Aunque me hago güey cada vez que puedo, pocos ignoran que yo de niño le iba al Cruz Azul. Pedro Duana y Porfirio Jiménez eran los símbolos de un equipazo incapaz de dar la talla en liguilla, en los tiempos en que bendito Dios, esperabas un año entero para poder jugarla.

En términos generales no tuve una infancia feliz, la verdad. Y gran culpa de ello la tiene el Cruz Azul: sus promesas incumplidas, su pecho frío, su fragilidad mental, su apatía, su fobia a la presión. Sus siempre altas expectativas y sus siempre amargos desenlaces. Por diversas causas fui un niño medio acomplejado, con tendencia a la depresión… y mi equipo no me ayudó mucho que digamos a levantar la autoestima.

Cuando por fin salió campeón, experimenté una suerte de alivio que poco tuvo que ver con alegría genuina, sino más bien con la insatisfacción que te queda luego de cumplir una obsesión. Como el vació que te hunde justo después de tirarte a la chava con la que tanto soñaste, ¿entienden? Además, ¿quién puede celebrar una liga regalada por el portero rival?

Cuando eres niño no sabes lo que haces. Si no te permiten beber, ni votar; es normal que te equivoques a la hora de elegir equipo. Me bajé del barco a tiempo y gracias a ese instante de divina sensatez, me ahorré como setecientas frustraciones y contando. Porque Cruz Azul ha sido incapaz de alterar el rumbo que década tras década lo conduce irremediablemente hacia el mismo puerto desolador. Es la genética azul que se propaga de generación en generación y de la que no pueden escapar futbolistas, entrenadores ni aficionados. Están condenados al desaliento.

Dicho esto, doy pie a la columna que religiosamente entrego, palabras más palabas menos, todos los años. Si pertenecen a esa testaruda tribu en peligro de extinción llamada ‘Cementeros’, quizá ya han leído suficiente. Sírvanse pasar directamente al cajón de comentarios para saludar a la mujer que me dio a luz.

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Nunca ganan cuando les toca Chacón, Martinoli les tiene mala fe, Tomás Boy los provoca, la Comisión Disciplinaria los acosa y las cámaras de TV Azteca conspiran en su contra. Pobre Cruz Azul, ignora que para poder ser perseguido, moverse es el primer requisito. Y a falta de corazón no hay piernas que anden.

Cruz Azul ha intentado conseguir el ansiado título por las buenas, por las malas y por las peores. Desde hacer trampa alineando al dopado Salvador Carmona, hasta reclutar desesperadamente a Armando Archundia como refuerzo de lujo. Y ni así se le hace.

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La democracia llegó al futbol mexicano mucho antes que al Congreso. Aquí todo mundo sale campeón: lo consiguieron en los últimos 30 años equipos de la calaña de Tecos, León, Atlante (2 veces), Puebla (2 veces), Necaxa (3 veces), Toluca y Pachuca (44 veces cada uno). ¡Hasta Cruz Azul y Tigres lo lograron en alguna ocasión!

Y es que por mera probabilidad matemática, al Cruz Azul le tocaría salir campeón dos o tres veces. Pero ha fracasado en 47 de sus últimos 48 intentos. Y por promoción de fin de año, le estoy descontando sus milenarios descalabros en Concachampions, Interliga y demás adefesios. Se trata del único equipo capaz de garantizarle a su afición tres frustraciones al año.

Aunque algunos se levantan el cuello por su ubicación en la cima de la porcentual, eso equivale a sacar pecho por los resultados conseguidos en pretemporada. Unos y otros no son más que juegos de preparación.

Billy Álvarez ha hecho las cosas bastante peor que por ejemplo, Michel Bauer. Pero al presidente del Cruz Azul no hay quien lo cepille. Si se hiciera a un lado, para dedicarse de lleno a resolver el cochinero que tiene en la Cooperativa, o a agarrarse a trompadas con su hermano si es que tanto se odian, le haría un primer y último servicio al club de futbol que le fue heredado. Desgraciadamente, es tan aferrado como cualquier cruzazulino que se niegue a cortar de raíz su tormento.

Quien sufre ahora es porque quiere. Cruz Azul no posee una ideología de juego definida a través del tiempo, ni tiene tradición centenaria, ni cuenta títulos a raudales, ni es el club de ninguna determinada demarcación geográfica o social del país. No es el equipo de los ricos, ni el de los pobres. No es el equipo de los estudiantes, ni el de los albañiles. No juega con puros mexicanos, ni trae a los mejores extranjeros. No apuesta decididamente por la cantera, ni tampoco por la cartera. No tiene un estadio grande, ni tampoco hostil. Su afición no es la más numerosa, ni la más apasionada. No es el equipo de Hidalgo, ni el del DF. Es el equipo de una cementera. Que lloren por él en Jasso, en Lagunas y nada más.