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[Canción para acompañar: «Goliath» – The Mars Volta]

Nunca he sido mucho de planear detalladamente las cosas. Si así fuese, probablemente no estaría dándole la vuelta al mundo. Pienso que el intermedio nunca será como lo imaginamos. Al tener ciertas expectativas sobre una situación y que esta no ocurra tal y como la pensamos, para bien o para mal, se disfruta menos. Creo que con un objetivo grande a largo plazo y la claridad, junto al coraje, de dar pequeños pasos al inicio, los planes (o proyectos) funcionan. O al menos nos llenan.

Los equipos grandes siempre planean. No disfrutan el camino más únicamente el final. Y eso si consiguen triunfar. Esa obligación impuesta que tienen por ganar hace que se pierda la esencia del gozo. No hay margen de error, ni de sorpresa, ni de lágrimas. Ganar porque hay que ganar, así de simple. Y cuando el equipo planea para ganar de forma constante, la victoria pierde su sabor típico. La algarabía no es igual cuando llega cada semana; olvidamos que la decepción le da más valor el éxito. Sin embargo, existe un momento en la temporada de un equipo grande en donde la planeación se va por el excusado: el Derby. Lo único que importa es un solo partido, un solo rival, un solo color. Esa espontaneidad futbolística vuelve, aunque sea por unos cuantos minutos.

No tenía pensado ir a Lisboa. Mucho menos asistir a un Benfica-Sporting. Y ni se me pasaba por la cabeza que sería el partido más emocionante de mi vida. Pero así es el fútbol. Nunca está nada escrito y cuando menos te lo esperas, alguien tira un caño, una asistencia o un golazo. Esa sorpresa es la que nos enamora. Me encontraba en Ayamonte, un pequeño pueblo en la frontera de España y Portugal donde el fútbol gira en torno a 5 equipos. Si te vas por la fácil, como en todo el mundo, madridista o culé. Si preferías el producto local de calidad, las discusiones giraban alrededor del Sevilla o Betis. Y si querías nostalgia, tenías a los leales seguidores del Recreativo de Huelva. Cruzando el río Guadiana, a diez minutos en Ferry, está Vila-Real de Santo Antonio. Y en una visita breve a dicho pueblito, vi un cartel con el escudo del Benfica, otro del Sporting y la palabra en mayúsculas «IMPERDÍVEL». Tras ver que sólo me encontraba a 3 horas de Lisboa y que el boleto a semejante evento costaba 20 euros (créanme que es una ganga en tierras europeas), Imperdível pasó a ser Imperdible.

Subirte al metro y ver a la gente, sin importar color, clase social o edad, con la camiseta de su equipo rumbo al estadio, es como oler la comida mientras se cocina. Un ansia particular por degullir el plato principal aparece; el hambre crece y el sabor a la hora de comer mejora. Un imponente Estádio da Luz me recibió al bajar en la estación Colégio Militar y, tras unos cuantos metros, me detuve unos minutos para valorar esa postal que me ofrecía Lisboa. Un coloso iluminado con hormigas yendo hacia él, recordándonos lo insignificante que somos en este ambiente y ámbito. En su falda, policías, padres con hijos, novios, amigos y los infaltables carritos de comida. Ahí vendían «pam com chouriço», en lugar de tacos o tortas, pero la explanada lisboeta era una calcomanía de cualquiera en México. Luego, el túnel de entrada. Y a respirar y suspirar, que viendo esos murales se prevee un espectáculo único.

Del 0-0 al 1-0.

De lo emotivo a lo complicado. Los lisboetas tienen un afán de querer canalizar la entrada de personas por una única entrada, como si mágicamente la ley del tráfico no se aplicara en ellos. Para entrar a la ciudad por el sur, sólo se puede por el «Golden Gate» portugués, lo que causa una cola calibre DF en hora de salida laboral. Para el estadio igual. Una entrada con varios obstáculos en el camino, uno de ellos la comunicación para pedir señales ya que el portuñol poco ayuda.

