2014.08.27-Escobar2
Pablo Emilio Escobar Gaviria, uno de los criminales más poderosos, encontró en el fútbol una distracción.

Las páginas más oscuras de la historia de Colombia tienen como protagonista a Pablo Emilio Escobar Gaviria; considerado uno de los criminales más poderosos del mundo, Escobar encontró en el fútbol un escape a su sangrienta realidad.

Pablo Escobar nació en la ciudad de Rionegro, en el municipio de Antioquía, Colombia, el 1ero. de diciembre de 1949, como el tercero de siete hijos. Aunque en entrevistas aseguraba que su familia pasó dificultades debido a no tener suficientes recursos, Escobar vivió una infancia tranquila en un típico hogar de clase media.

Desde joven demostró habilidades para los negocios y el contrabando, probablemente heredadas por su abuelo materno, Roberto Gaviria, contrabandista de Whisky a inicios del siglo XX. Gracias a su astucia, comenzó un ascenso meteórico en el mundo del crimen, y más específicamente en el de las drogas.

El tráfico de cocaína se convirtió en el negocio estrella de “Don Pablo”, uno de sus tantos apodos. Erigido como el líder del Cartel de Medellín, comenzó a amasar una fortuna que buscó esconder actuando una doble vida; por un lado, estaba Pablo Escobar, el político, participante de la Cámara de Representantes, que ganó popularidad entra la gente humilde de Colombia gracias a sus programas sociales. Por el otro, se encontraba un Pablo Escobar violento y sanguinario que no dudaba a la hora de eliminar a quién estorbara en su camino.

Dentro de los programas que le ganaron el mote de “El líder del pueblo”, se encontraba la creación de espacios deportivos. Como amante del fútbol, decidió construir más de 50 canchas para que los jóvenes de los barrios humildes pudieran hacer deporte, e incluso inauguró varias de ellas entre multitudes que lanzaban porras hacia su persona.

Pablo Escobar
«El Patrón» inaugurando una de las canchas que construyó en los barrios marginados de Colombia.

De esos campos salieron jugadores que posteriormente representarían a la selección colombiana, como Leonel Álvarez o René Higuita. “Qué bueno que a uno le regalan canchas y no vicios”, afirmaba el primero en entrevista para el documental “The Two Escobars” de los hermanos Zimbalist. Higuita, por su parte, señalaba que en una sociedad donde los pobres eran relegados, el fútbol ayudaba a revindicar.

La pasión de Escobar por el fútbol, junto a su gran fortuna, lo llevó a hacerse dueño del Atlético Nacional y del Independiente de Medellín, en un momento en el que Colombia estaba lejos de figurar en el balompié internacional. Aprovechando la “reivindicación” que le otorgaba el deporte, el narcotraficante utilizó a sus nuevas adquisiciones para el lavado de dinero, comprando jugadores y pagando altos sueldos.

Al tiempo que “El Patrón” se volvía el hombre detrás de los dos principales equipos de Medellín, otros narcotraficantes decidieron ingresar al mundo del fútbol. José Gonzalo Rodríguez Gacha, “El Mexicano”, socio de Escobar, se convirtió en accionista de Millonarios de Bogotá, mientras los hermanos Rodríguez, líderes del Cartel de Cali, eligieron como su juguete al América de la misma ciudad.

La década de los 80 vio como el “narcofútbol” dominó en Colombia. La lucha entre Nacional, Independiente, Millonarios y América por la supremacía en el país se convirtió al mismo tiempo en un duelo entre los criminales para demostrar quién era más poderoso.

La primera Libertadores ganada por un equipo colombiano no estuvo exenta de sospechas.
La primera Libertadores ganada por un equipo colombiano no estuvo exenta de sospechas.

El equipo de los Rodríguez ganó cinco títulos consecutivos en la década (1982-1986); el de “El Mexicano” obtuvo un bicampeonato (1987-1988), pero el mayor logro lo obtuvo Pablo Escobar con el conjunto “verdolaga”, al conseguir la primera Copa Libertadores del fútbol colombiano en 1989.

Como era de esperarse, los enfrentamientos entre los equipos de los líderes narcotraficantes no estaban exentos de polémica. Uno de los momentos más críticos se dio en un Independiente vs. América, en 1989. Las apuestas favorecían a la escuadra de Medellín pero la victoria fue para el conjunto de Cali, con supuesta ayuda arbitral.

La furia de Escobar Gaviria por ver perder a su equipo ante el de sus rivales en el negocio encontró pronto a un único culpable: “Que ubiquen al árbitro y lo maten”. Días después, el silbante Álvaro Ortega fue asesinado a balazos. La liga colombiana fue suspendida ese año.

