El fútbol tiene ríos de anécdotas, de historias humanas interesantes. El fútbol es un espejo de la sociedad y en los dos últimos siglos, va como testigo de la evolución de hombre. La humanidad por años ha caminado al lado de la religión y esta, también aparece de mil maneras en los rectángulos de césped.

Así, nos encontramos con una historia fabulosa, la de Juan Manuel Bazurko (aunque fue castellanizado a “Basurco”, dejémosle en la grafía original vasca), un cura que cruzó el océano para predicar la fe católica, obrar un milagro en Copa Libertadores y regresar al viejo continente para marcharse del plano terrenal con otra óptica de la vida.

Bazurko nació en Mutriku, localidad costera de Guipúzcoa del País Vasco. De joven, se enroló en la vida sacerdotal, aunque se le daba bien el fútbol y de hecho, jugó en el equipo de ese pueblito, que militaba en tercera división.

En 1969, a sus 25 años, se embarca en una misión a Sudamérica  y su primer destino como sacerdote fue la parroquia de San Camilo de Quevedo en la provincia de Los Ríos de Ecuador, donde se hizo cargo de la iglesia de San Cristóbal.

De España, se llevó en la maleta la pasión por el fútbol. Los domingos daba misa por la mañana y pateaba balones por la tarde. Anotaba infinidad de goles, pero al principio, por el inmenso respeto que se solía tener en la época en los pueblos sudamericanos a los sacerdotes, nadie lo marcaba y chutaba con libertad. Pero, cuando aparecieron los guapetones de barrio a querer fanfarronear con el forastero, también sabía sacárselos de encima y seguía batiendo redes.

Bazurko con Portoviejo

El rumor llegó a Liga Universitaria Portoviejo, equipo de primera división de Ecuador, que le requería en sus filas. De la humilde Quevedo, debía desplazarse cien kilómetros hacia el mar para buscar goles. Todo esto a un año de estar en Ecuador.  “Vosotros veréis si os intereso, pero que sepáis que yo estoy a otra vida”, fue la frase histórica de este fichaje. En poco tiempo ya se codeaba con profesionales y seguía sacudiendo redes.

Terminando 1970 y arrancando 1971, la fama del  “curita” crecía. Barcelona de Guayaquil, un grande de Ecuador, iba a asumir Copa Libertadores, pero estaba descapitalizado.  “Queríamos armar un equipo lindo para la Copa, pero no teníamos un centavo. Trajimos a Spencer con puras promesas; me acuerdo que le pagábamos tras los partidos. Íbamos a la boletería a ver qué se había recaudado, separábamos la plata para Alberto y así le cumplíamos. Estaba ese Bazurko, que hacía goles en Portoviejo  y decían que era sacerdote. ¿Cómo podríamos contactarlo?, pregunté. Y un muchacho, el Pardo Palacios, que era una ardilla y conocía a todo el mundo, respondió: ‘Yo se lo ubico’. Al otro día me lo trajo en persona. Vino con sotana y todo. Así acordamos su incorporación a Barcelona, con Bazurko vestido de cura”, explicó años después Galo Roggiero, en ese entonces, presidente de Barcelona.

El Spencer, al que se refiere Roggiero es Alberto Spencer, el mejor jugador de la historia de Ecuador, goleador histórico de la Copa Libertadores  y quien será protagonista de esta historia más adelante.

El “curita” con el legendario Spencer en Barcelona de Guayaquil

El arranque en un grande no fue del todo grato para Bazurko. Con la mente puesta en la prédica de la Palabra, en ayudar al necesitado, sentía que perdía el tiempo sentado en el banco sin jugar cuando podía estar haciendo obras. Mover su rutina a cinco horas más al sur de Portoviejo, en Guayaquil, no parecía muy productivo. Peor si tenía que soportar las típicas burlas por su condición de sacerdote.

Chocó con el prejuicio de Otto Vieira, entrenador brasileño apodado “Mandrake” y que aún tiene varios récords en el fútbol ecuatoriano. No daba crédito a que la directiva buscara un cura en vez de “un delantero de verdad”.  Al vasco le costó convencer al estratega para jugar, aunque sea unos minutos.

Lo importante ese año era hacer una buena Copa Libertadores. Barcelona arrancó en el Grupo 5 junto a Emelec y los colombianos Junior y Cali. Bazurko apenas entró de recambio en dos de seis partidos.

