Chernobyl y el fútbol que no pudo ser

El nerviosismo se notaba en los jugadores de la Unión Soviética en Irapuato. En el Mundial de México 1986, apenas un mes después de la tragedia de Chernobyl, la desgracia nuclear más grande que ha sufrido la humanidad, la curiosidad de los periodistas sobre el hecho y su opinión de los futbolistas, en especial los ucranianos, era obvia.

Pero, el comunismo silenciador les prohibía hablar. Y es que justo un mes antes, explota el reactor 4 de la central nuclear de Chernobyl. La serie de televisión de HBO, muy de moda nos cuenta la historia: Prueba de seguridad. Sobrecarga de energía. Mueren 31 trabajadores. Pero, sobre todo, la Unión Soviética esconde las consecuencias del desastre que llegan hasta hoy: la contaminación del aire. La radioactividad, 400 veces mayor que en la bomba que Estados Unidos arrojó a Hiroshima, se explayó a 13 países de Europa.

La ilusión de una ciudad progresista

La ciudad cercana de Pripyat evidentemente fue afectada. Esta ciudad satélite y para muchos, modelo en la URSS, era el hogar de los obreros de la central. Con servicios de lujo, con una vida mejor que la mayor parte del territorio soviético.

Y como buen trozo de tierra, debía tener su club de fútbol. FC Stroitel Pripyat, aunque amateur y nacido en 1970, debía tener una brillantez más parecida a la impactante urbe y ascerder escalones: tercera, segunda y por su puesto, por qué no, llegar algún día a primera.

Se invirtió lo necesario, en fichajes modestos. Pero lo más llamativo es el estadio, el  Avanhard (Avanzar). Modesto, para una diez mil personas, pero con todas las comodidades.

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La fecha ideal era el primero de mayo, día del obrero, fecha cumbre para el comunismo mundial. Y el marco no podía ser mejor: la semifinal de la Copa de Kiev ante Mashinostroitel de Borodyanka.

La cancha fantasma de Avanhard

Nunca se jugó ese partido. Nunca se estrenó la cancha. 36 horas después del desastre y varias horas después de que Suecia alertó al mundo de la desgracia, Pripyat fue desalojada a la fuerza por el ejército y en cinco horas vaciada. Bastaron 1200 autobuses para arrancar a 43 mil ciudadanos de lo que era su vida hasta ese momento. Cinco jugadores murieron por la radioactividad.

Deambularon por el país, tras muchas pruebas de salud y finalmente, esta población errante se radicó en Slavutich, una ciudad levantada especialmente para los desplazados.

De nuevo, a nivel amateur, renace el “Constructor” (traducción del nombre). FC Stroitel Slavutich es el hijo de una migración forzada.

No duró mucho. Ya en 1988 desapareció cualquier registro de este club, que sería el orgullo de los trabajadores nucleares. Su otro posible motivo de jactancia, el Estadio Avanhard, quedará por mil años como un tesgo mudo y derruido de la tragedia. Un recinto al que apenas hay que mirar, pues la radioactividad se concentra en el metal y en la madera, material de las arquerías y asientos. Una condena cruel para un estadio que ni siquiera llegó a ser estrenado.