Tercera Amarilla | El lado social olvidado del fútbol

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Dentro de la Alemania cuadrada, existe un oasis liberal que despierta pasiones extremistas.

Pablo es un viejo terco llevado a sus ideas cuya percepción del éxito dista de estar asociada a la que sus vecinos tienen. Pablo no añora ser el mejor en lo que hace, ni tener la casa más grande y lujosa, ni portar la ropa de más calidad y nombre, ni de aparecer en la televisión… vamos, ni siquiera tiene la intención de estar en las mejores fiestas, reuniones o eventos constantemente. Pablo añora con ser él mismo toda su vida, sueño que muy pocas personas poseen en la actualidad.

Siete kilómetros separan la casa de Pablo y la de su vecino, el licenciado Horacio Suárez Vázquez. Horacio, a diferencia de Pablo, es un hombre serio que le gusta salir de vez en cuando pero se siente más cómodo en su casa, con sus conocidos, en su círculo social normal ya que la palabra «riesgo» no va mucho con su filosofía de vida. Claro, la casa de Horacio es mucho más bonita, tiene una familia ‘normal’ y hasta un par de coches del año bastante agradables a la vista. A Horacio lo visita gente decente, gente como él que no busca problemas y sólo quiere tomarse una copita de vino cada fin de semana en compañía de sus cercanos.

Los lujos de Horacio le permiten llenar su sillón con seis licenciados, ingenieros y doctores mientras que a siete kilómetros de ahí, Pablo llena su sucio sofá con apenas tres personas: una puta, un punketo y un inmigrante ilegal en busca de un trabajo que le de para comer. Sin embargo en la casa de Pablo siempre hay más vida ya que la gente está dispuesta a no sentarse en un sofá y por eso encontramos personas en cada rincón de la casa, pero personas felices. Quizá por eso la gente se siente más cómoda con Pablo en el barrio que con Horacio porque saben que el pelotudo este no mira en menos a nadie y le abre los brazos a cualquiera, a diferencia del otro señor.

Cornelio, el visitante más frecuente a la casa de Pablo, es gay a ojos y oídos de todos. ¿Acaso es mucho pedir un poco de apertura mental en nuestra sociedad? A Pablo le importa un carajo, mientras que Horacio y los otros 34 vecinos no podrían ver con ojos normales a un inmigrante pobre, una puta o a un inadaptado social bebiendo agua del mismo vaso que lo hacen sus hijos o parientes. Siendo el agua un recurso tan básico y necesario, Pablo decide que tampoco se debe de beber aquel líquido vital en su casa pero no por discriminación más por autosuperación. Como decirles que hasta una vez se puso de acuerdo con la gente que habitualmente lo visitan para llevarle un vaso de agua a unos inmigrantes cubanos y ruandeses que la necesitaban en cuestión de vida o muerte. Así es el corazón de Pablo y sus amigos, tan discriminado por unos cuantos pero idolatrado por muchos, por no decir la mayoría.

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Tanto es el amor a Pablo, que hasta una vez en momentos críticos económicos, toda su gente se puso a vender más de 140,000 playeras por el barrio con la leyenda de «Salvemos a Pablo» o «Salvador». ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? Si la obligación de Pablo es divertirnos, ¿por qué nosotros tendríamos que darle algo a cambio? Vaya estupidez. Aquella estupidez que nos hace olvidar nuestro lado social, aquel que debe de dar sin recibir algo a cambio. Pablo lo tiene muy presente y su vida gira en torno a ello. Dentro de todos los vecindarios en el mundo y sus facetas, siempre volteamos a ver el que más dinero, mejores familias, perfectas casas y coches, una membresía a los mejores eventos y la atención de todas las cámaras tiene. Que envidia Pablo, de la buena.

La tolerancia y el respeto en las relaciones humanas mutuas son los pilares más importantes en la filosofía de Pablo, aspectos que cada vez vamos olvidando más y más.

Siete kilómetros separan al Millerntorn-Stadion de la Imtech Arena en el puerto de Hamburgo. Siete kilómetros separan el fútbol social del mediático.

Horacio es el Hamburg, Pablo el Sankt Pauli y Cornelio, Corny Littmann, el honorable presidente del St. Pauli FC.

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