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Nos faltan equipos grandes. Esos que compran a los mejores jugadores, que asustan a los árbitros, que jamás pierden en casa y que tienen un estilo de juego avalado por su historia.

Y no es que en México nunca existieran. Cuando River y Boca ya dominaban el panorama argentino, Peñarol y Nacional mandaban en Uruguay, Juventus e Inter en Italia, y así en todos lados; nuestros grandes se llamaban España y Asturias. ¿Qué pasó? Pues eso. Que se llamaban. Cuando el resto del mundo había proclamado a sus equipos grandes, aquí empezábamos de cero.

Si hoy América, Chivas, Cruz Azul y Pumas son llamados así es sólo por su nivel de convocatoria… y eso que ninguno puede llenar su estadio. Sálvese alguna década gloriosa perdida en el tiempo, no los respalda su pasado, y muchísimo menos su presente.

Repróchenme lo que les dé la gana: el hecho es que mientras en todas las ligas menos la francesa, los dos o tres equipos grandes suman entre 20 y 40 campeonatos; los nuestros no llegan ni a la docena. Cuando en el futbol civilizado los clubes no se conforman con salir campeones, sino que ejercen para alcanzar como mínimo el bicampeonato, aquí volver al éxtasis seis meses después resulta una utopía.

El problema es que en México gana cualquier hijo de vecino. Y una liga donde salir campeón es tan fácil, no puede ser competitiva. Los equipos chicos están para incomodar de vez en cuando a los grandes, poner en el mapa a la ciudad en donde juegan y ser tan fuertes como puedan en casa. Su rol no es ganar la liga.

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El aficionado mexicano está mal acostumbrado a que su equipo, por chico que sea pueda salir campeón, y cree que con los mismos argumentos México tiene chance de ganar el Mundial. Para ser grande primero hay que saber qué significa.