Fue en 1999 cuando supimos que los milagros en el futbol existen. Eso de que “el último minuto tiene 60 segundos” cobró sentido por primera vez la noche en que el Manchester United le dio la vuelta al Bayern Munich en la final de la Champions. Aprendimos entonces a mantener la fe hasta el final, sin importar reloj ni marcador.

Si de manipular el tiempo se trata, el Manchester es el prestidigitador supremo. Así como un par de minutos le bastaron para darle un vuelco a la historia en dos saques de esquina, una docena de años no han sido capaces de sacarle ni una cana a la cabeza roja de Paul Scholes, ni de llevarse un solo caballo de fuerza del motor que hace volar a Ryan Giggs, o de quitarle tantito sabor al chicle de Sir Alex Ferguson.

Algunas caras sí que han cambiado desde entonces, pero no es secreto que siguen siendo los mismos Red Devils de toda la vida. Van der Sar alquila los guantes de otro mito llamado Schmeichel, Vidic conserva los restos íntegros de la Momia Stam, el goleador de nacionalidad exótica cambió de pasaporte (ahora es mexicano, en lugar de trinitario), y hasta hace un par de años un Beckham mejorado portaba el 7 bajo el nombre de Cristiano Ronaldo, para luego apuntar al mismo blanco.

El Manchester, al igual que su rival del sábado, no pasaba de “pinche equipo mugroso” con una sola Copa de Europa en su haber hasta 1998. Ahora, en pos de su cuarta Champions unos y otros empiezan a argumentar con títulos la condición de grandeza que siempre se les fió, aunque sigan rezagados en la carrera histórica contra Real Madrid, Milan o Liverpool.

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Pero más allá del recuento de honores conquistados lo sustancial es que, en medio de la adversidad y la desolación, 12 años después aún surge esa voz interior al minuto 90: “…acuérdate del Manchester”, que nos alienta cada vez que nuestro equipo necesita dos goles en tiempo de compensación. Al final nunca los consigue, pero nos aferraremos una y otra vez a ese ejemplo… al gran legado del United.