Roberto Baggio, el rebelde del 'catenaccio'
Roberto Baggio, el rebelde del ‘catenaccio’

 

‘El Divino’ nació en 1967; su futbol le encumbró a un listado de élite. Vistió las tres camisetas más importantes de Italia. Prestó sus servicios a la Juventus, al AC Milán y al Internazionale en ese mismo orden. A nivel de clubes, nunca abandonó su país natal, pero su carrera siempre estará marcada por un infortunio internacional. La Copa Mundial de 1994, su mayor pesadilla.

Desde sus primeros años como profesional se entregó al futbol con la misma pasión que al budismo, la fe que, orgulloso, pregonó en cada una de sus aventuras. «Mi karma es el sufrimiento», declaró una semana antes del capítulo más negro de su carrera; efectivamente, el destino le pagó con la peor manera a un ídolo que se transformó en villano. Hasta el retiro y le torturó en voz de la afición, siempre inconforme. 

Roberto Baggio quedó a once pasos de la gloria y la ciudad de Los Ángeles se convirtió en su purgatorio; lo dicho y hecho en días anteriores al 17 de julio de 1994 fue enviado al olvido. El Rose Bowl enjuició al italiano de la número diez. El delantero se conformó con el subcampeonato mundial tras mandar la redonda a las tribunas. Se convirtió en verdugo de sí mismo y forjó su propio karma, sufrimiento puro.

Con su 1.74 de estatura y amo del futbol vistoso, Il Divino enamoró al mundo del balón; certero en el remate, fue siempre catalogado como un gran goleador, pero su creatividad e ingenio le retrasó metros para desarrollarse como mediapunta. El gigante de la azzurra creció en el estado de Vicenza, rodeado de sus siete hermanos, amó a la redonda con profunda pasión.

Debutó a los 15 años en la Serie B de Italia; luego de tres temporadas, fichó por la Fiorentina, equipo que le lanzó a la fama.Durante 22 años de carrera derrochó clase y talento en cada una de sus encomiendas. Fuera de serie, contrastó siempre con el modelo defensivo del futbol italiano; inyectó esa chispa única de ingenio que, durante dos décadas, fue capaz de cambiar el rumbo de los encuentros decisivos.

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Maestro del tiempo y el espacio, cambiaba el ritmo del partido a su antojo, pero si existe un momento que él desearía modificar, sería su duelo uno a uno frente a Taffarel; el silbatazo del árbitro como condena al fracaso y su golpeo de balón en el penalti decisivo. En 1994, y bajo una rigurosa dictadura de la táctica italiana, guió junto a Paolo Maldini y Franco Baresi a una selección italiana de futbol destructivo, capaz de todo para nulificar al rival.

Ni su rivalidad con el entrenador en turno, Arrigo Sacchi, le impidió demostrar lo mejor de su talento en la segunda ronda de la Copa Mundial. Para el seleccionador, un artista italiano no tenía cabida en un equipo de disciplinados guerrilleros;  la figura del ‘Divino’ fue capaz de sobrepasar la autoridad de su entrenador. Aún incomprendido por los puristas de la táctica, impulsó a su Italia a el punto climático de cualquier título en disputa.

Roberto Baggio se rebeló del ‘catenaccio’ y al final valió la pena; un tiro penal le alejó del firmamento, pero le añadió dramatismo a una historia de éxito, igual que su futbol, fuera de lo común. El alguna vez ‘FIFA World Player’ dijo adiós a las canchas dejando sensaciones encontradas; nunca fue campeón del mundo, y en realidad su palmarés colectivo es pobre, pero al menos en la memoria colectiva es un ídolo: un catedrático del buen futbol y la mala fortuna.