Si una nave extraterrestre se asomara a nuestro planeta, sedienta de abducir al primer vecino que pasara por ahí, la probabilidad de que éste fuera uruguayo sería de 1 entre 1,983. De hecho, apenas el 0.3% de la población continental es charrúa y sin embargo, para jugar al deporte más amado por los terrícolas, ellos son los mejores de América hoy y siempre. Al menos eso da a entender la vitrina de trofeos instalada en la modestísima sede de la AUF.

El pedazo de tierra que ocupa Uruguay cabe perfectamente en el Estado de Sonora, y todos sus habitantes encontrarían asilo en la Colonia del Valle sin provocar mayor caos que la molesta falta de estacionamiento. Vamos, que para acabar con la clase de geografía, el mundo tiene más oaxaqueños que uruguayos.

Hasta su caída en semifinales de México ‘70, Uruguay había ganado tantos mundiales como Brasil y dos más que Argentina. Muchos más si obedecemos a ese escudo que se adjudica cuatro estrellas en honor a los tiempos en que los Juegos Olímpicos era el certamen que definía al país con mayor talento a la hora de patear el cuero.

Después: la debacle, de aparente no retorno. Concretamente, entre 1990 y 2010 la realidad pambolérica de aztecas y charrúas fue más o menos igual. Ellos tuvieron a Enzo, nosotros a Hugo. Nosotros perdimos dos finales de Copa América, ellos ganaron una, pero en casa… y así cualquiera. En resultados directos los tuvimos más o menos de hijos, y en los mundiales nos fue mejor.

Hasta la batalla de Rustemburgo. Aquella en la que el general Tabárez, 30 mil dólares de sueldo; batió a las tropas de Javier Aguirre, 400 mil de los verdes al mes. Nuestra memoria es corta, pero no tanto como para olvidar la consecuencia de la derrota: Uruguay llegó a semifinales por la autopista Corea del Sur – Ghana… ensartándole a México el croquis rumbo al triángulo de las Bermudas. Cierto que para entonces, ellos ya tenían a Forlán, Suárez y Cavani; mientras nosotros acompañábamos a Chicharito con el abuelo del Cuau, Guille y Bofo. Aún así, nada nos sacará de la cabeza que al menos contra Corea pudimos hacer algo más que la lucha.

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Al año entrante, un aborto de la selección mexicana tuvo la revancha contra Uruguay en Copa América. Si empataba, la Celeste jugaba cuartos de final contra Colombia. Si ganaba, tenía que vérselas contra la local Argentina. Y en vez de especular, Uruguay decidió ganar. El resto del cuento ya se lo saben.

Con Brasil y Argentina fuera de semifinales, y tras el nivel exhibido en Copa Oro, es inevitable suponer que ésta pudo ser la Copa América de México, si tan sólo hubiera sido representado como dios manda. Pero no nos hágamos tarugos…

México no ha respaldado un proyecto desde 2006 como Uruguay. México no tiene la mística de Uruguay. México carece aún de la mentalidad de Uruguay. A México no le avala la historia de Uruguay. Y mucho menos, la producción de Uruguay. Aunque los superemos 40 veces en población, y por ende en venta de sándwiches; ese móndrigo parche entre Argentina y Brasil posee mínimo el triple de talento regado por el mundo balompédico.

El viaje uruguayo del cielo al suelo era boleto redondo. Nosotros seguimos en lista de espera.