Helmut y Hertha, una verdadera historia de amor

Ayer fue el día del amor, San Valentín y esas cosas. Hoy le vamos a contar un caso de verdadero amor de un hincha a su club. Un amor que supero una de las más absurdas divisiones del hombre y que traspasó uno de los muros más infames de la humanidad.

1954  es el año en que el amor por Hertha BSC encontró un lugar en el corazón de Helmut Klopfleisch. Su padre lo llevó al estadio, el entrañable recinto del barrio Wedding. En el futuro, debería convertirse en el asiento habitual del pequeño Helmut, porque el amor por Hertha nunca lo dejó ir. Aunque estaba inscrito en el equipo juvenil de los blanquiazules en este momento, no era suficientemente bueno para jugar, pero donde quiera que jugaran los berlineses, Helmut estaba allí, hasta el 13 de agosto de 1961.

Ese día, se inicia la construcción del muro que tuvo cinco metros de altura, coronado por alambre de espino electrificado y vigilado por torretas con guardias y ametralladoras. En sus cercanías se colocaron minas antipersona y se extendió a más de 120 kilómetros dividiendo Berlín en dos, una parte para la República Federal Alemana y la otra  para la República Democrática Alemana. El Muro de Berlín fue uno de los grandes símbolos de la Guerra Fría.

El shock se pudo compensar los primeros años de la sepación pues el Stadion am Gesundbrunnen conocido cariñosamente “Plumpe” (gordinflón) quedaba a unos pocos metros del Muro. Helmut y amigos se congregaban y podían tomar la señal de radio. Aparte, que los gritos de gol, falta o lamentos en masa se podían oír claramente. Fútbol a ciegas, pero fútbol al fin.

Pero, a los dos años, en 1963, Hertha se mudó hacia un extremo de la ciudad, al Olympiastadion, su sede hasta hoy. El golpe más duro que ha sufrido en su sentimiento deportivo.

El año pasado, en el aniversario 30 de la reunificación alemana, Hertha incluyó la historia de Helmut entre sus homenajes

Alegría del otro lado

Esta pasión no pasó desapercibida para el Ministerio de Seguridad del Estado o la Stasi, pero Klopfleisch logró engañar repetidamente al gobierno. Personalidades del fútbol alemán como Uwe Klimaschefski o Erich «Ete» Beer visitaron a la familia en el Berlin comunista. Con el pretexto de un grupo de apuestas, Helmut Klopfleisch organizó un club de fans en Berlín Oriental, invita a jugadores y oficiales a fiestas de Navidad e incluso paga una cuota de membresía simbólica al Hertha través de un intermediario. ¡Con lo miserable que era un sueldo en comunismo!

Helmut de corazón anticomunista, recuerda como su abuelo perdió su panadería a manos de los burócratas de la Alemania Oriental, cuando se instaló, por considerarlo capitalista. Vaya mala suerte quedar de ese lado del muro. Y sin su Hertha.

El noble aficionado se las arregló para  una  vez ver a su equipo y a los equipos de Alemania Occidental  cuando en competiciones europeas le tocaba jugar en los “países hermanos” de la Europa Oriental y Comunista. Pudo conseguir salvoconductos y auparlos.

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“Yo era aficionado del Hertha, sí. Pero también del Bayern Múnich, de todo lo que le llevara la contraria a la Alemania Oriental. Si un equipo de la RDA jugaba con Aston Villa, Aston Villa era mi equipo”, confesó.

En 1981, la familia Klopfleisch esperaba a visitantes de alto perfil. Fritz Scherer, presidente del FC Bayern de Múnich en ese momento, cruzó la frontera interior alemana. En su equipaje tiene un regalo para el hijo de Helmut: una camiseta de Karl-Heinz Rummenigge. “Rummenigge en realidad quería dejarlo después de un partido, pero eso nos lo hubieran quitado. Scherer luego nos prometió la camisa y se la puso debajo de la chaqueta. La imagen de cómo se desnuda en nuestro pasillo todavía está en mi cabeza”, dijo Klopfleisch, riendo, en una entrevista.

Como disidente, Klopfleisch luchó por encontrar trabajo en Alemania Oriental. Terminó limpiando baños, aunque luego fue electricista. En 1986, él, su esposa y su hijo solicitaron emigrar. Su amada casa de verano, donde veían fútbol occidental en la televisión por la cercanía a la otra Alemia, fue confiscada y luego entregada a un agente de la Stasi. Por eso mismo, por ver fútbol occidental. Y por supuesto, su Hertha.

Helmut, en un homenaje por parte del Hertha hace cuatro años

Huye y sé feliz

A principios de 1989, las autoridades le dijeron repentinamente a Klopfleisch y otros disidentes que emigraran de inmediato. Pidió quedarse unos días más: a su madre enferma le quedaban pocas horas de vida. La Stasi respondió: “Unas pocas horas, lo sabemos. O te vas hoy o nunca”. Él se fue, ella murió y no se le permitió regresar al funeral. Eso todavía le duele.

Vivió con su familia en un campo de refugiados mientras colapsaba la farsa comunista de la Alemania Oriental. Mitigaba el dolor con poder asistir (por fin) a su querido estadio, a aupar a su equipo.

El muro cayó en noviembre de 1989 y al siguiente partido del Hertha, el estadio se llenó con 55.000 personas aun estando en segunda división y tras años de haber coqueteado con la quiebra. Verdaderamente, todo Berlín, este y oeste, fueron a ver al Hertha. Fue el primer reencuentro verdadero de la capital alemana.

Lo último que sabemos de este hincha de 72 años es que disfruta viajar, cada vez que puede. Es feliz, con la libertad, con la alegría de poder ir a ver a su equipo. Disfruta los reportajes y entrevistas que le realizan, pero aún tiene la molestia de que no se hizo justicia. Los que esclavizaron y sometieron a toda una nación siguieron libres, algunos murieron tranquilos en una cama.