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Durante 23 años de carrera, Roberto Carlos demostró ser un lateral diferente; el nacido en Sao Paulo desempeñó siempre un futbol agresivo, vistoso. Su gran velocidad le convirtió en un relámpago imparable en la carrera, pero su potente pegada lo volvió una leyenda. Fue un osado defensor sin miedo a la derrota, hambriento de triunfo y amigo de la afición.

Roberto Carlos da Silva afrontó cada reto de su carrera como si fuera el último; sin temor al fracaso, el brasileño de 1,68 se esforzó en cada encuentro por dar lo mejor de sí. “Hay que salir al campo pensando en que no quedan tantos partidos como pensamos. Yo siempre pienso en la muerte”, declaró en 2001 con la misma calma con la que cobraba cada tiro libre.

Su cuota goleadora es sorprendente, 123 tantos como profesional, desempeñándose siempre como lateral por izquierda. Roberto Carlos nunca se limitó a defender con determinación la meta propia; el brasileño de 1,68 de estatura fue siempre un explorador incansable del área rival. Sus incesantes incursiones en territorio enemigo regularmente rendían frutos; con un centro rasante o un disparo explosivo, el nacido en 1973 marcaba diferencia.

El hambre fue su principal motor; una infancia difícil le guió a las puertas del éxito. «Nadie piensa que yo he sufrido mucho, que cuando era chico caminaba descalzo, sin camisa, y no tenía ni para comprarme una chocolatina. Vivíamos en una casa de madera junto a una plantación de café», cuenta con nostalgia. Años después, cuando la fortuna le acogió, cayó poco a poco en el despilfarre.

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El éxito llegó acompañado de la fama y así la rebeldía. Roberto Carlos se supo siempre una estrella, un futbolista descomunal ubicado en una zona del campo donde se volvía aún más sorprendente. Sus cualidades técnicas le hicieron un lateral inigualable; llegó en 1996 al Real Madrid, y en el Bernabéu se volvió héroe y villano. Sobre el césped se llevó una y mil veces la ovación, pero sus problemas en el vestidor le ganaron la rechifla.

Roberto Carlos, osado defensor, fue durante años un futbolista ‘tribunero’; creyente del futbol como arte y no como disciplina, se preocupó siempre de consentir al respetable. «La gente me quiere porque yo juego para la gente, yo pienso en la gente, en dar espectáculo. Eso es el fútbol. Noventa por ciento de diversión y diez por ciento de táctica». Hoy, a un par de años de su retiro, se le recuerda con gratitud por cada gesto de destreza con que consintió a la afición, cada chispazo de talento con que enamoró a la pupila.