Los últimos instantes de los «Magníficos Magiares», el equipo húngaro de oro

 

El 23 de septiembre de 1956, se dieron cita 102.000 personas en el Estadio Central Lenin de Moscú. La selección de URSS, representando la “Madrepatria”, recibía a la selección de Hungría, esa que tanto dio de que hablar, esa que perdió la final del mundial de 1954. Y esa, que al final de cuentas representaba un estado tutelado del Soyúz Sovétskikh.

Más allá que este grupo fue conocido por occidente como los “Magníficos Magiares”, un país comunista no debería significar mayor lata para la siempre grande Unión Soviética. Y más, si nunca, como URSS,  había perdido en Moscú.

Esa tarde domingo fue distinto. A Zoltán Czibor, atacante de este inolvidable equipo, se le dio la brillante oportunidad de marcar gol al 16. Y en el resto del partido, según cuentan las crónicas, Hungría tuvo un orden defensivo impecable  y no se negó a atacar. En sus años de existencia, la URSS perdía su primer partido en Moscú. En el estadio de Lenín.

Casualidad o no, al mes siguiente explotó la Revolución Húngara.  Wikipedia la define como “un movimiento revolucionario espontáneo de alcance nacional contra el gobierno de la República Popular de Hungría y sus políticas impuestas desde la Unión Soviética”.

Muchos argumentan que ese partido fue una chispa más para animar al pueblo, harto de los desmanes del comunismo, de rebelarse contra un destino de hambre y opresión teledirigida desde el Kremlin. No en vano, un país satélite de la URRS fue el primero en romper la cortina de hierro en el invicto rojo de local en el fútbol. Y fue Hungría, la de ese histórico triunfos, más allá que era un amistoso.

El Aranycsapat o “Equipo de Oro”, como era conocido en su propio país asomaba sus últimos minutos en cancha. Aunque en octubre disputó y ganó un par de amistoso más ante Francia y Austria, el destino de uno de los equipos más grandes de la historia parecía sellado por el destino.

Medalla de oro, en Helsinki 1952

Una era verdaderamente dorada

Hungría juntó en los años 50 una generación inolvidable de grandiosos talentos:, Nándor Hidegkuti, Ferenc Szusza, József Bozsik, Gyula Grosics y Zoltán Czibor… más dos que se hicieron eternos más adelante en Real Madrid y Barcelona:  Ferenc Puskás y Sándor Kocsis.

Este equipo, dirigido por Gustav Sebes, fue quien dio la idea originaria del Fútbol Total, popularizado luego por la Holanda de Cruyff. Se jugaba con un  4-2-4, donde todos atacaban y defendían con intensidad. Los ataques eran endemoniados, porque sumaban más hombres de los que los defensas pudieran soportar. Y al defender, los regresos eran efectivos. Una máquina deslumbrante.

Esta aplanadora conquistó un gran título y se quedó a puertas de otro mayor. La gloria comenzó en los Juegos Olímpicos Helsinki de 1952. Aunque no todo arrancó bien: Si bien Sebes siempre había demostrado fidelidad al Partido Comunista, recibió un mensaje muy duro de parte de las altas esferas del gobierno previo al arranque de los juegos: “No toleraremos el fracaso. De ser así, usted y sus dirigidos tendrán consecuencias funestas”.

Sebes dijo en una entrevista  “aunque sentí salir el alma de mi cuerpo, nunca se lo dije a los jugadores”. En un momento de la historia del bloque comunista, cuando temían que un equipo o atleta pudiera fracasar en una competición, sencillamente no lo enviaban. Y con Hungría había muchas dudas.

Pero pasó todo lo contrario: Arrancaron bien venciendo 2-1 a Rumania. Luego, vencieron a la campeona Mundial, Italia, 3-0. Y vinieron los goles: 7-1 sobre Turquía, 6-0 sobre Suecia y en la medalla de Oro, 3-0 sobre Yugoslavia. La máquina se mostró al mundo.

Y el invicto siguió por varios partidos más. Inglaterra, que quería testear la popularidad de este equipo, lo invitó a Wembley en 1953 a un amistoso. En un hermoso espectáculo, ganaron los húngaros 3-6. Los ingleses, querían venganza y en Budapest fue peor la cosa: 7-1.

Todos querían jugar con los “Magnificients Magyars”, o los “Magic Magyars”, nombres que la prensa anglosajona les inmortalizó ante el mundo luego de las zurras sobre los leones.

Berna, final del Mundial 1954

La única caída

Y así, con fama, con contundencia, con triunfos, entró al Mundial de Suiza en 1954. El ballet magiar arrancó con mucha fuerza: 9-0 endosado a Corea del Sur. Luego, le marcó un 8-3 a Alemania Federal. Siguió con un baile no menor a Brasil, 4-2 y después, despachó 4-2 a Uruguay, el vigente campeón.

No ha existido un camino tan contundente de equipo alguno en un Mundial, pero todo llega a su fin. Alemania Occidental, ese mismo que recibió ocho goles, sacó de abajo un 2-0, venció y se coronó campeón del mundo al triunfar 3-2. El improbable resultado fue llamado “El Milagro de Berna”.

