Padre e hijaÉrase una vez en el tiempo que Necaxa y Atlante llenaban sus estadios, eran grandes, ganaban. Hasta que dejaron de hacerlo, el ayuno se prolongó por décadas y un día, nadie sabe bien cuándo, sus seguidores se refugiaron en la indiferencia tras varios años anclados en la resignación. A mediados de los ’90 Potros y Rayos volvieron a ganar, pero para entonces había pasado tanto tiempo que se encontraron celebrando casi solos. El irreversible abandono de su gente los orilló al exilio: ambos clubes optaron por sobrevivir en el interior de la República.

Hoy martes, en lugar de llorar una nueva derrota, el fanático celeste experimentaría la ilusión de enfrentarse al Barcelona ante los ojos del mundo en Abu Dhabi. Aunque claro: para eso tenían que ser campeones de Concacaf. ¿Y cómo no? También perdieron esa Final.

Entiendo al aficionado que apoya al equipo de su ciudad o región. Comprendo, aunque no comparto, el sentimiento de arraigo de las Chivas, el complejo de superioridad que te invita al América, el amor al buen futbol que a pesar de todo te orilla a ser del Atlas, o la rebeldía innata a los Pumas. Pero irle a Cruz Azul sin venir de Ciudad Cooperativa o de Lagunas, Oaxaca es una necedad que escapa a mi comprensión.

El aficionado azul no solo perdona; también olvida. Solo bajo prescripción amnésica puede asimilar semejante capacidad de sufrimiento sin incurrir en deserción. Hay quien incluso piensa  que el cruzazulino sufre una variante de masoquismo, y opta por nombrarlo “emo”, en lugar del tradicionalmente despectivo “chemo”.

Ni las heridas históricas del Monterrey en el D. F., ni cerrar en casa para olvidarse del trauma que le provocó el Pachuca hace 10 años, ni prohibir la salida de su capitán Torrado al futbol español, ni tener al campeón goleador en sus filas, o la garantía de Enrique Meza en la banca, ni el gol anulado a Baloy en la ida, tampoco el penalti perdonado a Corona en la vuelta, ni siquiera saber que hasta el pequeñito Banfield salió campeón de Argentina ese mismo domingo. Nada, absolutamente nada le sirve a Cruz Azul para huir de su tragicomedia.

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No sacaré pecho por intuir que el Monterrey sería campeón tras la muerte de Antonio de Nigris. Eso tiene tan poco mérito, como haber anunciado a los cuatro vientos que Cruz Azul no ganaría la Final. Jugarse el prestigio, con los cementeros de por medio, no invita al menor riesgo porque la ley de probabilidades les hace lo que el viento a Juárez. Todos le ganan al América… menos Cruz Azul. Cualquiera sale campeón… excepto Cruz Azul. Y cuando parece que ya es demasiado, la agonía no hace sino prolongarse un año más.

Por todo lo conseguido hace cuatro décadas, presumen sus fieles que Cruz Azul nació grande. No les falta razón… el problema es que muy pronto dejó de crecer.
Juanito