyenda de campeones habían sido impresas. Los titulares de los periódicos del día siguiente también proclamaban a Brasil como campeón del mundo. La confianza era tanta, que el alcalde de Río, Angelo Mendes de Morais, a pocos minutos de comenzar el encuentro, le dirigió el siguiente mensaje a los jugadores: «Ustedes que en pocas horas serán aclamados campeones por millones de compatriotas. Ustedes, que no tienen rivales en todo el hemisferio. Ya los saludo como vencedores. Yo cumplí mi promesa construyendo este estadio. ¡Ahora cumplan con su deber, ganando la Copa del Mundo!»Su mensaje retumbó en las bocinas del Maracaná, expresamente construido para ver a Brasil coronarse en un escenario majestuoso.

El rival era Uruguay, a quién habían vencido un año antes para coronarse como campeones de América. La celeste jugaba sin compromiso. Lo único que les pidieron sus directivos, que prefirieron regresar a Montevideo a ver la final, fue no ser goleados.

La cita estaba marcada a las 15 horas, pero la gente comenzó a llegar al estadio mucha horas antes. Ante una cifra oficial de 173,850 aficionados (aunque algunos dicen que había más de 200,000), la mayor cantidad reunida para un partido de fútbol, dio inicio el encuentro. El partido estaba 0-0 al medio tiempo y los jugadores brasileños comenzaron a reclamarse la falta de gol. La frustración disminuyó con la anotación de Friaca, apenas a los 2′ del segundo tiempo, y la gente festejó con júbilo.

Para cortar el ritmo y bajar la presión, el capitán uruguayo, Obdulio Varela, tomó la pelota y fue a reclamar un fuera de juego inexistente. Los brasileños se desesperaron y comenzaron a increparlo, denotando su nerviosismo. El «Negro jefe» se dio cuenta que el partido no estaba perdido.

Al 21′ cayó el empate por conducto de Schiaffino, tras una jugada de Ghiggia por la banda donde fingió tirar para después centrar la bola al delantero. El empate seguía dando el título a Brasil, pero nadie esperaba ver al anfitrión coronándose con un empate. La victoria era obligada.

Una jugada similar por conducto de Ghiggia al 34′ no parecía causar mucho peligro. El uruguayo entró al área y parecía que de nuevo centraría la bola. Barbosa buscó tapar el centro y dio un paso al frente, lo que aprovechó Ghiggia para disparar a primer palo. El lance del arquero fue inútil, a pesar de que desvío ligeramente el esférico. Los segundos posteriores fueron eternos para todos en el Maracaná. La bola entró y un silencio sepulcral cayó sobre el estadio. En palabras del mismo Barbosa: «cuando sentí el estadio en silencio total me armé de coraje, miré para atrás y vi la bola de cuero marrón allí dentro…».

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Moacir yace en el suelo ante la incredulidad de sus compañeros y el festejo de los uruguayos.
Moacir yace en el suelo ante la incredulidad de sus compañeros y el festejo de los uruguayos.

El árbitro pitó el final del encuentro y el ambiente era fúnebre. En medio del desconcierto, Jules Rimet interceptó a Varela en medio del campo y le entregó la Copa. El francés tenía preparado en portugués el discurso para el campeón que, cómo todos, esperaba que fuera Brasil. Francisco Alcaide, en su libro Fútbol, fenómeno de fenómenos, señala que hubo al menos 20 suicidios después del encuentro, incluyendo el de un hombre que se lanzó de un edificio diciendo que sin la Copa no tenía sentido vivir. Los titulares de los periódicos señalaban a la derrota como «la mayor tragedia en la historia de Brasil»; otros, lo llamaban «nuestro Hiroshima».

Ese día, la vida de muchos brasileños cambió. A partir de ese momento, Brasil dejó de utilizar el blanco en el uniforme y cambió sus colores a verde y amarillo. Pronto comenzaron a buscar culpables por la derrota. El primero en ser señalado fue Bigode, incapaz de contener los desbordes de Ghiggia en las dos anotaciones. El técnico Costa y los jugadores señalaron a Juvenal, que una noche antes de la final salió a un cabaret y llegó borracho horas más tarde. Pero al final todos se decantaron por un culpable. ¿Su nombre? Moacir Barbosa Nascimiento.

La vida del que fue seleccionado por la prensa como mejor portero del Mundial se convirtió en un infierno. Siguió jugando con el Vasco da Gama y ganó más campeonatos, pero las lesiones comenzaron a cobrarle factura; el principal motivo era que Barbosa no usaba guantes al jugar. En el 1955 dejó al equipo carioca para enrolarse en el Santa Cruz, donde permanecería un año para después pasar el Bonsucesso. En 1958 regresó al Vasco para jugar por dos años y en 1962 una lesión en el fémur obligó su retiro de las canchas a los 41 años. No volvió a jugar con la selección.

A pesar de que continúo siendo un gran arquero, los señalamientos por aquel error contra Uruguay lo persiguieron toda su vida. Fue víctima de rechazos y humillaciones públicas, que muchos consideran que tenían su origen en el hecho que Barbosa fue el primer portero de raza negra en la selección brasileña, en una época donde el racismo estaba a la orden del día en aquél país.

Para 1963, Barbosa, por azares del destino, laboraba en el Estadio Maracaná y decidió dejar su empleo. En esas mismas fechas, se ordenó un cambio en las porterías, reemplazando los postes de madera por unos metálicos. El jefe del portero se las obsequió y Moacir decidió realizar una barbacoa con sus amigos. Los postes sirvieron para asar la carne: «La carne que cociné ese día fue la mejor que he probado», declaró tiempo después.

Las afrentas continuaron hacia el guardameta, aun cuando sus compañeros de equipo y jugadores como Varela y Ghiggia lo exoneraron de toda culpa. Cuenta Barbosa que una vez, cuando trabajaba en una tienda, entró una señora. Al verlo, hizo que su hijo, que se encontraba en el carro, entrara a la tienda solo para decirle lo siguiente: «Ése -le dijo la madre al hijo- es el hombre que hizo llorar a doscientos millones de brasileños.»

A Moacir le fueron negados trabajos como entrenador y comentarista, e incluso le impidieron el acceso a la concentración de la selección brasileña que disputaría el Mundial de 1994, aduciendo que traería mala suerte. En ese momento, Barbosa hizo una de sus declaraciones más duras: «En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí. Incluso cuando un criminal paga su deuda es perdonado. Pero yo nunca he sido perdonado.»

A la muerte de su esposa, en 1996, el ex arquero se encontraba en la ruina. Vivió así sus últimos años, bajo el cuidado de Teresa Borba y su esposo, amigos de Barbosa. Borba habla un poco sobre él: «Llegó incluso a llorar en mi hombro. Hasta el final solía decir: «No soy el culpable. Había 11 de nosotros.»

El 8 de abril del 2000, a los 79 años, murió Moacir Barbosa, 50 años después de su primera muerte. A su funeral asistieron menos de 50 personas. Las palabras que le dedica Juan Villoro en su libro Dios es redondo, retratan a la perfección su partida: «El primer arquero negro de la historia de la selección brasileña murió pobre, humillado y condenado. La prensa casi no registró su muerte. Barbosa no se habría sorprendido. La segunda muerte de Barbosa será la definitiva».