Recordamos la final del Mundial de 1998. Los personajes son niños, son ficticios. Excepto uno.

João:

Sonriente como siempre a pesar de los problemas económicos que vivía Brasil a finales del siglo pasado, a ésta criança carioca solo le interesaba dominar el balón en la playa de Botafogo con el atardecer de fondo, hacer sus deberes y seguir a su querida verdeamarelha por televisión. Su niñez no le hacía comprender que el legendario Mario “Lobo” Zagallo había dejado fuera al mejor jugador del campeón de 1994: Romario. Joãozinho solo tenía ojos para el fenómeno Ronaldo que dirigía las riendas de áquel Scratch du Oro. En las hojas limpias de su cuaderno escolar anotó los nombres de Cafú, Roberto Carlos y Rivaldo que eran grandes en Europa, pero no se olvidó de Taffarel del Atlético Mineiro, Dunga de un equipo raro japonés (Jubilo Iwata), Aldair de la Roma, Leonardo del AC Milán y unos prometedores Emerson del Bayer Leverkusen y Denilson del Sao Paulo. Aun así su mayor esperanza estaba en Bebeto, jugador de su amado Botafogo de Rio de Janeiro.

No sé perdió ningún partido, los goles de Cesar Sampaio y Cafú en la victoria frente a Escocia, la goleada contra Marruecos gracias a Bebeto, Rivaldo y Ronaldo y la aparición otra vez de su gran ídolo frente a la Noruega de Solksjaer y Tore Andre Flo (aunque terminaron perdiendo). Ya en octavos celebró la goliza 4 a 1 que le propinaron a la selección chilena de Marcelo Salas y Bam-Bam Zamorano para después gritar de la emoción en el partido de cuartos frente a la Dinamarca de los Laudrup y Schmeichel, pasar a semifinales y eliminar a la Holanda de Hiddink y Kluivert en tanda de penales. Dos finales consecutivas – No está mal – pensaba João.

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Jean Pierre:

El pequeño no se imaginaba todo el movimiento que iba a haber en su país con la cita mundialista del ’98. Desde las playas de Marsella se contagió totalmente con la pasión mundialista y junto con su padre se pintaba la cara con los colores de la bandera que da origen al lema Liberté, égalité et fraternité. La nación francesa tenía esperanzas en un equipo multicultural, el pequeño Jean Pierre ya había investigado quienes conformaban aquella legión francesa: Barthez el portero del Mónaco, el vasco Bixente Lizarazu (Bayern Munich), su ídolo Laurent Blanc (Olympique de Marseille), Youri Djorkaeff (Inter de Milan), Didier Deschamps (Juventus), Lilian Thuram (Parma), Karembeu (Real Madrid), los jóvenes Thierry Henry y David Trezeguet del Mónaco pero sobretodo alguien que llamaba mucho su atención, el descendiente de argelinos Zinedine Zidane el jugador de la Juventus que desplegaba en el campo una elegancia única para esas épocas. Verlo jugar enchinaba la piel y emocionaba  a Jean Pierre y a todo el mundo del futbol.

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Al igual que João, solo que desde una playa del Mediterráneo le petite enfant  vio como Les Bleus ganaron todos sus partidos de fase de grupos. Goliza a Sudáfrica, goleada a Arabia Saudita con expulsión de Zidane incluída – ¿En que estaba pensando ese árbitro mexicano? – y la victoria relajada frente a Dinamarca. Jean Pierre sintió que el mundo se derrumbaba cuando la selcción paraguaya de Chilavert casi mata sus ilusiones y solo el gol de oro de Blanc (el ídolo de Marsella) pudo salvar la noche, en cuartos de final se dio cuenta porque a Roberto Baggio le apodaban Il Divino y aprendió a sufrir y a valorar a aquel portero calvo que volvió a salvar a los franceses ahora en la tanda de penales. Ya sin uñas en los dedos, vio como en semifinales un sorprendente equipo croata comandado por Davor Suker solo pudo sucumbir ante los goles del moreno Lilian Thuram. Francia estaba en una final mundial por primera vez en su historia – Suis-je en train de rêver? – le dijo el pequeño Jean Pierre a su padre.

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Paco:

En un pequeño pueblo del estado de Hidalgo, en México el chamaco cursaba la educación secundaria y su maestro de química ponía los partidos del TRI donde gritó y festejó con los brazos extendidos los goles de Cuauhtémoc Blanco frente a Bélgica y “Matador” Hernández en el partido contra la siempre poderosa Naranja Mecánica. ¡¡Goooooooool!! Gritaban un Orvañanos más que emocionado y un afónico Hugo Sánchez, sin embargo sintió el mismo sentimiento de pérdida ya común en el mexicano de esos años cuando Alemania fue Alemania y México jugó como México – Los teníamos en las cuerdas, siempre es lo mismo – pensó desde su pupitre de la escuela. En fin, aquella final galo-amazónica la vio con el ojo clínico de un niño de 13 años. Ronaldo contra Zidane, choque de titanes. Aquel 12 de julio de 1998 los brasileños sucumbieron ante una Francia excelsa, casi perfecta y fueron goleados gracias a par de cabezazos del Napoleón conquistador del futbol francés, aquel «Zizou» y Emanuel Petit, el jugador del Arsenal; sorprendentemete O Fenômeno estuvo apagado durante todo el partido. Esa noche aparte del televisor de Paco, había otros dos encendidos en diferentes playas; uno fue apagado con lágrimas, decepción y esperanza de alguna revancha, el otro quedó encendido para siempre en la mente del niño del Mediterráneo, la locura total ¡Francia campeón del Mundo!