Gianfranco Zola es una leyenda del Chelsea

“En el futbol, lo más importante es anticiparse. Se debe imaginar y fantasear antes de que ocurran las cosas”, frase que qué solo puede ser obra de algún mago, de un artista capaz de hacer cosas inesperadas con el balón. En el futbol pocos son los jugadores que se pueden jactar de ello y uno de los más prestigiados artistas que sin embargo no tuvo mucha suerte en su selección fue el jugador italiano Gianfranco Zola.

Nacido un 5 de julio de 1966 en la pequeña ciudad de Oliena, en la provincia de Cerdeña, Italia, desde muy pequeño Zola tuvo un particular gusto por el balón, el cual selló su destino cuando el cura del pueblo le regalo uno el día de su bautizo, haciendo que a partir de ese momento no tuviera otro compañero más que la pelota: “Cuando no estaba en la escuela estaba jugando futbol. Cuando no estaba en la casa estaba jugando futbol. Soy de los que han aprendido a jugar solo y en la calle”, declaró en alguna ocasión.

A pesar del talento que tenía,  debió empezar su carrera en equipos modestos de la serie C, siendo el USD Nuorese el que le dio la oportunidad de debutar en el profesionalismo en 1984; posteriormente fue traspasado al Torres en 1986 estando en el equipo un total de 3 años. En 1989 dio el salto de la Serie C a la Serie A fichado por el Nápoles, equipo que vivía la mejor etapa de su historia y en donde conoció a Diego Maradona, quien serpia fundamental en su carrera: “Estoy convencido de que si Diego Maradona no se hubiera cruzado en mi vida yo no habría sido el futbolista que fui. Aprendí mucho de él, me forme a su lado, fue como un hermano mayor para mí, que llegue a Nápoles siendo muy joven. Ese fue uno de los grandes privilegios que me dio el futbol”.

Gianfranco Zola cuando jugaba en el Nápoles con Maradona

Junto al Diego y otros jugadores como Careca, Ciro Ferrara, Luca Fusi y Andrea Carnevale, pusieron al Nápoles nuevamente en la pelea por el Scudetto y tras una intensa lucha con el Milan, se hicieron con el segundo título para la institución; luego de la salida de Maradona en 1991, Zola quedó como el referente y el generador de juego del equipo, y aunque quedó lejos del nivel del Maradona, Zola cumplió con la misión, ganándose el llamado a la selección italiana, con la que debutó en el 1991. Su nivel iba en aumento, pero el Nápoles iba en declive, por lo que fue traspasado al Parma en 1993, formando una dupla fantástica con el colombiano Faustino Asprilla, contribuyendo a que el equipo parmesano ganara una Copa UEFA y una Copa de Italia; sin embargo,  no tenía una buena relación con el técnico Carlo Ancelotti, motivo por el cual salió del equipo en 1996 con destino al Chelsea, en donde le llegaría su consagración definitiva. “Fue un amor a primera vista, ellos se enamoraron de mi modo de jugar y yo del suyo de vivir”, declaró.

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Con Ruud Gullit como entrenador, el Chelsea comenzó una transformación que lo llevó a ganar la FA Cup en su primera temporada: su talento le sirvió para ser nombrado mejor futbolista de la Premier en 1997, siendo el resultado de lo bien que se encontraba fuera de la cancha: “Italia era un estrés y en Inglaterra se vivían los partidos como un acontecimiento deportivo. Me encantaba poder llegar al estadio en mi propio coche tres horas antes, poder salir y ver como los aficionados rivales charlaban tranquilamente. Supongo que los aficionados apreciaban de mí que era un jugador distinto”.

Gianfranco Zola el día de su presentación con el Chelsea

Su talento estaba en su máxima expresión y ello se vio reflejado en la temporada siguiente, cuando ganó una Recopa de Europa, una Supercopa y una Football League Cup; Gianfranco Zola era el líder deportivo de un Chelsea que además de ganar títulos gustaba por su buen juego: “Gullit fue un entrenador magnifico. Le gustaba mucho el juego de equipo y dejaba absoluta libertad de expresión al futbolista. De ahí que nos bautizaran como Sexy Chelsea por el atractivo juego”. Gullit se fue del equipo en 1998 y llegó  Gianluca Vialli, entrenador que como buen italiano priorizó lo defensivo, aunque dejó a su  compatriota en libertad para armar juego, siendo el futbolista más importante del club.

Goles, regates y magia estuvieron al servicio del equipo londinense durante 7 años, hasta el 2003, cuando la llegada de Roman Abramovich resultó en un profundo cambio para el equipo, y a pesar de que el nuevo dueño le pidió continuar, el decidió cumplir su sueño de infancia y jugar con el equipo de sus amores, el Cagliari: “Me pudo más el corazón que la cabeza. Deje escapar la oportunidad de jugar en Champions y el dinero que me ofreció Abramovich, pero siempre tuve el sueño de jugar en el equipo de mi tierra, al que ayude a que volviera a la Serie A y acabar mi carrera con ellos arriba. Fue una emoción enorme que no se paga con dinero, fue un sueño hecho realidad”.

Poco antes de que se fuera del Chelsea, la afición lo eligió como el mejor jugador en la historia del club; sin duda fue un reconocimiento más que merecido para un jugador diferente: “Yo era un jugador extrovertido, que en muchos momentos entendía el futbol de forma distinta. Me gustaba arriesgar, hacer algo inusual, algo que nadie se esperaba”, sentencia que describe de la mejor forma a un auténtico mago del balón.