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[Canción para acompañar: «Empty» – Ray LaMontagne]

Hacía frío. Y de ese frío que te congela los huesos, acompañado de viento. Vaya combinación. El frío no sólo se percibía en el ambiente, sino que también en la grada. El viejo gruñón con su esposa, la novia del hincha fiel que estaba ahí por obligación, los muchachos que sólo sabían gritar groserías, el tío con los sobrinos, el otro viejo con un gorro del Betis (para hacer notar que el odio era doble), el trabajador que va al estadio ya como rutina, la señora con la bufanda y los extranjeros. Todos arropados. Todos callados. Todos separados. Un estadio frío. Un estadio gris. Sin ultras, sin cánticos, sin folcklore, sin vida.

Al tomar asiento vino la primera contradicción. ¿Cómo es posible que un equipo de fútbol refleje lo opuesto a lo que se vive en la ciudad? Las cañas refrescantes, las tapas sabrosas, gigantes y baratas, las mujeres de hipnotizante belleza, la mezcla de culturas, las calles españolas-árabes y la fiesta, que también es sabrosa, gigante y barata. El escudo reflejaba más el clima que la vida de Granada.

El Granada no es precisamente de los equipos más atractivos de la Liga BBVA. Su hogar, el Estadio Municipal de Los Cármenes, tampoco se jacta de ser un hervidero de pasiones en España, mucho menos en Europa. Pero tiene algo. Algo que amarra de manera fiel pero moderada a la vez. Algo que mis ojos y sentidos no percibieron en un inicio.

Como en Lisboa, un pequeño gentío en una esquina hacía más ruido que todo un estadio. Andaluces también, pero del otro lado. Eran de Sevilla. ¿Y cómo no iban a hacer ruido? Si en lo que iba de su paupérrima temporada, finalmente habían conseguido hilvanar dos triunfos consecutivos con una victoria ante el némesis, en el Sánchez Pizjuán, con un contundente y humillante 4 a 0 que, de paso, los sepultaba más en el descenso. Ellos estaban de fiesta y, como dicen en el resto de Andalucía, siempre «orgullosos» de ser sevillanos. Los granadinos, por otro lado, murmuraban. Y de vez en cuando se escuchaba por ahí un «a ver si hoy ganamos». Eso sí, la afición granadina tiene un semblante que ninguna otra afición tiene en España: la adopción. El turismo eterno y la noche mágica de Granada han hecho que muchos extranjeros lleguen a esta ciudad con la intención de instalarse permanentemente. Asimismo, la escasez de almas futboleras ha encontrado en los foráneos, en su mayoría güeros, el sentido de pertenencia que le faltaba al escudo. A mi lado estaba uno de esos güeros, que se mantuvo tranquilo hasta el silbatazo inicial y cuando este llegó, se transformó en un energúmeno. Un aficionado que desentonaba con la pasividad del resto. Aplaudía, saltaba, se agarraba el pelo, le daba patadas a la silla de enfrente y gritaba, en un español bastante dañado, «¡Vamous mi Grrranata, vamous cam-pe-on!«. Juzgando su manera de vivir el fútbol, supuse que venía del otro lado del Canal de la Mancha.

Los primeros minutos del partido fueron un recital de mentadas. Roberto, un portero que poco sabía con los pies, y el defensor senegalés Pape Diakhaté, que nada le envidiaba a Roberto en ese aspecto, generaron un par de errores que prendieron al apagado aficionado granadino. «¿Pero qué haces tonto ‘e loh cojoneh?», «Me cago en Dios, Roberto», «Venga negro, que vaya pa’ fuera mejor», y así. Sin el chileno Manuel Iturra, limitado cerebro de un limitado equipo, el Granada tenía menos creatividad y más errores que funcionario público. Algunos aficionados pensaban que las cosas no podían estar peor, pero ahí estaba Carlos Bacca para darles un bofetón, a ellos y al Granada. Al minuto 23, el colombiano sacó un derechazo de tres dedos, categórico, que silenció a Los Cármenes.

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Tampoco era que el Sevilla fuese una máquina. Sus destellos venían de dos futuros rivales de México en la Copa del Mundo. Stephane M’Bia, de Camerún, tenía clase y categoría como ningún otro en la cancha… pero para las patadas. Su compañero en el doble pivote era el croata Ivan Rakitic, cuya calidad ya conocida quedó opacada por la buena marca de Fran Rico (algo bueno tenía que tener el Granada). Si ellos son los motores de sus respectivas selecciones en Brasil 2014, podríamos ir ya pensando en los octavos de final. Ambos jugaban para el cafetero Bacca y el acaparador de reflectores, la Perla José Antonio Reyes, una sombra de lo que era en el pasado.

Avanzaba el reloj y seguía haciendo frío, algo que el güero parecía no sentir pues su escándalo era proporcional. En cuanto al fútbol, el Granada ya jugaba mejor que el Sevilla, mucho en parte a los argelinos Yebda y Brahimi, quienes traían como precio del dólar a la defensa de Unai Emery por la banda izquierda. De tanto tocar la puerta, en algún momento tendría que abrirse. Tiro libre, salvada de Beto, tiro de esquina, revoltijo en el área, pelotazo arriba, empujones y, en el acabose de la jugada, al portugués Carriço se le ocurre meter la mano. Penal. ¡PENAL! Otro público apareció. Los Cármenes se volvió un verdadero estadio de fútbol. Y yo, afortunado, o gracias a mi sexto sentido, como quieran llamarlo, lo tenía todo en 2 minutos y medio de video:

¡Vamos mi Granada, Vamos Campeón! from Nicolás Tapia on Vimeo.

Cuando Brahimi anotó, los cánticos y las palmas aparecieron como si, esperando equivocarme, el público granadino fuese un acompañante en las buenas, y no en las malas. En el sufrimiento de pertenecer a un equipo chico, el empate generalmente sabe a triunfo. El equipo se conformó con el resultado y la gente, en parte, también. Pero no el Sevilla, que tenía guardado el peor castigo para un aficionado que va al estadio. A tres minutos del final, Kevin Gameiro, como si estuviese soltando todo el coraje que acumuló al ser exiliado de Paris por los petrodólares, se pegó una endiablada carrera para soltar un latigazo que dejó parado a Roberto y sentado al público granadino. Gol de último minuto. Derrota de último minuto. Una verdadera patada en la entrepierna.

La gente se comenzó a retirar y los que se quedaban, más bien lo hacían por el peso de sus caras. Los Cármenes se volvió a silenciar y de vez en cuando se escuchaba por ahí un «a ver si en el próximo ganamos». Más que decepción, se respiraba resignación. «Quillo, eh que pa’ ser der Graná, hay que ser masoquista», me decían en la grada. Hay esperanza eso sí. Y es que ser de un equipo grande aburre, pues el triunfo pierde su sabor. Para disfrutarlo al máximo, es necesario caer en la adversidad constantemente. Y esa es la ventaja que tienen los equipos chicos porque las hazañas son subjetivas.

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