No vale nada la vida

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Con aprecio a Vadelate, un leonés de hueso.

Antes suplicaba por clientes. Ahora, que le sobran, ruega para que ya no haya tantos. Cuando se inició en el negocio apenas y vendía 40 ataúdes al mes, pero en la actualidad no se da abasto. Hay meses en los que llega a vender 10 féretros por día. Lamenta que el dinero con el que comen los suyos provenga de familias que se ven en la necesidad de enterrar a un ser querido muerto por balas, cáncer o cualquier maldita enfermedad. Pero esta noche es especial.

Un cliente entra al establecimiento. “Buenas noches”, saluda el hombre. “Buenas noches”, responde don Germán, el vendedor de ataúdes. “Quisiera saber si tiene cajas a mi medida y cuál es el precio”, pregunta el hombre. Sorprendido, don Germán observa al cliente: le calcula 50 años de edad, buena salud, sin algún indicio que lo orille a pensar en que se va a morir. “Perdone, pero yo lo veo a usted muy bien. ¿Para qué quiere un ataúd?”, cuestiona don Germán. El hombre entiende la inquietud del vendedor, por lo que le invita a caminar para explicarle los motivos. Don Germán acepta y deja encargado el negocio a su ayudante.

Caminan por la avenida principal. El hombre enciende un cigarro, le ofrece uno a don Germán, quien se lo rechaza porque no fuma.

-Hace usted muy bien, el tabaco mata.

-¿De eso se está muriendo? ¿Por fumar?

-No, mi amigo. Me estoy muriendo de tristeza.

-De tristeza no se muere nadie, oiga.

-Pues entonces yo seré el primero.

Ya han avanzado un buen tramo de la avenida y llegan al parque. Se sientan en una banca, sitio donde el hombre saca de su abrigo una anforita.

-No me diga que tampoco bebe.

-Sí, solamente en fiestas.

-Un bebedor social. Qué bueno que lo controle.

-Bueno. Dígame por qué dice que se está muriendo de tristeza.

El hombre comienza a contar su historia.

[No se casó. No tuvo hijos. Desaires de muchas mujeres lo llevaron a concluir que las relaciones de pareja o el matrimonio no eran para él, por lo que también dio por descartada la posibilidad de convertirse en padre. Entregado a su trabajo, profesor universitario de tiempo completo, el profesor de Matemáticas ha descubierto que es aficionado al futbol.

Durante muchos años criticó, despreció y juzgó sin piedad al futbol. Pensaba que era un deporte para idiotas, para ignorantes. Un viaje a Guanajuato le cambió la existencia. Intrigado por ver a toda la ciudad de León volcada hacia el equipo, que jugaba esa noche un partido vital (el retorno a Primera División estaba en disputa), se dirigió al estadio Nou Camp. Las miles de playeras verdes, los miles de gestos de ilusión provocaron en él una extraña emoción, algo diferente en lo que creía conocer de todo su ser. Eso que mucho tiempo odió, le atrajo.

Compró un boleto en reventa e ingresó al estadio. No pudo creer lo que vio: todo su espectro visual era verde. De igual forma se le enchinó la piel con lo que oyó: porras y cánticos, júbilo a su máximo esplendor. Tomó su lugar. Sintiéndose un invasor entre miles de nativos verdes, optó por convertirse en uno de ellos.

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Inició el partido. Cayó el primer gol. El segundo, el tercero, el cuarto. Estallaron las gargantas de felicidad. Vino la quinta anotación, la última. El espíritu de José Alfredo encontró miles de cuerpos prestados para entonar No vale nada la vida, la vida no vale nadaaaaa. Silbatazo final. León volvía a la división de honor. Esos 90 minutos de auténtico festín los redujo a unos cuantos segundos. Todo lo acontecido en la cancha y en las tribunas lo encapsuló en un imaginario reloj de arena. Detenido en su impacto abandonó el estadio.

Una vez que regresó al hotel y se instaló en su habitación comenzó a gritar “goooool”, “vamos León”, “la Fiera es de primera le duela a quien le duela”. El silencio ahogado durante 90 minutos, durante toda una vida, se había convertido en un ruido incesante, en una voz que dejó de reprimirse. Cuatro paredes y algunos huéspedes fueron testigos del acontecimiento]

-Sigo sin entender por qué quiere morirse. Mucho menos entiendo cuál es su tristeza.

-Ay, mi amigo. A mis casi 60 años me vengo a enterar de que me gusta el futbol. ¿Sabe lo que eso significa? Una vida perdida. Y no sólo eso. Es una cobardía. Le he dado la espalda a la historia del León y a todos sus aficionados. Han sido más de 50 años sin compartir sus derrotas, sin estar con ellos en las malas. ¿Cómo se puede ser feliz cuando al equipo solamente se le acompaña en las buenas y no en el anhelo de resurgimiento que nos ofrece su desgracia? Dígame cómo. En lo dicho, cobardía.

-¿No cree usted que exagera?

-No, mi amigo. La tristeza que me embarga va más allá. ¡Cuánta desdicha la mía! He descubierto lo que es la pasión, aunque no como quisiera que fuera. Está mutilada, incompleta. No es justo que me apasione únicamente con el triunfo.

-En todo caso no es su culpa.

-Sí lo es. Estuve ciego. Creí que el corazón solamente era funcional con las mujeres, pero sirve para muchas cosas más. No se rompa la cabeza y tampoco haga un intento por comprenderme. Sé lo que siento. No puedo con esta tristeza. Ahora sí, ¿tiene ataúdes a mi medida? No importa el precio.

-Mi amigo, si me permite llamarlo así, para hombres como usted no los tengo. A un hombre que apenas ha nacido, y que ama y siente el futbol como usted lo hace, no se lo puedo vender. Primero aprenda a caminar en esta su nueva vida. No sea cobarde, no sea egoísta.

-Pero sí ya lo he sido. ¿Qué no me escuchó?

-No le niegue al León un aficionado más. No abandone al futbol. No le niegue al futbol un apasionado más. Las derrotas vendrán, son parte del juego.

-Ahora es usted el exagerado.

-No, mi amigo. Cuando de vivir se trata, no se exagera.

Se despiden con un fuerte apretón de manos. El hombre toma camino hacia su nueva aventura. En tanto, don Germán retorna a su negocio. Se disculpa con su ayudante por la demora y le dice que ya puede irse. A solas, el vendedor de ataúdes enfoca su mirada en un féretro. “Ahí quepo yo, ahí quepo yo”, repite hacia sus adentros.