tearsCuatro veces me ha hecho llorar el Barcelona. La primera, en 1994: un 0-4 ante el Milan en la Final de la Copa de Europa que me impulsó a arrancar todos los posters y fotos blaugranas que colgaban en las paredes de mi cuarto, mientras a moco suelto gritaba improperios en un espectáculo aberrante protagonizado por un niño tan grande, y al que hasta hoy que se los cuento, solo había asistido mi mamá.

En mi adolescencia logré convivir con mi innata intolerancia a la frustración para no convertirla en lágrimas. Lloré la muerte de mis abuelos Dan y Dora, y sigo llorándola apenas platico cualquier trivial anécdota que se refiera directa o indirectamente a ellos. Y también en el cine: al director le basta acondicionar un diálogo más o menos intenso como el de Yo Soy Sam, o echar mano de un musical conmovedor como en Up! y aunque sean dibujos animados me tendrán en la sala chillando como Magdalena.

Durante 15 años el futbol dejó de hacerme llorar. En 2000 quise hacerlo, para demostrarme que de veras era tan culé como seis años atrás. El Barcelona había caído en semis de Europa, goleado por el Valencia del Piojo López. Logré producir un par de glándulas lagrimales, pero solo pude derramarlas tras un desesperado y ruin recurso: desenterrar algún episodio con mi abuelo Dan. Lloré con trampa y no cuenta.

No me faltaron razones para hacerlo en 2002 cuando el Real Madrid venció al Barcelona en semifinales de la Champions. Aquel partido lo vi en un viejo hostal de Riobamba, Ecuador donde se concentraba el Morelia previo a un partido de la Libertadores. Como en los cuartos no había televisión, tuve que bajar al comedor y, por alguna estúpida razón ligada al complejo del ¿qué dirán?, me resistí a llorar delante del Tato Noriega y compañía.

En 2006 el Barça volvió a ganar la Champions. Estaba en Saint Denis, loco de alegría. Ese instante ya lo había vivido muchas veces en mi imaginación: yo, en primera fila… Puyol delante mío levantando ese trofeo que solo ganaba el Madrid. Esa secuencia la había imaginado muchas veces antes, con una diferencia: en todas ellas lloraba de felicidad. A ese partido acudieron 78,782 espectadores, pero entre todos les escribe el último en salir del estadio. Quizá lo que necesitaba era llorar en soledad, pero ni así.

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Concluí que eso de llorar por motivos ajenos a la tristeza solo sucedía en Mujer, casos de la vida real y esas cosas. Pero que en el mundo verdaderamente real era imposible. Dos años después nació Judith y cuando la tuve en mis brazos por vez primera me descubrí lloriqueando rodeado por tres gordas enfermeras con la misma histeria de 1994… pero esta vez de pura y genuina alegría.

PepGuardiolaEl año pasado volví a acompañar al Barcelona en su tercer consagración europea. Entonces no lloré, ni tampoco me acordé de intentarlo. Me dediqué a disfrutar. Al día siguiente, leía en el avión la crónica del partido cuando una gota me sorprendió al caer sobre la foto de Sylvinho. No se había descompuesto el aire acondicionado de arriba. Era yo.

Todo este choro no es más que una introducción al párrafo que esta mañana de domingo me hizo sollozar a lo estúpido. Buscaba artículos alegóricos a la victoria del sábado en la Supercopa y me topé con lo que escribió David Trueba en El País. Demasiado bueno para ser inventado:

…Dos días después de ser eliminado en la Champions por el Inter de Mourinho, el Barcelona se jugaba la Liga del año pasado en el campo del Villarreal. Notaba heridos a sus jugadores, rotos por la derrota en la competición más ansiada. “¿Qué les digo?”, se preguntaba en voz alta el entrenador a una hora de sentarse en el banquillo del Madrigal. A Guardiola le obsesiona que los mensajes motivantes sean cortos, claros, sencillos, asequibles, eficaces. Ha encargado vídeos y utilizado imágenes de Youtube, señalados esfuerzos, ideas, momentos, destellos. Todo vale para avivar el ánimo a los jugadores. Aquel día se dirigió a sus jugadores con una sonrisa abierta. “Señores, yo no les puedo pedir más. Me han dado mucho más de lo que cualquier entrenador puede pedir a sus jugadores. Sois grandes. Gracias por todo. Solo quiero decirles una cosa. Si salimos ahí fuera y perdemos y se nos escapa la Liga, no pasa nada. Absolutamente nada. Tranquilos. Mil gracias. Para mí sois los campeones”. El Barcelona ganó cuatro a cero y la Liga.