“Cóndor” Rojas, el portero que avergonzó a Chile

 

Corría el minuto 67 en el estadio Maracaná. Tras un primer tiempo bien parejo, el Brasil de Aldair, Branco, Dunga, Bebeto y Careca le costó romper el muro de un Chile bien parado. Solo un gol de Careca, al minuto 4 del segundo tiempo, rompió la paridad de la bien cuidada puerta del meta Roberto Rojas.

Era el tres de septiembre de 1989, en el último partido de las Eliminatorias Mundialistas camino a Italia 90 del grupo 3 (nueve países buscaban el cupo, tres por llave, ya que Argentina estaba clasificada por ser campeona en el 86), Chile y Brasil llegaron a ese compromiso empatados a cinco puntos. Brasil, teniendo un +10 en el bolsillo por gol average sobre un +5 de Chile, con un empate se metía en la fiesta italiana.

Entonces estamos hablando de una final. Solo el primero de grupo clasificaba de forma directa. Y de Maracaná saldría el cupo de ese grupo.

Hay que recordar que la “ida” de ese partido fue bien polémica. Tras ir perdiendo 0-1 con Brasil en Santiago, una viveza les hizo sacar un empate: Al minuto 81, le pitan una retención de balón a Taffarel. Jorge Aravena, vivamente, le quitó el balón de las manos al portero brasileño, la puso en el piso y pasó a Ivo Basay para que definiera y empatara. Se desató la furia brasileña al considerar esto una acción ilegal.

Quizás el gol fue lo menos polémico. Los técnicos de los equipos en pugna, Orlando Aravena y Sebastiao Lazaroni, se habían dicho de todo en la previa. Romario menospreció públicamente a la Roja. Y en el partido, Romario fue expulsado por golpear al ‘Chino’ Hisis de un codazo. La patada de Raúl Ormeño a Branco que el árbitro solo sancionó con amarilla y al final, la indignación brasileña por la igualdad.

Los amazónicos invadieron el campo y fue un desastre todo. El Nacional de Santiago fue suspendido y Chile tuvo que jugar su último partido de local ante Venezuela en Mendoza, Argentina.

El “condorazo”

Y volvemos al minuto 67 del partido del tres de septiembre en Maracaná. La transmisión televisiva enfocaba a un Claudio Taffarel en una jugada de rutina, haciendo un saque de meta, cuando abruptamente se pasa a otra toma: Roberto “Cóndor” Rojas estaba tirado en el piso y una bengala al costado.

Rápidamente se despertaron los fantasmas del partido de ida. Se presagiaba tensión en la vuelta, y este hecho daba pie a un pandemónium.

Otra toma, minutos después, enfoca la cara ensangrentada de Rojas. La indignación invade toda Chile a través de la pantalla. Y en el estadio, el subcapitán Fernando Astengo llama a sus compañeros a abandonar la cancha al no haber garantías.

El partido, mejor dicho, el pase al mundial se decidiría sobre la mesa. Luego de tres horas en el camerino, Chile dejó el estadio. Desde esa misma noche, FIFA y Conmebol empezaron a investigar el incidente. Olía mal para Brasil.

El 4 de septiembre llegaron los chilenos a su tierra. Fueron recibidos como héroes, en especial “Cóndor”. Con pancartas de “brasileños asesinos” y banderas de Chile, la selección fue arropada por su país.

Además, fue capturada la autora del incidente. Rosenery Mello, una mujer, causó todo este lío. Fue “bautizada” como la Fogueteira do Maracaná.

 

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Cortesía R. Alfieri -El Gráfico

Ayuda del «enemigo»

La Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) tenía una carta bajo la manga y venía de un país enemigo. El legendario fotógrafo argentino Ricardo Alfieri (quien tiene en gráficas buena parte de la historia de las competiciones Conmebol) entregó a la CBF unos negativos donde se evidenciaba que la bengala había caído a un metro del arquero, sin hacerle daño.

Por otro lado, se hallaron vídeos en los que se evidenciaba que la bengala fue incapaz de hacerle daño a Rojas. No había quemaduras de pólvora en la cara, solo el brote de sangre. Algo estaba mal.

Al aumentar las pesquisas sobre la verdad de los hechos, parecía evidente para las autoridades de la Conmebol, que la herida del guardameta chileno, no había sido causada por algún objeto lanzado desde las tribunas. Ante la presión, Rojas confesó haber cortado su propio rostro con una cuchilla de afeitar oculta en su guante para simular un ataque de los hinchas brasileños en cualquier momento, en cualquier oportunidad; semejante acto respondía a un plan orientado a conseguir la programación de un nuevo partido definitorio en cancha neutral.

Estalló la indignación internacional. El 8 de diciembre de 1989, la FIFA resolvió que el guardameta Roberto Rojas fuera marginado «a perpetuidad» de las canchas de fútbol profesional (en 2000 recibió una amnistía) y que el equipo de Chile fuese excluido de jugar la Clasificación a la Copa Mundial de Fútbol de Estados Unidos 1994, por infringir severamente los reglamentos, además de considerar al partido como ganado por Brasil para efectos oficiales.

Una sanción muy fuerte para el fútbol chileno, que dejaba por fuera de un Mundial talentos que se mostraban, como Iván Zamorano o Marcelo Salas, quienes sí estuvieron en Francia 1998. Fue un hecho sin precedentes dejar sin posibilidad de jugar a un equipo una eliminatoria que arrancaría en tres años.

“Me corté con una Gillette y la farsa se descubrió. Fue un corte a mi dignidad. Tuve problemas en mi casa con mi mujer, mis compañeros me dieron la espalda…, pero si yo hubiera sido argentino, uruguayo o brasileño no estaría suspendido, pero como soy chileno no me dieron la posibilidad de reivindicarme”, alcanzó a decir el “Cóndor” un año después del hecho.

¿Y la “fogueteira”?

Bueno, la co-protagonista del hecho tuvo una vida bien particular. Contó que, la entonces madre de un niño de diez meses iba por primera vez al Maracaná y aseguró que le dieron una bengala. La encendió y animó por ratos la fiesta, pero luego se puso nerviosa y no supo hacer otra cosa que lanzarla al campo.

Por unos días, fue la mujer más odiada de Brasil y temió por la seguridad personal y de su familia. Pero una vez esclarecido el asunto, se convirtió en una verdadera celebridad, al punto de ser parte de programas de televisión.

Playboy le ofreció 40.000 dólares para ser portada de la revista y posar desnuda. Todo le fue de maravillas pero no supo manejar la fama ni el dinero producido.

Dilapidó su fortuna y terminó divorciada. Se mudó de Río de Janeiro a Brasilia y vivía de una venta de perros calientes. Luego se hizo socia de un bar, lejos de los reflectores. Murió joven, a los 45 años producto de un aneurisma cerebral.