Steaua de Bucarest, el modesto que avergonzó al Barcelona en la final de Champions hace 35 años

Cuando la Champions era Copa de Campeones y los países de ligas que no eran populares no tenían que comenzar la competición en una fase previa de la fase previa, hubo campeonatos de equipos bien exóticos. El formato lo permitía. Y ganaba el fútbol puro.

Pero nada como la llamativa campaña del Steaua de Bucarest rumano, que en este 2021 cumplirá 35 años de una hazaña inolvidable cargada de mucha suerte. También, por contraparte, es un aniversario vergonzoso para el Barcelona, que perdió la final de forma bien lamentable.

Primero, hay que hablar del contexto. La 1985-86 era la primera Copa después de la tragedia de Heysel, sin clubes ingleses, los más poderosos de Europa. Así que las posibilidades estaban bien abiertas, pero nunca para que ganara semejante “underdog”.

El campeón de Europa nació en la temporada 1984-85, cuando la familia de Ceausescu, un miserable y cruel dictador, hizo su irrupción en el club.

Su hijo, Nicolae, no podía ocultar que manejaba los hilos del club. Con su fuerza política, fue juntando en un mismo equipo lo mejor del fútbol rumano. Era conocido como amedrentaba al resto de los equipos.

Hasta ese momento, no había escuadra de la vieja Europa socialista que haya podido destacarse en las copas internacionales. En esos países, después de la Segunda Guerra Mundial, los clubes habían pasado a ser comandados por distintos actores del estado. Ministerios, sindicatos, fuerzas de seguridad, etc. Y Rumania no era la excepción.

Así, «el equipo del ejército» ogró juntar en un mismo once a los delanteros letales Marius Lacatus y Victor Piturca. Aparte de  Laszlo Boloni, Gavril Balint , Lucian Balan o Miograd Belodedici, más un portero que se convertiría en leyenda: Helmuth Duckadam.

En esa época, la Copa de Campeones era eso, la Copa donde solo jugaban los campeones de ligas. En aquel entonces, el formato era igual al de la Concachampions de hoy: eliminación directa desde el principio.

Caminos dispares

Así que también el factor suerte también juega: A Barcelona, su rival de final le tocó una ruta complicada y al Steaua, fácil.

Primero, fue el débil Vejle danés, al que despachó 5-2 en el global. Luego el Honved de Hungría, muy lejano al ballet que era en 1950, ganando 4-2 el global. El más cerrado fue en cuartos el  Kuusysi de Finlandia, al que derrotó apenas 1-0.

La semifinal fue ante Anderlecht, que dio el batacazo ante el Bayern. En una bonita llave, los rumanos se impusieron 3-1 en el total.

Mientras, Barcelona sufrió en el camino con Sparta Praga, Porto, Juventus (el campeón defensor y un cuadro que era comandado por Platini) y Goteborg, al que remontó épicamente un 3-0 y generó un hype que lo montó en la final como gran favorito. La historia de esa remontada la contamos aquí.

Barcelona, con el crack alemán Bernd Schuster, el delantero “Lobo” Carrasco, junto al escocés Steve Archibald formaban un sistema ofensivo bestial; más defensas como Migueli o Alexanko, tenían un robusto equipo que le hacían ver como favoritos.

No había ganado aún su primera Copa de Campeones el Barcelona. Y esta estaba muy cerca, por el equipo que tenía, por el desconocido rival y geográficamente cerca, ya que se iba a jugar en Sevilla el 7 de mayo de 1986.

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«Ducky» el notable arquero

 

No se confíen

Quizás por la pobre talla de los que habían sido sus rivales hasta la final, o por el poco peso específico del nombre Steaua, o porque venían de un país con escasa tradición en el deporte, los rumanos fueron subestimados de plano por la prensa de la Europa occidental que hacía ver como un trámite para los de Terry  Venables, DT del Barcelona,  el partido definitorio, y por fin la copa más deseada por el barcelonismo estaría en sus vitrinas. No se podía escapar definiendo en Sevilla, una especie de localía tácita.

A ese grupo de jugadores se les bautizó como “los rápidos”. Jugaban de forma vistosa y también eran efectivos. Cuando encaraban hacia el arco rival y se acercaban al área eran letales ya que delanteros y volantes invadían el territorio como hormigas a la miel. Lo hacían preferentemente a un toque, pues su técnico Emerich Jenei tenía esa premisa y así lo entrenaba: “Practicábamos fútbol a un toque, solo cuando los chicos perdían concentración debido a la exigencia les permitía hacer dos”.

Pero en la final no fue así. Temiendo también el nombre del rival, se agazaparon los 90 minutos reglamentarios. Barcelona no fue nada eficiente, jugó de forma espantosa y el 0-0 caminó por el partido, incluso hasta llegar a la prórroga.

“Creo que pudimos haber atacado un poco más, irónicamente, el partido más importante del club fue el peor de esa Copa. Pero, dejemos el pasado así como está”, comentó Miograd Belodedici.

Fue la primera final en quedar 0-0 y la segunda en  definirse por penales de la Copa/Champions. La tragedia fue para el cuadro blaugrana.

Las cosas olían mal cuando Schuster no le gustó ser sustituido por Venables y se marchó en taxi al hotel, con su esposa, apenas fue relegado. No vio como terminó el partido.

Mikal Majaru falló el primer penal para el Steaua, pero también José Ramón Alexanko. László Bölöni de nuevo, falló. Y Ángel Pedraza también se estrelló contra el arquero. Lacatus abrió el marcador, pero “Pichi” Alonso, tampoco embocó para el Barcelona. Gavril Balint logró meterla para los rumanos y el grito de alegría explotó cuando Marcos Alonso se estrelló, al igual que todos sus compañeros, contra un muro rumano.

Barcelona erró todos los penales que cobró y el portero Helmuth Duckadam se volvió inmortal al detener los cuatro penales.

Los barcelonistas decepcionados de sí mismos

Cosas de la vida: el meta padecía de un aneurisma y una insuficiencia arterial aguda en el brazo derecho, el mismo que detuvo los penales y estuvo a punto de ser amputado en 1989.

“No es fácil ganar una Copa de Europa al Barcelona en Sevilla, pero es más fácil que escapar de la policía comunista en Rumanía», fueron algunas de las frases que confiaron los campeones en el aire de libertad que daba estar fuera de ese país. El equipo del ejército había hecho historia.

Los valerosos futbolistas fueron interesando en España, en especial al Betis y al Sevilla. Para jugar la Intercontinental correspondiente ante River Plate, luego se incorporaría un prometedor jugador: “Ghica” Hagi. Y volvieron a una final de Copa de Campeones en 1989, aunque en esa ocasión, el Milan, sí demostró lo poderoso que era.