Los relojes pararon su andar en el sexto día del mes, el tiempo se detuvo. A partir de ese instante, jamás el mes de Mayo volverá a ser igual. En la vida de los seres humanos, ciertos momentos se materializan en recuerdos, catalizadores de sentimientos; alegría, llanto, tristeza, orgullo, rabia, el sustento de la vida.

Era mediodía y aquella pequeña sala se convirtió en un espectacular palco del Stamford Bridge. Se generó un vacío, sólo dos personas compartiendo ese pequeño pero eterno instante de magia, del otro lado del mundo el lugar abarrotado por miles de almas, testigos eventuales de lo que allí iba a suceder, poesía…

La imaginación de José lo colocó junto a su abuela en el palco imaginario, 65 años de diferencia entre uno y otro, diferentes generaciones, diferentes intereses, diferentes realidades, diferentes oportunidades, pero un mutuo sentimiento el uno por el otro. En innumerables ocasiones compartieron diferentes momentos de la vida en aquel pequeño rincón, testigo mudo de lecturas, sesiones de tejido, canciones, pláticas, discusiones, risas, incontables anécdotas, pero éste momento era diferente, pintaba para un capítulo inolvidable, un punto de inflexión, era el principio del final.

En primer plano, José cerraba los ojos mientras se entonaba la evolución del Zadok The Priest, imaginando que era un guerrero enfundado en cualquier casaca entrando en el épico campo de batalla inglés. Al fondo, 87 años de trabajo debilitados en un sofá mirando con incertidumbre a los 22 guerreros, tal vez con indiferencia, eso jamás lo sabremos.

El televisor de 23 pulgadas refractaba una postal única, hermosa: miles de gargantas alentando, las formaciones infranqueables, el césped parece cobrar vida, el sueño de millones de hombres reducido en la realidad de 22 afortunados de la vida, pitazo inicial, comienza la batalla…

Tom Henning y su maldita costumbre de iniciar aburridos partidos, pensaba José con ironía mientras miraba con ternura los gestos de tranquilidad y cansancio acumulados en el rostro y manos de una leyenda viviente para él, Gelo, como de cariño le ha llamado desde siempre a su abuela. Cinco minutos le bastaron a Gelo para que el somnífero surtiera efecto, la semifinal de vuelta de la Champions League, ese tal Ballack, el mentado Messi y toda esa bola de pelafustanes que sabrá Dios quienes serán, se pueden ir al demonio, ¡yo me voy a dormir!, es posible que eso hubiera pensado, mientras el sueño se hacía cada vez más profundo.

En la vida absolutamente todo es relativo, lo que para unos representa sentimientos de indiferencia y aburrimiento, para otros es la oportunidad de atestiguar momentos de historia, de salpicarse con la gloria ajena. Transcurría el minuto nueve del partido y a un señor de apellido Essien se le ocurrió preparar con elegancia el eventual escenario. Agarró el balón de aire tras un rebote y, como si estuviera liberando una paloma con la mano, el esférico voló con tal elegancia que como premio a la estética de la imagen, golpeó con el madero horizontal incrustándose de campana en la meta de Valdés. José brincó de su asiento con emoción desbordante, los gritos que pegó bastaron para interrumpir estrepitosamente el sueño de la abuela. «¡Gol, Gelo, Gol, Golazo de Essien!», emocionado gritaba José mientras observaba la repetición, «¿Quién hijo?, ¿Qué pasó?», reviró Gelo con la misma paciencia con la que despertaba hace dieciocho años cuando el pequeño José llegaba a su recámara a interrumpir sus siestas. A partir de ese momento y consumada la interrupción de la cita con Morfeo, la anciana comprendió que se trataba de algo importante para su nieto, la celebración y la emoción que reflejaban su rostro lo delataban. Tras el gol de Essien, Gelo empezó a mostrar interés, como un discreto acto de complacencia hacia José. «¿Quiénes son los de amarillo hijo?, ¿Por qué se ve tan elegante todo?», tal vez ocultaba en sus pensamientos que debería disfrutar la tarde con su nieto. Por su parte, José era todo retórico, trataba de explicarle que no sólo se jugaba un simple partido de fútbol, sino que era historia, los mejores del mundo se han reunido en Inglaterra para saber qué equipo merecía llegar a la final de la Champions League. La elegancia no era casualidad, la élite del fútbol y sólo los conocedores observaban y disfrutaban del encuentro desde cualquier rincón del mundo, obviamente abuela y nieto incluidos.

