Seguiremos juntos

Salió de casa con la única intención de ir al estadio para apoyar al equipo. No llevaba mayor cosa entre sus pertenencias. Acaso lo más llamativo eran sus tenis nuevos. Sin reloj ni celular, lo más ostentoso era su bandera. Apenas caminó unas cuadras y en la esquina más próxima a la parada del autobús lo toparon.

Al ver los rostros de sus atacantes supo que iban por él. No intentó huir. Seguro estaba de la factura que le querían cobrar y no traicionaría lo que sentía. Sin oponer resistencia dejó que los tres tipos lo sujetaran y treparan al carro. Emprendieron la marcha hacia el lote baldío donde días después encontraron su cadáver. La prensa informó que se trató de una víctima más de la delincuencia: versiones indicando que por asunto de drogas, otras que se debió a un asalto sanguinario.

Evidentemente alguien no se creyó tales informaciones, ella.

Sí, ella, amor imposible del muerto. Su romance no podía ser, no los dejaban ser. Estaba separada pero casada, unida por un papel. Su marido, un joven posesivo y extremadamente celoso, además de negarse a conceder el divorcio, detestaba que su todavía esposa rehiciera su vida con alguien más, en este caso con el chico al que conocían como “el futbolero más futbolero de toda la colonia”. Lo mató.

Como pudo, ella escapó del infierno, de la cárcel que representaban cuatro paredes a lado de su esposo. ¿Por qué se casó con él? Porque a veces hay situaciones donde las personas se casan con quien no quieren, con la puerta más inmediata para cubrir necesidades, con un espejismo en instantes de flaqueza. Lo cierto es que luego de enterarse de la fatídica noticia, tardó en llorarle al muerto. No tuvo valor para ir al cementerio y abrazar la tumba. Tampoco pensó en denunciar al asesino, un joven al que le tiene pavor pese a que se encuentra prófugo, joven que huyó advirtiéndole que si cantaba “adiós mundo cruel”. Ella tenía un objetivo, un compromiso moral con el difunto.

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Cuando autoridades hallaron el cadáver, su bandera no estaba. Este pequeño detalle que puede resultar irrelevante, para ella fue de vital importancia. ¿Cómo darle cristiana sepultura a un hombre que fue enterrado sin su pasión? A nadie se le ocurrió vestirlo con la playera de su equipo o ponerle un trapo con el escudo. No era para menos, en esos momentos nadie lo piensa. Ella sí.

“Si algo amaba él era su fútbol”, se repetía mientras caminaba por las calles pensando en cómo podía dar con la bandera extraviada. ¿Quién se la pudo haber llevado? ¿Para qué quitarle un trapo? Su búsqueda fue incesante; semanas transcurridas en balde. Rindiéndose para dar con el paradero de la insignia, se le ocurrió una idea: confeccionar una bandera idéntica.

Terminado su trabajo, creyó que le faltaba algo más antes de ir al cementerio y ofrendar el trapo que tanto significó en vida para él. Había que cumplir lo que él no pudo el día que lo asesinaron. Cogió el trapo y fue al estadio. Sin saber nada de fútbol, se coló en la tribuna donde estaba la porra del equipo de su muerto.

Ondeó como nunca la bandera. Gritó como loca cada uno de los goles. Se abrazó con entusiasmo con otros aficionados. Y lo más importante, lloró. Sus lágrimas no fueron de tristeza, sino de una alegría indescriptible que le hizo sentir que se fundía en la eternidad con el alma de su historia arrebatada.

Al día siguiente fue al cementerio y colocó la bandera encima de la tumba. Se hincó frente al pedazo de piedra y exclamó en voz baja: “Seguiremos juntos. Te lo prometo”.

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