Ya sentado, a mi derecha se encontraban Pedro y su novia, quienes inmediatamente me recibieron con un «Where are you from?», luego me preguntaron si venía a apoyar al Benfica, debido a mi estupidez de irme con una camisa que tenía rayas verdes y blancas, y me contaron, con un orgullo desmesurado, que estaba ante el club con más socios en todo el mundo (160,000) e hinchas en Portugal (6 millones). Hablamos un poco del maravilloso Benfica de Eusebio y de como los derbys (o Clásicos) habían formado la historia del equipo. En la época dorada de las Águilas, el Superclásico español les dio dos Champions League (’61 y ’62) y el Derby della Madonnina les quitó las dos siguientes (’63 y ’65). A mi izquierda estaba un joven de entre unos 23 y 27 años, al cual llamaré «Don Caralho» debido al frecuente -y excesivo- uso de dicha palabra durante todo el partido. Adelante mío yacía un anciano con un gorro de Santander al cual le bordó encima el escudo del Benfica y, a su lado, un señor con su hijo de unos 8 o 9 años calculo.

Como en el Azteca, el Estádio da Luz soltó a su Águila entrenada para que volara dentro del estadio. El pobre animal recibía aplausos en casi todo el estadio hasta que llegaba a la esquina sur donde una turba verdiblanca le esperaba. Cuando volaba encima de ellos, un chiflido fuerte y al unísono terminaba espantándola. Luego cantaban, y gritaban, como espartanos en las termópilas. Esa era la afición del Sporting. Una pasión que jamás había atestiguado antes. Pedro y su novia se dieron un beso de cábala. Don Caralho se paró, aleteó, frunció el ceño y lanzó el primer «Vamos caralho!» de la noche. El señor levantó a su hijo en brazos y el anciano de la gorra parchada se puso su auricular y le pidió a los de la siguiente fila que por favor se sentaran. El partido comenzó.

A los doce minutos, Óscar Cardozo acomodó la pelota en un tiro libre a favor y la mandó a guardar. Explosión de júbilo rojo.

Del 1-0 al 1-1.

Lo que parecía una fiesta segura pasó del cielo al infierno en cuestión de minutos. El serbio Marković no daba una, su compatriota Matić desaparecido, Amorim perdiendo balones a diestra y siniestra, Cardozo solitario y un Sporting que, con personalidad y buen fútbol, iba superando al local a medida que pasaba el tiempo. Al 37′, lo que se veía venir: centro a segundo poste de Wilson Eduardo y apareció Diego Capel para empatar con un golazo, una volea soberbia. Pedro agachó cabeza, el señor se lamentó, su hijo ni sabía qué ocurría, el anciano le subió el volumen a su auricular y Don Caralho repitió la palabra mágica al menos unas diez veces. Y creo que fue lo más ligero que salió de su boca.

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Del 1-1 al 3-1.

El estadio, en su parte roja, en silencio y los pocos gritos que se escuchaban eran de insultos o reclamos. Los hinchas del SP parecían locales; nadie estaba a la altura de su coro. Pero ajeno al duelo de aficiones, el Benfica tenía un arma letal que su rival no. En tres minutos, el Tacuara clavó un cabezazo dentro del área y una verdadera obra de arte al ángulo fuera de la misma. La tranquilidad y alegría volvieron a la cara de Pedro, el señor, su hijo, el anciano y hasta de Don Caralho que, dicho sea de paso, se mandó otro Vamos Caralho!.

La Tragedia.

Durante el mediotiempo, el ánimo de los benfiquistas estaba más alto que el precio de la gasolina en ese país. Pedro hasta aceptó hablar de lo que yo había querido preguntarle toda la noche: ¿Qué hace un aficionado cuando su equipo pierde la Liga, la Copa y la Europa League en menos de una semana? Pedro sólo atinó a decir que es el momento más trágico que ha vivido como fiel seguidor de las Águilas. Acto seguido, para calmar las tensiones un poco, hablamos del Kikín Fonseca y su legendario paso por el Benfica. «¿Kikín Founseca? ¿Kikín Founseca? É um ladrão! (es un ladrón) E tem una celebração ridícula (Y tiene una celebración ridícula [el festejo moviendo los brazos como si fuese un águila])».

