Hoy hablamos de Marco Etcheverry, El Diablo, sin más.

marco etcheverry

Es común ver en la antroponimia futbolística que a los jugadores se les rebautice en la cancha con un nombre ligado a lo divino, a lo celestial, a lo luminoso. El Ángel de Madrid, El Divino (Desde Baggio hasta Gaytan), D10S, La Saeta Rubia, El Santo de España, etcétera. El ser humano siempre prefiere estar del lado luminoso de las cosas, porque se siente a salvo en la divinidad, en la bondad y en la calma.

Pero mientras más nos adentremos entre los pueblos marginados y demacrados, nos damos cuenta que existe la veneración a otras deidades. Algunos, cansados de las omisiones de su Dios, comienzan a buscar otra fuerza superior que les vaya cumpliendo sus milagros. Se entregan a la muerte, al alcohol, a un hombre, a dioses prehispánicos, voltean hacia el budismo, y en los casos más extremos, llegan a alabar al mismísimo Diablo.

Bolivia, lugar de montañas, con decenas de culturas coexistentes, tierra llena de indígenas donde al mismo tiempo la discriminación racial suele ser pan de cada día, es una tierra difícil. Bolivia es uno de los dos países de América que no tiene salida al mar, es un país difícil de comprender y difícil para vivir. El sol quema como en el mismo purgatorio, la altitud crea a los turistas mareos infernales, las constante vejaciones que sufrió por cientos de años (del clima, de los españoles, los paraguayos y de los militares), convirtieron a éste en un país pobre, lleno de miseria y con pocas esperanzas, en un pueblo que fue olvidado por los cielos, es común que se busque el auxilio en algo más mundano.

Marco Antonio Etcheverry Vargas nació el 26 de septiembre de 1970 en Santa Cruz, una ciudad con sobrepoblación donde la pobreza se respiraba en varias colonias. Desafió al mundo usando la izquierda cuando todos usaban la diestra, y desde niño engatusó a todos con sus virtudes sobrehumanas. Un toque privilegiado, una visión de campo envidiable y una habilidad para engañar tremenda. Además tenía un cuerpo engañoso, con 1.80 parecía muy alto y lento para ser tan hábil, pero a la hora de agarrar el balón, como si estuviera poseído, comenzaba a dejar rivales parados, a tocar con el tacón, y a dar zancadas que le daban una velocidad endiablada.

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Desde joven llamó la atención por las múltiples mentiras que hacía con sus piernas, parecía que iba a un lado, pero la verdad es que iba al otro, siempre anunciaba algo y terminaba haciendo otra cosa. La tribuna siempre se verá encantada por los jugadores gambeteros, irreverentes, que prefieren burlarse del rival mil veces antes de anotar mil goles. Etcheverry desde los 16 años comenzó a ganarse un nombre, a ser una deidad, la deidad de los marginados, de los olvidados, de los individuos sin esperanza que abundaban en la Bolivia víctima de la inflación y del estaño.

Etcheverry guió a Bolivia al primer lugar del campeonato sudamericano sub 16 en 1986, además de jugar para Bolivia en los primeros dos mundiales de la especialidad. Pasó del humilde Destroyers (sí, así se llama el equipo) al popular y grandioso Bolívar. En el más grande de Bolivia demostró todas las cualidades que debe tener un 10, gambeteo, visión de campo, descaro, toque privilegiado de balón y actitud bohemia. En 1991 conoció lo que significa ser campeón en casa, y se llevó el título de Bolivia con el Bolívar.

A sus 21 años cruzó el mar para cumplir el sueño de los hombres y jugar en Europa, tuvo un año en Albacete, dónde demostró su calidad, pero hay gradas que no se dejan encantar por la magia oscura que representan las gambetas a lo ancho de la cancha, los encantos del demonio no entran en algunos remilgados que creen que el futbol se trata sólo de goles. En Colo Colo jugó desde el 93’ hasta el 95’, y ganó una liga y una Copa.

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En Bolivia encontró el lugar perfecto para hacer sus maldades, robándose cámara en las eliminatorias mundialistas. Fue él, y no algún ángel, el que logró abrir el camino para la primera derrota brasileña en eliminatorias. Un centro potente, con maldad y veneno desde su gestación, terminó rebotando de mala manera en Taffarel y clavándose en su arco. El hechizo maligno del diablo fue tan grande que uno de los porteros más condecorados de Brasil terminó anotándose un franco autogol. Un minuto después Peña completaría la catástrofe brasileña, la primer derrota verdeamarelha en eliminatorias estaba consumada. Meses después guiaría a Bolivia hasta la clasificación al mundial de Estados Unidos 1994, primero para la verde desde 1950.

Ya en el mundial sería víctima de su condición demoniaca y se entregaría a la Ira. Sufrió una expulsión contra Alemania al minuto 4 de su primer partido, una de las más rápidas por roja directa en la historia. No volvería a pisar la cancha durante ese mundial. Fue egoísta y perezoso y prefirió guardar para después toda su magia y toda la alegría. El precio que pagaron los bolivianos por volver al mundial a través de la carretera del demonio fue la decepción de terminar últimos de grupo con un punto y un gol. Nada es gratis cuando se trata del Diablo.

Pero Etcheverry regresó en 1996 a la tierra en la que decepcionó a Bolivia para fundar la MLS en el DC United. Avaricioso como buen hijo de Satán, prefirió los miles y miles de dólares que ofrecían los gringos a las gradas repletas de Sudamérica. Con obvia vanidad, prefirió ser el principal de una obra propia que recién comenzaba, a ser otro más en la historia de algún equipo enorme del continente.

Etcheverry-DC

Ahí, en la tierra sin escrúpulos que se autodenomina “America”, obviando a los otros 34 países que componen el continente, fue donde el Diablo se convirtió definitivamente en el señor de la pelota. Con el equipo estadounidense jugó 190 juegos, más que ninguno, anotó 34 goles y hasta fue bondadoso con sus compañeros y dio 101 asistencias. Ganó el premio a jugador del año en 1998 y se llevó tres campeonatos de la MLS (1996, 1997, 1999) Uno de la Concacaf (1998) y la interamericana de 1998. Dejó al DC United en 2003, para retirarse definitivamente en el Bolívar en 2004.

Después de decepcionar en 1994, Marco siguió dejando cientos de hermosas pinturas para la selección boliviana. Envidioso del éxito que encumbraba a varios jugadores al hacer algo importante en la Copa América, logró la segunda mejor participación del país en una el torneo de sudamérica, llevándolos con asistencias, gambetas y pases, hasta la mismísima final en 1997 contra Brasil, ligando 5 victorias consecutivas, contra Uruguay, Perú, Venezuela, Colombia y México. Esta brillante actuación se ve sólo opacada por el título que consiguió la verde en 1963. Al final de su carrera jugó 71 partidos con Bolivia y anotó 13 goles. Goles lujuriosos que encendían en los espectadores las pasiones más bajas de humillación y burla.

Curiosamente, quien en la cancha fuera un Demonio que se caracterizó por el engaño, fuera de ella fue un buen tipo, humilde y trabajador, que incluso ayudó en las inferiores de Bolivia. Tal vez resulte que ángeles y demonios pueden convivir en la misma alma, tal vez sresulte que no son tan diferentes.

Los bolivianos se cansaron de pedir a Dios un jugador decente que los hiciera vibrar, enorgullecerse y ser felices de nuevo. Cuando menos se lo esperaban, les mandaron al Diablo para que les hiciera el milagro.