¿Que la verde se ha prostituido a la merced de cervezas, refrescos, panes, golosinas y quien quiera que le llegue al precio? Sí. ¿Que los mexicanos que tenemos en el extranjero juegan menos de lo que quisiéramos? También. ¿Que nuestra liga es un asco a pesar de los meritorios logros de equipos como Monterrey o Diablos, y del despilfarro anual de otros como Tigres? Sin duda. ¿Que las entradas en los estadios cada vez son más flojas exceptuando a la afición del Norte, que como sabemos, se cuece aparte? Eso que ni qué.

Dicho lo anterior, debemos reconocer que esta vez México no se metió a territorio yankee nomás para meterse un billete. Su victoria fue inapelable, sufrida y trabajada ante unos rivales de peso y bastante tradición. No se vale menospreciar el esfuerzo mostrado por cada jugador en esta última cita.

Llámenme soñador, iluso si quieren. Pero este nuevo equipo me hizo recuperar aquella ilusión, esas ganas de prender la tele para ver jugar a México, ¿y por qué no aceptarlo?: ese orgullo que no experimentaba desde aquel cada vez más lejano 2005… última vez que vimos a los nuestros jugar como dios manda.

Si bien no llegamos a semifinales ni cuando fuimos sede del Mundial, si es cierto que en 2006 lo teníamos todo para hacer historia y perdimos a la hora buena, si nadie puede negar que aún estamos muy lejos de los mejores, si hay que aceptar que Estados Unidos es el gigante del área; no hay un solo motivo para pensar que México es incapaz de esta vez hacer un magnífico Mundial. Y menos ahora que tenemos a nuestra gran figura vestida de rojo en la mejor liga del mundo.

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No importa que nuestros representantes tengan fama de holgazanes y borrachos, ni siquiera que alguno de ellos haya nacido en otro país. Mientras México ofrezca este tipo de exhibiciones, todo queda en el olvido… Lo malo es que estemos hablando de beisbol. ¡Felicidades al flamante campeón de la Serie del Caribe!
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