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En el futbol siempre vivimos ansiosos por declarar al más grande de todos los tiempos. Tendemos a idealizar el presente para sentirnos únicos, y es por ello que no puede salir un joven superior al estándar, que ya nos apresuramos a compararlo con Pelé o Maradona, aunque un par de años después sucumbamos ante la certeza de que todo tiempo pasado fue mejor. Esta vez no es el caso.

Hablar del Barcelona 2009 exige reflexiones demasiado elevadas sobre el concepto belleza, y yo no tengo tanta sensibilidad. No estoy a la altura de su juego, ni de sus logros. Y dudo que exista una sola pluma en el planeta que encuentre un léxico digno de los conceptos que esculpe en la cancha el mejor equipo de la historia.

Tan grande, que Real Madrid gastó 400 millones de dólares soñando en celebrar derrotas de apenas 1-0 en el Clásico. En el plantel del Barça están Balón de Oro, plata, bronce y todos los metales habidos en la tabla periódica de los elementos. Y con un 70% de material virgen: descubierto y fundido en la cantera del club.

Valdés, el mejor portero del mundo en el mano a mano; Alves, tan veloz que jugar con él equivale a hacerlo con 12; Puyol, 80 kilos de puro corazón; Piqué, el heredero de su brazalete; Busquets, el criterio hecho futbolista; Xavi, el más rápido del mundo (mentalmente); Iniesta, Zidane pero sin gol; Pedro, próximamente FIFA World Player; Ibrahimovic, da Vinci del siglo XXI; Messi, todos los anteriores en un solo jugador; y Guardiola, el primer técnico de la historia que siempre tiene la razón.

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Ahora que lo ha ganado todo, el Barcelona reivindica su magnitud, no en base a un simple inventario del contenido de sus vitrinas como otros, sino cimentado en las formas que verdaderamente lo hacen único: su estilo de juego, el anuncio de su camiseta, su modelo de club.

Hay que darle gracias al cielo por hacernos testigos de lo irrepetible… Somos contemporáneos del FC Barcelona.