Capitán CavernícolaNi el gol de Ronaldo contra el Compostela, la chilena de Rivaldo frente al Valencia, o el meteoro de Iniesta ante el Chelsea. En mil partidos que vi del Barcelona, ninguna jugada me hizo sentir tan orgulloso de ser culé como aquella:

Roberto Carlos sacó dentro del área una típica munición de su bazuca izquierda, y mi héroe no dudó en lanzarse de cabeza para que la bala se estrellara en su nariz… jamás en las redes.

Por su aspecto y conducta en la cancha, cualquiera apostaría a que se trata de un espécimen incapaz de usar los cubiertos o de masticar con la boca cerrada.

Jamás sale de noche. Llega al entrenamiento antes que nadie, y también es el primero en irse. Mientras los otros se peinan, miran cómo luce su camisa Armani en el espejo, o se untan crema anti arrugas; el capitán sale camino al estacionamiento sin gota de gel, con el look de hace quince años, y sube a su discreto Audi A3 que tanto desentona entre las naves de los demás.

capitan_cavernicolaPudo ser el mejor lateral derecho del planeta; sin embargo su rapidez, entrega y dureza eran demasiado lujo para desperdiciarse en la banda. Entonces se convirtió en un central único. Lucha cada balón como si fuera el último de la Tierra, sufre más faltas de las que comete, y nunca lo expulsan o suspenden por acumulación de tarjetas.

Para sus compañeros, resulta un auténtico dolor de güevos. Se la pasa incordiándolos, previniendo cualquier despiste, aún si el juego está parado por culpa de un jugador lesionado. Cuando el Barça mete gol, salta más que cualquier fanático para celebrarlo; aunque él no sea el anotador ni de milagro. Y antes de la reanudación ya está en su posición: otra vez aplaudiendo, eternamente gritando.

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Messi vale más de 150 millones, Ibrahimovic cobra 12, pero lo de Puyol no puede tasarse en Euros. El domingo, contra Real Madrid, volví a comprobarlo.