Luis Aragonés

“¿Lo han entendido? ¿Sí? Pues esto, esto (golpeando la pizarra), no vale para nada. Lo que vale es que ustedes son mejores y que estoy hasta los huevos de perder con estos, en este campo. Son el Atlético de Madrid y hay 50000 dentro que van a morir por ustedes. Por ellos, por la camiseta, por su orgullo, hay que salir y decir en el campo que sólo hay un campeón y va de rojo y blanco.” Previo a la final de la Copa del Rey de 1992, que ganaron 2-0 al Real Madrid en el Bernabéu.

Hoy Hortaleza no existe más que en el recuerdo de viejos que pasaron su infancia ahí, es sólo es un eco que se escucha entre memorias sueltas. Y sería mucho menos que eso de no ser por que ahí nació el Sabio que glorificó al Atlético de Madrid y revolucionó la historia de la Furia Roja.

Luis Aragonés nació el 28 de Julio de 1938, a los catorce años perdería a su padre y sería el responsable de una familia de diez hermanos, la adversidad nunca le sería indiferente. Comenzó a jugar desde los 19 años, y pasó por infinidad de equipos antes de encontrar a su verdadero amor. Demasiado irreverente para el Getafe, demasiado inconforme para el Real Madrid y demasiado genial para el Betis. El día que fichó para el Atlético de Madrid, en 1964, encontró a su equipo ideal, y el Atlético encontró a su hombre ideal.

Para ser del Atlético se necesita algo especial, se necesita pelear contra la adversidad, cierta dosis de odio y una personalidad férrea, ingredientes que no puedes comparar en la tienda, por algo al Atlético le han faltado referentes. Zapatones, cómo lo bautizó un periodista amigo suyo, tenía todo eso y lo aderezaba con una magia propia a la hora de jugar futbol.

Aragonés hizo su carrera como un interior por derecha, un mediocampista con vocación ofensiva que se especializó en cobrar con precisión los tiros libres. Anotó 172 goles en 372 apariciones con la playera del Atlético, incluido un golazo de tiro libre en la final de la Champions de 1974 que llenó de esperanza a todos los colchoneros. Ese fue su último gol como profesional. Una estampa de Luis celebrando antes de que la pelota cayera, un grito que significó esperanza. Un prodigio inútil de esos que engrandecen al futbol.

Pocos hombres pueden decir que ganaron tanto cómo él en la historia del Atlético, se llevó en la cancha tres ligas de España, un Pichici en 1970 y dos Copas del Rey en 10 años vestido de rojo y blanco. Pero aún tendría mucho que legarle al Atlético de Madrid y al futbol en general.

Inmediatamente después de retirarse como jugador, Vicente Calderón le ofreció el puesto de entrenador. El Sabio de Hortaleza no tuvo miedo y aceptó el reto de dirigir al equipo de sus amores. En su primera etapa como entrenador le dio al Atlético el título de la Interamericana (máximo título internacional del Atlético de Madrid), le dio otra Copa del Rey y otra Liga en seis años al mando del club.

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Luego fue un vagabundo del futbol español, pasó por Betis, fue uno de tantos que ganó una copa del Rey para el Barcelona, estuvo en el Espanyol, en el Sevilla, en el Oviedo, hasta en el Mallorca. Pero siempre hubo un magnetismo a dirigir los colores rojiblancos, no podía pasar más de cinco años alejado de su Manzanares, de su Madrid, de su Atlético, de esa pasión que representa ser colchonero. Sólo en el Atlético era feliz con su pasión y su forma tan hosca de ser, y ahí ganó otras dos copas del Rey (1985 y 1992). Además de darle en 1985 la primer Súper Copa de España al equipo “pequeño” de Madrid. Cuando la desgracia hizo descender al Atlético, ¿Saben quién los regresó a Primera? Exacto, fue Luis Aragonés.

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El Abuelo siempre fue bastante brutal, honesto, malhablado, agresivo, prejuicioso, hosco y oscuro. Un hombre orgulloso que gustaba de tener la razón y gustaba de encarar los retos. Cuando le ofrecieron llevar a la selección española al éxito internacional, volvió a aceptar.

Fracasó en 2006 eliminado en octavos por la Francia magistral de Zidane, pero no renunció y buscó la manera de hacer que la banda de holgazanes que tenía por seleccionados hicieran algo con sus malditas vidas de una vez por todas. Exilió de la selección al Ángel de Madrid, por que el Sabio no estaba para esperar milagros angelicales. Sacó de su confortable mediocridad a Xavi, Cazorla, y Capdevila. Le quitó por un tiempo lo imbécil a Sergio Ramos. Les regresó la motivación a Casillas, Alonso y Puyol. Se arriesgó con Senna y con Marchena, que remplazaron a Albelda y a Salgado. Le legó todo el peso del ominoso 7 a Villa y lo convirtió en el máximo goleador histórico de la selección. Tomó al Niño nacido en Manzanares, a su hermano de pasión, y lo convirtió en la Torre que soportaría todas las leyendas que escribiría esa selección. En el camino descubriría a inamovibles de la selección como David Silva, Cesc Fábregas y Andrés Iniesta.

El genio rojiblanco que comenzaría la revolución de la Furia Roja, España se daría cuenta que el mediocampo es la clave del futbol y por los siguientes años sería el equipo a vencer. Sólo un hombre nacido para la adversidad, un hombre forjado en el hierro ardiente colchonero, podría romper la maldición de España y los cuartos de final. Vicente Del Bosque se vistió de héroe matando dragones con la espada y la armadura que forjó Luis Aragonés.

Dejó de entrenar en Turquía, pero nunca anunció un retiro definitivo. Esperaba que alguien le marcara para volver a ponerse los pants y gritar ordenes desde la línea de banda, volver a estudiar parados y volver a buscar victorias imposibles. A Luis Aragonés sólo la muerte podría retirarlo del futbol.

Murió hace un año y nueve días, desde entonces su “Aleti” fue campeón de liga, campeón de SuperCopa y finalista en Champions. Su espíritu sigue alentando todas las tardes en el Calderón. Nadie en toda la historia rojiblanca es recordado con más cariño

Hortaleza sigue existiendo por que Luis ahí nació. El Atlético es lo que es ahora por que Aragonés lo creó.

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