Valery Lobanovsky, el padre del futbol de Europa del Este

Rinus Michels, Helenio Herrera, Nereo Roco… son algunos de los entrenadores que han pasado a la historia gracias a sus aportaciones, las cuales cambiaron para siempre al mundo del futbol. Dentro de esta lista de entrenadores innovadores habría que agregar al considerado padre del talentoso, pero sobre todo, disciplinado futbol soviético: Valery Lobanovsky.

Nacido un 6 de enero de 1939, en la ciudad de Kiev, creció en un mundo en el que la individualidad había quedado relegada por el colectivo; nadie era más importante que el sistema, situación que fue determinante en la trayectoria de Lobanovskiy. Inicio su trayectoria como futbolista en el Dínamo de Kiev, en donde mostró talento, pero su decisión de adquirir un mayor conocimiento del futbol lo llevó a retirarse a los 29 años.

A la par de su carrera futbolística, Lobanovsky inició sus estudios en la escuela Politécnica de Kiev, uno de los centros académicos más importantes de la Unión Sovietica; fue en ese lugar donde adquirió otros conocimientos que fueron determinantes para su carrera: graduado como ingeniero, siguió una trayectoria académica que culminó cuando obtuvo su doctorado en ingeniera matemática. Las bases ya estaban presentes en el entrenador, era hora de ponerlas en práctica.

Su idea de ganar ya estaba plasmada desde sus últimos días como jugador; cuentan que en una ocasión quisieron felicitar al equipo por su triunfo, a lo que Lobanovsky dijo: “Sí, ganamos la liga, pero jugamos mal y solo hicimos más puntos que otros que jugaron peor. No puedo aceptar las felicitaciones porque son injustas. Los sueños dejan de serlo en cuanto lo consigues”, idea que implemento de inmediato al asumir como entrenador.

Teniendo a su cargo al Dnipropetrovsk, el entrenador se volvió famoso por sus métodos de entrenamiento, trazando sobre el campo de entrenamiento diversos modelos matemáticos que ayudaban a los jugadores a elaborar acciones futbolísticas, tanto ofensivas como defensivas. Su trabajo al frente del modesto equipo motivo que se le ofreciera trabajar como entrenador en él Dínamo de Kiev, el club más popular de Ucrania.

Al llegar al equipo en 1974, incorporó a su equipo de trabajo a dos personas que no estaban vinculadas al futbol: Anatoly Zelentsov, decano del Instituto de Ciencias Físicas de Kiev y Valentin Petrovski, famoso entrenador de atletismo. Con ellos implementó toda una revolución en el equipo, revolución que incluía dietas, programas de exhaustivos de acondicionamiento físico, ordenadores para rendimiento, y nuevos modelos de entrenamiento, a lo que se añadió una destacada generación de jugadores.

Los primero frutos de aquel trabajo se dieron en 1975, cuando conquistó el bicampeonato local; pero no solo fue eso, 1975 fue su presentación ante el mundo, pues conquistó la Recopa de Europa ante el Ferencvarosi de Hungría, con un rotundo 3-0. Sin embargo, su verdadero salto a la fama se dio en la Supercopa, donde derrotaron categóricamente al Bayern Munich, con una descomunal actuación del delantero Oleg Blokhin.

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A la par de su labor en el Dínamo de Kiev, Lobanovsky se hizo cargo de la selección de la URSS, en donde no obtuvo los mismos resultados; acudió al Mundial de 1982, pero se quedó varado en segunda fase; fue entonces cuando regreso al club de la capital ucraniana para continuar su labor y para alargar su legado.

Con una nueva generación de futbolistas encabezada por Igor Belanov, el equipo ucraniano se volvió a proclamar bicampeón de la liga de la URSS; pero nuevamente su gran victoria se dio en la Recopa de Europa, venciendo al Atlético de Madrid, partido que es considerada como la obra cumbre del entrenador.

Para 1986, nuevamente se hizo cargo de su selección, colocándose como uno de los favoritos para conquistar el Mundial de México; sin embargo, la ilusión quedo atorada en octavos de final, en donde en un juego memorable, fue eliminado por Bélgica. Mejor labor hizo en la Euro de 1988, cuando condujo a la URSS a la final, pero igualmente cayó derrotado por Holanda. Aquel torneo significó la última gran intervención del balompié soviético, y parecía que sería la última de Lobanovsky.

La desintegración de la URSS hacía pensar que con ella desaparecería la idea de juego del entrenador, pues para el Mundial de 1990, no pudo superar la fase de grupos. Terminado el certamen, dejó su país natal abandonando el ideal colectivo para ganar petrodólares en Medio Oriente. Sin embargo, el viejo sabio aún tenía mucho que ofrecer.

Para 1997, regresó por última vez al Dínamo de Kiev, en donde volvió a implementar sus métodos que le hicieron ganar el mote de General; una nueva generación de jugadores encabezada por Andriy Shevchenko, volvió a poner al equipo en la mira del mundo, llegando hasta las semifinales de la Champions 98-99, siendo eliminado por el Bayern Munich. Todavía fue puesto al frente del equipo nacional, pero falló en su labor de calificarla al Mundial de 2002.

Lobanovsky fue uno de mis profesores. Aprendí de sus lecciones y tomé apuntes. Era un gurú de los banquillos”, declaró un tal Marcelo Lippi. “Los equipos de Lobanovsky eran máquinas que neutralizaban a sus rivales. Nunca me dio vergüenza estudiar sus métodos”, declaró Luis Aragonés. “No hay palabras para describir todo lo que hizo por el futbol. Fue un adelantado a su tiempo”, indicó Franz Beckenbauer.

Sin embargo, contrario a todos los halagos, Valery Lobanovsky siempre se manejó con  una filosofía: “Los partidos se desvanecen de la memoria, pero los resultados permanecen”, pero en caso del entrenador matemático, resultados y partidos, siempre estarán unidos.