Zinedine Zidane, el artista del futbol
En la final de Champions de la 2001/2002, marcó uno de los mejores goles del nuevo siglo.

Zinedine Zidane llegó al mundo con la única misión de seducir a la pelota. Nació en 1972 en Marsella, lugar donde se enamoró del balón. Hijo de un par de argelinos, Smaïl y Malika, creció en los suburbios del norte de Francia; sin lujos, aprendió a vivir. A los 14 años, con la firme intención de abandonar la pobreza, dejó su hogar para probar suerte en el mundo del futbol. Se mudó a la ciudad de Cannes y con más voluntad que certeza, dio inicio a su carrera.

Su ascenso no fue fugaz y el trabajo diario le abrió las puertas del profesionalismo. Debutó en la Ligue 1 a los 17 años de edad. Fue en la temporada 88/89 cuando por primera vez demostró sus cualidades en el máximo circuito. Pasó cuatro temporadas en el equipo que le formara para luego ser transferido al Girondins de Bordeaux; allí acaparó los reflectores de los principales rotativos franceses y, tras cuatro años, obtuvo las suficientes credenciales para mudarse a uno de los grandes de Europa: La Juventus de Turín.

En 1996, ‘Zizou’ prestó sus servicios a la ‘Vecchia Signora’; con la ‘Juve’ conquistó dos veces la Serie A y una Supercopa de Italia. También obtuvo una Copa Intercontintenal y una Supercopa de Europa; dio cátedra en cada encuentro y atrajo al Real Madrid con los encantos únicos de un fuera de serie. Sus últimos tres años jugando para los ‘bianconeri‘ le catapultaron a la élite del balón. La historia le pagó tantas enseñanzas con un doblete envidiable.

Sus botines guiaron a una de las Selecciones de Francia más respetadas a la consecución inmediata de la Copa del Mundo de 1998 y Eurocopa del 2000. Un año después de su doble conquista internacional, Zinedine Zidane viajó a España para hacer historia con un fichaje a la altura de su calidad futbolística. En 2001, el francés de ensueño fue transferido al Real Madrid de Florentino Pérez a cambio de 71 millones de euros: en su momento, el traspaso más caro de la historia.

Una trozo de papel marcó la diferencia entre la gloriosa realidad de la época galáctica del Madrid y el inexistente universo del ‘hubiera’; en el 2000, la FIFA organizó la ceremonia de premiación de la Champions League del mismo año. Como un par de enamorados que se saben predestinados desde la primera cita, el Real y Zidane se dieron el primer guiño de amor en la tierra natal del exfutbolista. Florentino Pérez compartió mesa con Zinedine; de manera discreta, le entregó al francés una servilleta con la leyenda «Do you want to play in Real Madrid?». La respuesta, con una sonrisa como signo de aceptación fue un: ‘Oui’.

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Un año después del primer guiño, el romance se consumó. El ‘galo’ comprendió desde su llegada la importancia del madridismo y puso siempre en alto la bandera merengue; indiscutiblemente se convirtió en el cerebro de unos galácticos predestinados al éxito, portentosos en cada línea y temidos en cualquier cancha. Zinedine Zidane nunca necesitó de estrafalarios atuendos ni de excentricidades sobre el césped; su discreción más que un defecto fue siempre una virtud. Como buen maestro del balón, demostró siempre humildad y respeto, hasta que un día, el instinto lo traicionó.

Nunca fue un centrocampista vertiginoso ni un francotirador al acecho; su cuota de goles en competiciones locales no alcanza el centenar en más de 500 encuentros, sin embargo, su pura presencia significaba peligro. La clase con la que se desempeñaba jamás le impidió ser un goleador nato. La agilidad mental le caracterizó más como un pensador que como un salvaje vikingo. Para Jorge Valdano, el mago francés fue siempre un falso lento. «Zinedine Zidane es un elefante con el cerebro de una bailarina», mencionó alguna vez para referirse al contraste entre la complexión física y su agilidad mental.

A diferencia de muchos, el francés fraguó una leyenda con nombre y apellido. Para el mundo siempre fue Zinedine Zidane, así, completo. Ni siquiera su apodo, ‘Zizou’, pudo remplazar la denominación de un hombre que no podía ser descrito con una sola palabra. El talento y la inteligencia demostrados durante 18 años de carrera solo podrían describirse con adjetivos no del todo populares: el ’10’ francés fue mago, artista y maestro; genio y leyenda de un juego que él, como pocos, dominó.