El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición espera ansioso a que una nueva víctima sea presentada para alimentar su hoguera. Con las cenizas de Juan Carlos Osorio reposando en el Paraguay, medios y aficionados aguardan a que pase un nuevo desgraciado a quien perseguir. Hemos asistido a la misma escena demasiadas veces. El pobre diablo (Tata Martino, pongamos) llegará radiante, convencido y sonriente; pronto se irá viejo, desgastado y aborrecido.

Su éxito tendrá que ser inmediato. ¡Huy de él si la selección pierde el boleto a la Confederaciones! ¡Cuidadito y no le meta por lo menos ocho a Bermudas en el primer partido rumbo a Qatar! Si logra empezar su viacrucis con el pie derecho, los inquisidores aún tendremos decenas de ocasiones para promover el máximo castigo: si sufrimos en el Hexagonal exigiremos su destitución, si no ganamos la Copa Oro al mes entrante, no pasamos caminando a los Olímpicos de Tokio o si nos eliminan de la Concacaf Nations League antes de enterarnos de qué demonios se trata, se le reventará a mansalva. Y aun si el tipo se las ingenia para no consumirse ante cada vicisitud que le ponga el abarrotado calendario, la condena por no llegar al quinto partido del Mundial será exigir que le corten la cabeza con efectos inmediatos.

Así hemos engullidoa más de 15 seleccionadores en los últimos 24 años: todos incompetentes, indignos de la afición, prensa y ese inmenso abanico de cracks que pone a su disposición el futbol mexicano.

Tata Martino no es el entrenador ideal, ya que ni esun súper héroe de otra galaxia, ni tampoco parece un técnico capaz de coordinar los compromisos comerciales de la selección con el trabajo táctico del día a día, ser tolerante con los directivos, educado con los medios y capaz de sacar lo mejor de un puñado de futbolistas tan medianos como sobrevalorados; amén de diseñar un sistema de juego ofensivo, que gane, agrade y nos conduzca, sin rotaciones, a cuartos de final de la próxima Copa del Mundo. Mínimo. Y todo sin caer en la tentación de soltarle un madrazo a Martinoli en el camino.

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A lo mejor buscarse una capa y emprender el vuelo le resulte más fácil al técnico argentino.