Imagina que, tienes una rutina feliz semanal de alentar a tu amado equipo. Que por suerte divina, la cancha queda a unas pocas cuadras de tu casa y un día, al despertar, aparece de la nada un muro que no solo te separa de tu gran pasión, también te cambia por completo la vida.

Este es el  introito de la historia de Helmut Klopfleisch, posiblemente el aficionado más famoso del Hertha de Berlin. Su historia se hizo popular al ser uno de los capítulos del excepcional libro “Fútbol contra el Enemigo”, en el que Simon Kúper buscaba en unos tempranos 90´s hacer conexión entre fútbol y política.

El 13 de agosto de 1961 la ciudad, y en ella Helmut, amanece dividida en dos por un muro.  De un lado, bajo la administración de la República Federal de Alemania, se erguía la Alemania capitalista de la post guerra, aunque el “Berlín occidental” era solo enclave, más bien una “provocación” de quienes algún momento fueron los aliados. Del otro lado, la Berlin de  República Democrática Alemana, que pareciera el “botín” después de la Segunda Guerra Mundial que le correspondía al mundo comunista.

La tensión viene desde 1949, año en el que fue establecida la RDA en el sector ocupado por la Unión Soviética, cuyo ejercito permaneció en esa parte de Berlín desde que se le dio el golpe mortal al nazismo en verano de 1945. Cuando se determinó que había una “Alemania Socialista”, Helmut tenía un año.

A los 13 años, y viviendo la también agria etapa de la postguerra, se encontró que su gran amor estaba del otro lado de la “Cortina de Hierro”. Sentimientos y familias quedaron separados por el Muro de Berlín,  uno de los principales y más crueles símbolos de la Guerra Fría.

El shock se pudo compensar los primeros años de la sepación pues el Stadion am Gesundbrunnen conocido cariñosamente “Plumpe” quedaba a unos pocos metros del Muro. Helmut y amigos se congregaban y podían tomar la señal de radio. Aparte, que los gritos de gol, falta o lamentos en masa se podían oír claramente. Fútbol a ciegas, pero fútbol al fin.

Pero, a los dos años, en 1963, Hertha se mudó hacia un extremo de la ciudad, al Olympiastadion, su sede hasta hoy. El golpe más duro que ha sufrido en su sentimiento deportivo.

“K. está obsesionado con la Bundesliga”, reza el expediente de la Stasi, la policía secreta de la Alemania Comunista que apiló informes de Helmut. Recordemos que en ese entonces, era delito simpatizar con la cultura “occidental” y su pasión por el Hertha le trajo más de un dolor de cabeza.

En su vida laboral en el lado comunista, trabajó como electricista y limpiador de ventanas. Pero volvamos al tema de su afición. Para solucionar el tema de seguir al Hertha, Helmut y sus amigos hinchas formaron una “peña” secreta. La disfrazaban como un club de bingo y alquilaban salones traseros de cafés una vez al mes para hablar de su club. Como los occidentales podían entrar a la Alemania Oriental (más no los orientales salir), recibieron muchas visitas de jugadores y técnicos del Hertha. “Creo que conocimos a toda la plantilla, pero nunca los vimos jugar”, contó una vez Klopfleisch.

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A sabiendas del peligro que se corría, en la Berlín “capitalista” empezaron a aparecer reportajes y artículos de “un leal grupo de aficionados del Hertha que sigue al equipo a pesar de las dificultades”. Esto fue una alerta para la Stasi.

Burlar a la policía secreta fue  uno de sus principales modos de vida. En esas casi tres décadas, solamente pudo ver una vez al Hertha en un estadio: ante el Lech Poznan en Polonia. Para eludir los controles fronterizos (solo se les permitía desplazarse por el bloque comunista), explicó que su madre era polaca y quería ir a ver la casa donde nació. Sin embargo, la Stasi también añadió este desplazamiento en su informe. “Aprovecha cualquier oportunidad para ver partidos de equipos de la Bundesliga en el extranjero”, dice el expediente.

“Yo era aficionado del Hertha, sí. Pero también del Bayern Múnich, de todo lo que le llevara la contraria a la Alemania Oriental. Si un equipo de la RDA jugaba con Aston Villa, Aston Villa era mi equipo”, confesó.

De hecho, fue a ver al Bayern a Checoslovaquia (de alguna manera, lograba enviar cartas de apoyo a los técnicos de los principales equipos) y tuvo su primer gran encontronazo con la Stasi: sufrió un interrogatorio tan severo que terminó encerrado en una caja “similar a una nevera”, aparte de decomisarle todos los souvenirs futbolísticos comprados.

De espíritu rebelde, Klopfleisch casi la lía grande cuando fue interceptado una esquela en la que le deseaba “Buena suerte” a Alemania Occidental. “¿Cómo se atreve a desearle suerte al enemigo”, le recriminó el agente. “Pues es que nuestra selección da lástima y yo aprecio el buen fútbol”, tuvo la osadía de responder Helmut. “No se cómo salí vivo de esa”, respondió en una entrevista reciente.

En 1986, la RDA decide expulsar a los disidentes. En eso, los Klopfleisch solicitan visado para ir al lado “feliz” del muro. La Stasi escogió el momento más cruel para dejarlos cruzar: en el lecho de muerte de la madre de Helmut. “Es ahora o nunca”, le dijo la policía fronteriza. A los cinco días murió. No le dejaron volver al entierro.

Vivió el primer año en un campo de refugiados y luego se estableció. El muro cayó en noviembre de 1989 y al siguiente partido del Hertha, el estadio se llenó con 55.000 personas aun estando en segunda división y tras años de haber coqueteado con la quiebra. Verdaderamente, todo Berlin, este y oeste, fueron a ver al Hertha. Evidentemente, era el reencuentro de Helmut con el ambiente que vivió de pequeño.

 

¿Fue un final feliz? Pues, no tanto. Como símbolo de enemistad superada, fueron invitados al duelo los directivos de Dinamo Berlín y Unión Berlín, comunistas y jefes de la Stasi. “Casi una vida luchando contra eso y estos del Hertha lo anuncian como si fuera algo para sentirse orgulloso”, dijo Helmut. Al juego siguiente apenas fueron 10 mil personas tras la “gracia”. Helmut dijo ese día que renunciaba a ser socio del equipo. Aunque a los años, tras su popularidad y los homenajes recibidos posteriores a su fama, se reconcilió y va tranquilo al estadio, como debió haber sido siempre.