Alemania está al borde del descenso. Alemania se va a la B. La Mannschaft ni siquiera tiene el destino en sus pies, pues requiere de asistencia francesa. Si Países Bajos le gana al equipo de Didier Deschamps: Tschüss, gute Nacht, Auf Wiedersehen!

El dogma aquel que define al futbol como un juego de once contra once donde al final ganan siempre los alemanes es una patraña. De hecho, nadie perdió más finales de la Copa del Mundo que Alemania, Y su sucursal, el Bayern Múnich, es el rey de las derrotas grotescas en Champions League (aquella remontada imposible del Manchester United con dos tiros de esquina en tiempo de compensación, la final perdida en su propio estadio ante el Chelsea más triste de la década o la caída en la final contra el Aston Villa… ¡¡¡el Aston Villa!!! así lo certifican.

Claro que los alemanes pierden, por supuesto que saben hacer el ridículo como el que más… pero nunca, o casi nunca, habían caído a las primeras de cambio. Los altibajos propios del futbol nos ofrecen -ofrecían- pocas certezas inmutables a través del tiempo y que Alemania no se derrumba al primer golpe es -era- un punto de encuentro donde siempre nos podíamos resguardar cuando las otras potencias, menos estables (el Brasil del 1-7, la Francia post Zidane, la Italia, Argentina y Países Bajos del último cuatrienio, la Inglaterra de siempre, etc…) se caían a pedazos.

Tras el predecible derrumbe sufrido en 2018 Alemania se levantará, ni duda cabe. Pero las torpes decisiones de Joachim Löw camino a Rusia la tienen ahora mismo lejos del nuevo orden de gigantes con verdaderas opciones de coronarse en Qatar. Francia tiene más y mejores jugadores. Inglaterra llegará más joven, pero con un rodaje con el que sus contemporáneos alemanes no contaron durante el pasado Mundial. Y Brasil, mientras Tite siga al mando, será Alemania vestida de amarillo: estable, dinámica, contundente, fresca, abierta al cambio, favorita y digna de la confianza que ha perdido la Alemania de blanco.

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