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Hubo dos factores importantes para la caída del invicto del Aranycsapat. Primero, su gran figura, Puskas,  regresó para la final sin haberse recuperado de la lesión en el tobillo que le había apartado de los partidos de cuartos y semifinales.

Lo otro, Adidas. Sí, Adidas. En un campo fangoso y bajo un torrencial aguacero, los alemanes estrenaron el sistema de tacos recambiables que inventó su compatriota Adi Dassler. En ese aspecto, ganaron en el duelo de resbalones. A pocos años del fin de la Segunda Guerra Mundial, el primer título alemán significó un aire fresco de reconstrucción.

Adiós, mágicos

Aún así, Hungría dejó una marca imborrable para el fútbol: 27 goles en un Mundial, no superado por nadie.Y el goleador fue Sandor Kocsis, con 11.  Luego de esa final, siguieron 18 partidos invictos más. Antes de la caída en Berna, eran 24 duelos sin caer.

Pero, la historia de esta generación húngara va unida a la del Honved, un gran club que merece una nota entera aparte. En ese  Honved, que de igual manera maravilló a Europa  y el mundo, el director también era Gustav Sebes.  Y los seleccionados Puskas, Kocsis, Czibor, Boszik y Kotasz, por solo mencionar a los titulares regulares, militaban en paralelo en otro ballet húngaro.

El 22 de octubre explotó la Revolución Húngara y este lío, le pilló al Honved  en medio de los octavos de final (era la primera ronda) de la Copa de Campeones (hoy Champions). La ida debía ser en Budapest el 7 de noviembre y la vuelta el 22 de ese mes contra el Athletic Club de Bilbao. No se pudo disputar el partido de ida por los fuertes enfrentamientos. E inmediatamente, con varias paradas en Bélgica y Francia, este equipo dejó a su familia atrás y emprendió rumbo a Bilbao, con la esperanza de que todo mejorara.

Pero no fue así. La Unión Soviética para apoyar al Partido Comunista Húngaro envío una enorme cantidad de tropas para aplastar a la rebelión. Tanques, soldados, bombardeos. La genuina sublevación popular fue extinta el 10 de noviembre. Más de 2500 húngaros y 722 soldados soviéticos habían muerto y miles más estaban heridos

La tensión no cesó y vía Hendaya (Vascongadas Francesas), el Honved entró a Bilbao en tren el 19 de noviembre. Con la cabeza en Hungría, el poderoso Honved no pudó con el Athletic y cayó 3-2 en San Mamés.

Honved y el Athletic Bilbao, en San Mamés

Mientras se resolvía el partido pendiente de ida, Honved disputó amistosos con un combinado mixto entre Atlético y Real Madrid (de Di Stefano, Gento) y fue un maravilloso espectáculo de un 5-5. Luego, se determinó que la vuelta debía jugarse el 20 de diciembre en Bruselas. Honved no podía regresar a casa. Así que siguieron los amistosos entre ellos un 4-1 al Barcelona. Usted supone bien: luego de estos juegos, el futuro de Kocsis y Puskas estaba resuelto.

Mientras, la paz en Hungría no llegaba. La cosa empeoraba por los enfrentamientos entre los obreros húngaros y las tropas de ocupación. Y los amistosos, seguían, entre ellos otro match ante un combinado del Betis y Sevilla, que también ganaron los húngaros.

La vuelta se dio y finalmente avanzó el Athletic, con un 3-3. Estaban ganando los vascos 3-1 y poco le faltó al Honved para dar la vuelta completa.

Aún sin poder volver al país y sin nada oficial que hacer, Honved se lanzó a una gira por Sudamérica, en la que destacó un espectacular  juego ante Flamengo en el Maracaná  en 1957 ante  90.000 espectadores, incluyendo al presidente brasileño. Fue un 6-4 a favor del local. Pero todos amaban a los húngaros, que lograron tener algunos familiares a su lado.

URSS movió sus hilos. Presionó, con la fachada de Hungría, para que Honved regresara. La FIFA amenazó incluso a Brasil que no participaría en el Mundial de 1958 si no paraban los amistosos (vaya, nos hubiésemos perdido al gran Pelé). Y los jugadores, enfrentaban dos años de sanción si no regresaban a su país. Muchos de ellos prefirieron eso. Dos años después, Puskas era selección española y del Real Madrid y al frente, en Barcelona, sus amigos Czibor y  Kocsis. De repente, el sueño magiar había terminado.

Puskas del Madrid y otro húngaro, que aunque no fue del histórico Equipo de Oro, fue ídolo del Barcelona: Ladislao Kubala

En 1981, Puskas por fin pudo regresar a su país, tras más de tres décadas de peregrinar. “¿Qué hubiese sido de nuestra selección, de nuestro Honved si nada de esto hubiera pasado?”, dijo. Los historiadores del fútbol se preguntan lo mismo.