“¡Robo, hurto, atraco, despojo, asalto, saqueo, estafa, fraude, escándalo…” No se habla, ni se lee, tampoco se oye de otro asunto. Comprobado está que un fin de semana sin futbol nos vuelve locos.

El clarísimo fuera de lugar de Tévez, la indignante descalificación de Ernesto Canto, el histórico maltrato sufrido en Copa Libertadores, la injusta derrota de Amores Perros… Árbitros, jueces, miembros del jurado: todos son parte de la conspiración judeo-masónica que históricamente nos ha impedido ganar el oro, avanzar al quinto partido, llevarnos el Óscar, o desdentar por una vez al Devorador de Mexicanos. Como si con Pemex, Televisa y el PRI, no tuviéramos suficiente yugo.

En el siglo XVI los españoles nos robaron el oro, en el siglo XIX los gringos nos robaron nuestro territorio, y ahora en pleno siglo XXI los filipinos nos robaron la pelea. Todo el mundo se aprovecha: Hernán Cortés, Santa Anna, Salinas de Gortari… Hasta las prostitutas ecuatorianas saben que ahí está el pan.

Juan Manuel Márquez representa un poco al estudiante al que le quitan el celular todos los días en el metro y encima lo dejan con el ojo morado, al señor de la tiendita que se tiene que mochar mensualmente con la jauría de extorsionistas para que lo dejen tranquilo, a todos y cada uno de los millones de rehenes del sistema que abonan sus quincenas a los bolsillos de la institución bancaria de su preferencia. Es normal que en la tierra de la injusticia, aquí donde el 98% de los crímenes quedan impunes, estemos un poco paranoicos y no reparemos en que después de todo, quizá no seamos tan importantes como para que el resto del mundo nos persiga sistemáticamente.

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Lo acontecido el sábado en Las Vegas no fue nada en una historia plagada de abusos, atropellos y agravios de los de a de veras. Ya entrados en analogías, si cada round representara un siglo, apenas estaríamos saliendo al sexto. ¿Tiramos la toalla por lo acontecido en los cinco episodios previos, nos esperamos al round 12 a ver qué pasa, o levantamos la guardia de una puta vez?