Les contaré la historia de un club grande, muy grande: ganador, millonario, poseedor de una filosofía y una masa social sin símil. Un equipo, les decía, siempre enorme… solo superado por el tamaño de sus complejos.

Durante más de 100 años ser aficionado del FC Barcelona equivalió a estar predispuesto a la tragedia. A desempeñar el rol de víctima en una trama donde por bien que fueran las cosas, siempre terminaban por volcarse.

Tan solo en el pasado reciente: aquel que viví sin un libro que me relatara los antiguos infortunios, puedo reseñar el 0-4 ante el Milan en la Final de Atenas 1994; las traumáticas salidas de Ronaldo, Rivaldo o Figo; el oscurantismo en tiempos de Gaspart, Rexach y Serra Ferrer; la infame descomposición del equipazo que se le fue a Rijkaard de las manos y en síntesis, la historia de un club programado para autodestruirse continua y constantemente.

Hasta que vino Él a descomponer el ADN blaugrana. A extirpar el histórico victimismo, acabar con su perpetua propensión a la fatalidad, y reinventarlo en un instante en el magistral equipo aclamado más allá de los siete mares: el multicampeón sin miedo a nada, el gigante que jamás se rinde, el club inmune a la desgracia.

No hay mayor dicha como fanático que vivir con la certeza de que, por denso que luzca el panorama, nada puede salir mal. No mientras esté Él. Desde hace dos años el culé de cuna es feliz, por más que no logre adaptarse del todo a compartir su pasión con tanta gente nueva: aquella que no padeció los primeros dos párrafos de este texto. Y a la que ya le tocará saber de qué estoy hablando… solo es cuestión de que Él se vaya, y el caos vuelva a gobernar en casa: el Camp Nou.

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No ha nacido una pluma lo bastante virtuosa para redactar una columna a la medida de Pep Guardiola. Para ello debería existir un tipo como él en el periodismo deportivo y los genios, aparte de emerger cada cien años, no suelen dedicarse a este negocio.