Hristo Stoichkov, el goleador indomable
El búlgaro llevó el término ‘goleador’ a otro nivel.

“Me agarraba a golpes con todos, jamás me dejé intimidar sin que importara el tamaño de mis contrarios. Desde pequeño demostré que tenía capacidad, que no me iba a dejar pisotear por nadie», se lee en la autobiografía del mejor futbolista en la historia de Bulgaria. Hristo Stoichkov nació el 8 de febrero de 1966, desde entonces, se planteó como única meta, demostrarle al mundo lo grandioso que un futbolista búlgaro podría llegar a ser.

Explosivo, emprendió cada batalla orgulloso de su principal arma: El carácter. El espíritu de combate se convirtió en su pan de cada día; Hristo apeló siempre a las vísceras para encaminarse hacia el triunfo. Lejos de la exquisitez de los técnicamente dotados, el de Bulgaria apostó siempre por la fuerza, tanto física como moral, para convertirse en una leyenda.

Nació y creció en el poblado de Plovdiv (Bulgaria); a los 18 años se mudó a la ciudad de Sofía, donde comprendió la importancia de jugar para los más grandes. Ganó y compartió la Bota de Oro con Hugo Sánchez en 1990. Un total de 38 goles en 30 partidos le valió fichar por el Futbol Club Barcelona. En la tierra blaugrana forjó su historia en medio de escándalos y anotaciones, se convirtió en el corazón catalán durante cinco años consecutivos.

«En este equipo sobran buenas personas y falta mala leche», rezaba Johann Cruyff, en ese entonces entrenador del cuadro culé. Semanas después, a petición expresa del holandés, llegaría al Camp Nou un casi desconocido Hristo Stoichkov, frío búlgaro con pinta de villano que enamoraría a la tribuna con base en goles y coraje, ingrediente necesario para pensar en campeonatos.

La ‘mala leche’ de Hristo no tardó en hacerse evidente; con menos de un año en Barcelona, en diciembre de 1990, Stoichkov pisó intencionalmente al árbitro Urizar Azpitarte luego de ser expulsado por reclamar airadamente. Al minuto 40′ del partido de Copa del Rey entre Real Madrid y Barcelona, el colegiado decidió no sancionar una falta cometida sobre el internacional búlgaro; el eterno camisa 8 perdió los estribos y agredió al silbante. La consecuencia: seis meses de suspensión.

Totalmente convencido de sus ambiciones, Hristo volvió al césped con más fuerza. La UEFA Champions League de la 1991-1992 lo encumbró a la fama, le consagró como un grande y le premió la actitud ganadora. Luego de 120 minutos de tensión, conquistó la «Orejona» a costa de la Sampdoria italiana. Se mantuvo combativo durante los minutos reglamentarios y ambos tiempos extra; la ambición, como siempre, se antepuso a la fatiga.

«Miré a un costado del palco, donde estaban los dirigentes de la UEFA, con toda la casta del mundo, pegué un grito que me salió de lo más profundo de las entrañas: ¡Ya lo ven, un búlgaro tiene la Copa de Europa!», relata con orgullo. Dos años después, el mismo búlgaro se convertiría en el máximo goleador de la Copa Mundial de 1994, se llevaría el Balón de Oro del mismo año y todo gracias a su indomable carácter.

El guerrero de Bulgaria colgaría las botas en 2004, 20 años después de su debut y a una década de su clímax deportivo. Se llevó consigo su eterno número 8, aquel que vestiría desde niño en conmemoración a su fecha de nacimiento. Acumuló 234 goles, siempre celebrando con júbilo y pasión, ingrediente secreto de sus más dulces victorias. «Siempre demostré que quería ser el mejor”, dijo tras el retiro; lo dejó en claro durante 90 minutos y 7300 días de profesionalismo.

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