“El Capo” invirtió parte de su dinero en bienes raíces, siendo la Hacienda Nápoles su refugio predilecto. Dentro de sus 2995 hectáreas se escondían un zoológico con animales exóticos, una plaza de toros y, por supuesto, una cancha de fútbol. Aprovechando los múltiples contactos que tenía, Escobar organizaba “cascaritas” en la hacienda contra “El Mexicano”. Ambos escogían a sus jugadores predilectos, los mandaban traer en avión, jugaban y les pagaban una buena suma de dinero u organizaban fiestas con ellos. Para dar un poco más de “emoción”, ambos narcotraficantes apostaban 1 o 2 millones de dólares por partido.

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A principios de los 90, la situación de violencia provocada por la lucha contra el narcotráfico alcanzó niveles alarmantes. Las autoridades se encontraban coludidas bajo la ley de “plata o plomo”: o aceptaban el dinero del Cartel de Medellín o se atenían a las consecuencias. Miles de personas habían caído a manos de Escobar y su gente, incluidos tres candidatos presidenciales cuyas ideas no parecían ajustarse a las del “Patrón”.

Las imágenes de los asesinatos, las explosiones y los asaltos se volvieron constantes en los medios colombianos. El único consuelo que encontraba la gente ante la lucha contra el narcoterrorismo estaba compuesto por 11 hombres vestidos de amarillo y azul, comandados por Francisco “Pacho” Maturana.

La selección colombiana alcanzó una de sus mejores épocas durante esa misma etapa. Nombres como Valderrama, Higuita, Aspirilla, Rincón o Andrés Escobar integraban a un equipo que jugaba de memoria y que alcanzó su punto más alto en la goleada 5-0 a Argentina durante las eliminatorias para Estados Unidos 1994.

El equipo contagió e ilusionó a la gente con su fútbol, sacando la casta en un momento donde el pueblo colombiano estaba ávido de héroes verdaderos. Pero ni ellos se salvaban del “pulpo” que era el narcotráfico. Ni siquiera estando recluido en la cárcel conocida como “La Catedral”, Pablo Escobar dejó de ser un fanático del fútbol. Como en la Hacienda Nápoles, mandó a construir una cancha para utilizarla cuando quisiera.

Entre sus invitados a las “cascaritas” en La Catedral estuvieron toda la selección colombiana, Carlos Salvador Bilardo e incluso Diego Armando Maradona. Frente a todos ellos, “Don Pablo” demostraba sus habilidades en el balompié; era diestro, jugaba como atacante y lo hacía bien, aunque los jugadores encargados de defenderlo debían ser bastante cuidadosos para no ofenderlo al marcarlo.

Las visitas de los seleccionados cafeteros a la cárcel se hicieron públicas en una ocasión que René Higuita fue descubierto por la prensa al bajarse antes de la entrada al recinto. Ser captado en dicha situación llevó a que fuera descartado de la convocatoria para el Mundial del 94’. Para Maturana, las cosas respecto a las visitas a Escobar estaban claras: “Si a mí me llama Vito Corleone, yo voy”.

Pablo Escobar escapó de La Catedral en 1992. Las autoridades de Colombia montaron el Bloque de búsqueda, armado con policías del país sudamericano y de Estados Unidos, con el propósito de buscarlo y capturarlo. Aunado a esto surgió el cartel de “Los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar)”, formado por rivales y ex aliados del capo de Medellín, con la intención de matarle.

“Los Pepes” le pusieron como fecha límite a Escobar Gaviria el 31 de diciembre de 1993: si para ese día no se entregaba, comenzarían a matar uno a uno a sus familiares. La amenaza no fue necesaria. El 2 de diciembre de 1993 fue asesinado por el Bloque de búsqueda.

Multitudes acudieron al funeral de Pablo Escobar para despedir a su benefactor.
Multitudes acudieron al funeral de Pablo Escobar para despedir a su benefactor.

Aun cuando era uno de los criminales más buscados del mundo, su muerte fue una tragedia para muchos. Las clases más bajas de Colombia lloraron amargamente su partida y abarrotaron su funeral. “Se ve, se siente, Pablo está presente”, entonaban recordando al que llegó a ser visto como un mesías para los más necesitados.

Tras su desaparición, la situación en Colombia se tornó peor. Sin un líder, todos buscaron mandar y la violencia escaló. El fútbol también se vio tocado. La participación de la selección cafetera en Estados Unidos ’94 resultó decepcionante y se vio afectada por amenazas del narcotráfico. A su regreso, la tragedia alcanzó su punto máximo. El asesinato de Andrés Escobar a manos de sicarios marcó el final de la mejor época del fútbol colombiano.

Muchos señalan que si “El Patrón” no hubiera muerto en ese momento, la participación de Colombia hubiera resultado distinta. No por nada algunos lo llamaron “El padrino del fútbol colombiano”. Tras su caída, el balompié de aquel país cayó en un bache del que poco a poco se ha recuperado, como fue demostrado en Brasil 2014 por la selección.

Para Pablo Escobar el fútbol siempre fue más que un deporte. Era su pasión y su distracción dentro de un mundo donde se vive siempre con miedo. El placer que sentía al ver la pelota rodando permitió conocer el lado humano de un personaje oscuro; hasta su final lo demostró: al morir, llevaba sus tachones puestos.