Empezó la segunda mitad y el SP hizo borrón y cuenta nueva, agarró la pelota y le volvió a pasar por encima al Benfica. En una pésima marca tras un tiro de esquina, Mauricio acortó distancia y activó el sufrimiento benfiquista por los restantes 28 minutos. A partir de ese momento, el espectáculo creció exponencialmente; se volvió un ida y vuelta de matar o morir. Aun así, la gente del Benfica se veía tranquila, como si estuviesen seguros de que la victoria ya estaba en el bolsillo. Así se la llevaron hasta que el algerino Slimani quedó solo frente al portero en un mano a mano. Silencio absoluto. Suspenso y cruzamiento de dedos. Disparo de Slimani y… ¡poste! Ahora sí, el empate era algo real y la cara de angustia invadió las butacas rojas.

El árbitro señalaba con el tablero electrónico los 4 minutos de adición, con uno ya jugado, y había tiro libre para los visitantes. «Quatro minutos? Por quê? De onde? Caralho árbitro filho da puta», exclamaba mi catedrático vecino lusitano. Pedro se paró y metió la mitad inferior de su cara en la camiseta retro del Benfica que llevaba puesta. Su novia lo abrazó por detrás. El anciano se quedó sentado, quizá para no ver el final. El señor subió a su hijo en los hombros y comenzaron a corear juntos «¡Benfica! ¡Benfica!», esperando que los gritos fuesen un defensa más. Adrien Silva cobró y Slimani tomó revancha. Cabezazo adentro y a celebrar con los ultras verdiblancos vueltos locos. Remontada épica que dejó mudo a todo aquel que portara una camiseta roja. Yo, honestamente, quise gritar el gol. No tienen idea cómo me emocionan las remontadas. Pero no podía. Respetaba a Pedro, al benfiquista en general y, sobre todo, a mi cuerpo; lo último que quería era una paliza. La gente se volvió loca. Nunca había visto tanta pasión/fanatismo en un gol. Viejos ya pasaditos de peso corrían entre las filas del estadio para encarar, en zona neutra, a los que llevasen camisetas verdiblancas. «Você não pode estar aqui, aqui é Benfica, aí vai seu merda!» (Usted no puede estar aquí, aquí es del Benfica, allá va su mierda!), repetían una y otra vez los señores enfurecidos.

Un final extraño.

Los benfiquistas reaccionaban como si les hubiesen quitado la Champions League en el último minuto. Pero la realidad no era tan cruel con las Águilas. Era la cuarta ronda de la Taça de Portugal y el encuentro era a muerte súbita. Por lo tanto, superando cualquier guión hollywoodense, habían tiempos extras.

Sin embargo, el partido tuvo un desenlace atípico para el calibre de espectáculo emocional que se había vivido. En un saque de banda, la pelota llegó al área y fue cabeceada por el defensor brasileño Luisão, quien al mismo tiempo cayó al suelo por un supuesto jalón. El público se levantó furioso reclamando una pena máxima que el árbitro no señaló. De pronto, mientras los reclamos seguían, veíamos a Luisão celebrando con sus compañeros un gol. Y poco a poco la gente en la grada comenzaba a celebrarlo también. Pedro lo celebró. Y yo también. Pero no entendía qué carajos sucedía. «¿Quéi pashó?», preguntaba yo con un portuñol desastrozo. «Que importa! É gol de qualquier maneira!», me respondió Pedro, abrazándome mientras saltábamos de alegría. Llegó el silbatazo final al 120′ y Benfica, sin merecerlo del todo, estaba en la siguiente ronda tras un largo pasaje dramático. El anciano levantaba los brazos al cielo, el señor abrazaba con una mano a su hijo y con la otra le mentaba la madre a la afición del SP. Y Don Caralho, bueno… pobres de las bancas que fueron pateadas a su alrededor cuando explotó de emoción.

Cuando salí del Estádio da Luz, en la entrada principal, a medio pasillo, estaba un señor de unos 40 o 45 años con su camiseta y bufanda del Benfica, sosteniendo y alzando con su mano derecha una bufanda del Sporting de Lisboa en llamas. Caminé unos pasos más, di media vuelta y me grabé por siempre aquella postal. Qué lindo es el fútbol en la grada.

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