Sin embargo, por cosas del destino, Emelec y Barcelona, protagonistas del clásico más importante de Ecuador, debían jugar un partido extra de desempate para determinar el primer puesto del grupo (los primeros de cada grupo iban a otra instancia de dos grupos y de ahí a la final). Hermosa manera de definir a un semifinalista.

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Bazurko solo jugó ocho partidos con Barcelona y marcó dos goles, pero ambos fueron importantes, en especial el segundo que fue inmortal. Su estreno como goleador “torero” fue en este “Clásico del Astillero”, que su cuadro ganó 3-0. Entró en el segundo tiempo y a los cuatro minutos, colocó el 2-0. Más nunca sería suplente.

Las semifinales de ese año fueron dos grupos de tres equipos, liguilla de ida y vuelta y los primeros iban a la final. Con Barcelona estaban Unión Española (Chile) y Estudiantes de La Plata, que llegaba con un invicto impresionante en Copa Libertadores de nueve partidos sin perder y era el ganador de las tres últimas ediciones (1968, 1969 y 1970) del torneo de clubes más prestigioso de Conmebol.

En el arranque del grupo semifinal, el cuadro argentino le proporciona una derrota simple en Guayaquil, 0-1. Las esperanzas se fueron al piso, a pesar que al siguiente partido ganaron 1-0 a Unión Española. El viaje a Argentina era tan desesperanzador que apenas se desplazaron dos radios y Bazurko quería declinar por tener catequesis. “Mandrake”, que al principio no creía en él, ahora estaba pleno de fe en los “santos botines” y le convenció.

La recepción en La Plata fue burlista. La revista “El Gráfico” calificó a la delegación “torera” como “equipo de tercera categoría”. El “argentinismo” se tenía fe, pues no pudieron vencer en el  Estadio Jorge Luis Hirschi ni River Plate, ni Independiente. Tampoco Racing, Palmeiras, Peñarol o Nacional.

Pero, el fútbol se hace jugando. Y hubo una gran paridad en el partido, hasta el inolvidable minuto 17 del segundo tiempo de un 29 de abril de 1971: Alberto Spencer, al que en Argentina ubicaban “de salida”, desbordó el costado izquierdo y soltó un centro guiado por ángeles al “padrecito”, quien, quizá por un halo de luz que caía del cielo, no abandonó la carrera y en línea recta encontró el balón para una celestial definición. Gloria, gloria, aleluya.

Arístides Castro, creyente comentarista de Radio Atalaya y que viajó al sur con su equipo exclamó la frase para la historia: “Benditos sean los botines del padre Bazurko”.

Estudiantes, enfurecido, embistió con todo. La resistencia bíblica de la defensa amarilla pudo concretar el milagro. Todo Ecuador se llenó de gozo por ese histórico triunfo 0-1.

Aunque no pudo llegar a la final de esa edición (irónicamente el más débil del grupo, Unión Española, lo sacó de carrera), es una de las hazañas más memorables del balompié ecuatoriano.

La prense ecuatoriana eufórica tras el triunfo

Bazurko, a pesar de que donaba su sueldo a los niños pobres de Guayaquil, se sentía obligado a retomar el motivo que lo hizo cambiar de continente: la vocación sacerdotal. Regresó a Portoviejo, donde estaría más cerca de San Camilo.

Al rato, se devolvió a Europa y no se supo más de él en Guayaquil hasta 1996, para celebrar los 25 años de la gesta. Fue recibido en el aeropuerto Simón Bolívar casi con la misma euforia de 1971. Ya no era un sacerdote abnegado. Se casó y tuvo hijos.

Tiempo después, el formidable periodista Jorge Barraza viajó a España para buscar a este hombre que es un inmortal de la feligresía barcelonista. Encontró a un ser más cerca del laicismo que de lo católico. Profesor de filosofía, sus alumnos tenían poca idea de la hazaña balompédica de su docente. En esa conversación reveló el por qué de su realidad actual, cuando parecía que la iglesia estaba incluso por encima de una prometedora carrera como delantero: “Vi cosas que no me gustaron. El manejo de la Iglesia, cómo se hacían las cosas… Historias que no vale la pena recordar”.

Una de las últimas fotos de Bazurko, ya como profesor de filosofía

Poco tiempo después de esta última charla, Bazurko partió al cielo un 20 de marzo de 2014 en San Sebastián, a una hora de su natal Mutriku. Al de la sotana, el fútbol en Ecuador nunca lo olvidará.