Tercera amarilla: La Terquedad
Tercera amarilla: La Terquedad

[Canción para acompañar: «Stubborn love» – The Lumineers]

LA TERQUEDAD

La terquedad es un rasgo característico del hincha. Para bien o para mal, el aferrarse a una convicción termina por generarnos una adicción masoquista al escudo. No es comprensible pero sí aceptable ya que éste es uno de los mayores valores agregados que posee el fútbol.

Durante los 26 años que he estado al lado de una pelota o un escudo, la terquedad me ha acompañado en varias facetas. A veces la he apreciado y otras no, mucho ha dependido de haberla entendido o no. Discutía incansablemente con mi madre cuando era tiempo de guardarme, mientras el resto de mis amigos seguían peloteando. Me tomó años entender que no iba a jugar en Primera División, por el motivo que fuese, y que no estaba en mi control. Me comí, como muchos otros, años de vergonzosa gestión en el equipo de mis amores que culminaron con un partido de traumatismo ante Morelia donde quedamos a un gol de descender. Me tomó meses tragarme la impotencia que sentí cuando compré mi boleto de autobús de regreso a México en Panamá, quedándome a medio camino a Brasil por falta de dinero. No pude dormir por tres días cuando me tocó ver el travesaño de Pinilla al 118’ y, al siguiente día, el penal de Robben al 90’. Algunas las he entendido, otras simplemente las he tenido que aceptar porque no hay de otra.

La terquedad futbolística es sumamente irrelevante en la vida normal pero, aun así, a veces nos puede ayudar. El ser periodista deportivo, trabajar en el rubro o simplemente vivir del fútbol supone para muchos un privilegio, un puesto al que sólo los afortunados llegan. En parte lo es puesto que es una experiencia única y enriquecedora, pero sin un equilibrio dista mucho de ser ese mundo de chocolate. Bien decía Galeano que quién sólo sabe de fútbol, nada sabe de fútbol. A mí me costó entenderlo y pagué el precio de llegar a odiar este deporte por entrar en la monotonía. Para retomar ese amor tuve que recurrir a una verdad categórica: el fútbol se disfruta siendo aficionado.

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La verdad que más me costó aceptar, y que de no haberla entendido probablemente no estaría escribiendo estas letras ahora, es que en el fútbol, como negocio, desafortunadamente no existe espacio para el romanticismo. Este concepto, seguido entusiastamente por unos pocos, valorado por otros cuantos y defendido celosamente por varios, es análogo al servicio comunitario. Nos fascina trabajarlo y mucho más consumirlo, nos emociona, nos motiva, nos hace reflexionar, nos enorgullece y nos hace mejores personas, pero cuando llega a las manos de los señores con corbata, es intrascendente o poco medible. En otras palabras, se complica verlo como una buena inversión.

Para desarrollar ese lado abstracto y emocional, tanto en el fútbol como en la vida, es imperativo que el aspecto económico tenga nula influencia. Y para esto a veces es necesario ceder un poco, dejarse embarrar con un poquito de mierda, para conseguir ese colchón que nos permita trabajar el lado romántico de las cosas. A veces es necesario ver el fútbol como un trabajo, para poder volver a verlo como un aficionado.