Brasil es el principal favorito para la ganar la Copa que alberga su país. Sin embargo, los aficionados más románticos del fútbol de fantasía no están muy animados con lo que pueda hacer su equipo, más allá de que tiene todo para ganar el evento.

Pasa por su juego, que cada día que pasa pierde más alegría. Es efectivo, es contundente, pero aquellas jugadas fantásticas van quedando cada vez más en el pasado. Aquel drible que levanta de sus asientos al público, va siendo sustituido por el pase efectivo.

Neymar, jugador que genera adoración y antipatía por igual, guste o no, representaba el principal trazo de fantasía del equipo. La irreverencia, el drible adicional, la pirueta. La misma sobreactuación en diversas facetas se puede incluir en el kit de fábula que trae el formado en Santos.

La ausencia de Neymar fue cubierta por William, un jugador de la confianza del técnico Tite. El ex Chelsea tiene un juego bueno, efectivo. Cumple con creces un rol. Pero, no es precisamente un fantasista.

La prensa de Brasil criticó el hecho. Muchas voces pedían a Vinicius Junior o algún jugador del Brasileirao (liga brasileña) que estuviera despuntando, que desborde, que añadiera fantasía.

El pragmatismo de Tite es entendible: el resultado en Rusia 2018 no fue el mejor con una selección con tanto favoritismo. Y yendo hacia atrás, carga con el peso ajeno de la humillante participación de la Canarinha en su Mundial, el de Brasil 2014. La Confederación Brasileña de Fútbol ve como suprema obligación ganar, y esta vez, parece que como sea.

Tite, que hizo una espectacular eliminatoria a Rusia, alegró porque retomó trazos del fútbol fantástico de otrora, y por supuesto, la efectividad, el resultado. En más de una conferencia, Tite explicó que toma mucho de la identidad del Brasil de 1982, para muchos una de las mejores versiones de la verdeamarelha, a pesar de no quedar campeón de ese Mundial.

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Hoy, está en contradicción. Tite y el fútbol brasileño. Y mucho tiene que ver el mercantilismo. Por ejemplo, a la hora de seleccionar jóvenes o desarrollar futbolistas se prioriza el físico, la potencia por encima de las habilidades técnicas. Eso, porque será más fácil vender un jugador así a Europa, donde los clubes prefieren esos atributos. Hoy, Brasil está mecanizada.

Hasta algo tan tradicional, como el apodo se va perdiendo. Ahora, aunque se sigue usando una o dos palabras para identificar al jugador, jamás van ausentes de su nombre. William, Neymar, Paulinho, Alisson… en contraste con Pelé, Garrincha, Zico, Rivaldo. En el fútbol actual, “O Reí” sería simplemente un simple “Edson Arantes”.

El inolvidable Garrincha. Su apodo se debe a un pájaro vulgar y feo. Hoy no sería un sobrenombre apetecible

Y eso, también obedece al tema de identidad. Según columnistas amazónicos, los agentes de jugadores tratan de “limpiar” cualquier apodo que venga de niño o de barrio para poder hacer un mejor marketing personal y a su vez, vender mejor o más rápido al jugador. “¿Quién hoy pondría dinero por alguien que se llame “Bigode” (Bigote) o “Branco” (blanquito), apodos comunes en la calle?”, reflexionaba el editor de Globo Esporte, Marvio dos Anjos.

La plantilla de Rusia 2018 fue la primera en cuarenta años que no tenía apodos de este tipo. Parece algo instaurado cuando se revisa la escuadra de la Copa América 2019, donde se repite el hecho.

La lenta muerte del apodo del futbolista brasileño es una consecuencia de que el deporte es cada vez más corporativo y menos irreverente”, añadió dos Anjos, quien con nostalgia asegura que “sentimos que cada día le quitan algo al fútbol brasileño”.

En las favelas, la fantasía sobrevive