Gelo, originaria de Pomas, Michoacán, había quedado viuda tan sólo cuatro meses antes de que José naciera, por lo que decían que era la calca de su abuelo, del mismo nombre. Toques de balón por aquí y por allá, ataques por flanco izquierdo, obuses en las áreas, cerradito el partido. «Gelo, con los de amarillo juega un mexicano, se llama Rafa Márquez, ¡dicen que es de Zamora, Michoacán!, pero ahora está lesionado», comentaba José para abrir plática. «¿De veras es michoacano y está jugando allí hijo?, fíjate que tu tío Raúl pudo jugar en el Atlante, dicen que era goleador en el equipo de la Modelo, ¡nunca fue a llevar sus papeles! Tu abuelo trabajó de conserje en un edificio donde vivía el presidente del Cruz Azul, a veces yo le cuidaba a sus hijos. Un día conocí al confesor Cornero, vi de espaldas al Gato Marín, no sabes que buenas personas son Rosita y Don Billy, nos querían mucho, un día te voy a llevar para que te vea, ¡estás grandote como Cornero! y vas a ver que un día vas a estar en ese estadio con el michoacano», decía Gelo mientras miraba la pantalla. José esbozó una sonrisa y escuchaba todas las anécdotas que le contaba su abuela, uno de sus sueños era jugar en primera, sabía que la posibilidad era lejana, la vida lo llevaría a ser ingeniero.

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El medio tiempo transcurrió, inició el segundo, las anécdotas continuaron, pasaron de cómo Gelo vio el ferrocarril de Álvaro Obregón cuando niña y las carabinas Winchester y Mauser de la revolución encontradas en una hacienda, hasta como el abuelo José trabajó en la ciudad, en una fábrica de cal, en una cervecera, portero en una vecindad, en la conserjería de edificios de lujo. Platicaron de cómo a base de trabajo lograron salir adelante, el nieto José, siempre manifestó sentirse orgulloso de sus raíces, con éste acervo de anécdotas ahora lo es más. De repente el partido pasó a segundo plano, de vez en cuando José miraba de reojo el televisor, ambas historias lo cautivaban, Gelo ganaba la batalla por mucho, toda la atención para ella.

Así pasaron los minutos y las emociones en el partido se calentaban, de repente en el televisor el comentarista gritaba: «La pelota le queda a Messi dentro del área, la toca, área central, disparooo, Golazooo, Goooooooooooooooool del Barcelona, que decimos gol, golazo de Andrés Iniesta camiseta número 8, ¡lo hace en el agregado!…», José gritó emocionado como nunca al ver la imagen, no lo podía creer. Lo que parecía una victoria en la bolsa del Chelsea, Andrés Iniesta lo convirtió en un calvario, igual de hermoso que el gol de Essien pero con mayor significado. Aquel disparo fue abriendo y, como si la historia escribiera un poema, el vuelo de Cech sólo sirvió para engalanar aquel momento, el balón besó las redes, la historia estaba consumada, Barcelona ganaba el boleto a la final en Roma y a la postre sería el rey de Europa y del mundo.

Surgió la polémica tras el triunfo catalán, que si hubo mano dentro del área, que si el arbitraje favoreció a los españoles, que si la obtención de esa Champions fue una mentira por lo ocurrido en Stamford Bridge, todas las conjugaciones habidas y por haber en la mezcla de sentimientos, la rabia de Ballack, la impotencia de Cech, el orgullo lastimado de Lampard contrastando con la alegría desbocada de Pep, el festejo de Iniesta, la sonrisa de satisfacción de Xavi, el blanco y negro del fútbol, el sístole y diástole de la vida, José grabó esas imágenes en la memoria, punto de inflexión.

Pasaron algunos días y José se despedía de Gelo, el pasado episodio fue la última convivencia en solitario para ambos en casa, Gelo estaría algunos días en casa de su hijo mayor; parecía que Gelo no quería cruzar la puerta de salida. «¿Si me voy hijo?», preguntó Gelo a José como deteniendo el tiempo. José alzó los hombros, le dio un beso, acarició su plateada cabellera y agarró su mano. «¡No te vayas!», pensó en la intimidad de sus sentimientos. Gelo en el automóvil, José en la acera, cruzaron miradas y agitaron las manos por última vez, la despedida de cinco minutos más larga de la historia…

Tan sólo 22 días después del monumental partido, Gelo y José volverían a tener un encuentro en solitario, se generaba el mismo vació de siempre cuando ambos compartían hermosos momentos, esta vez era definitivo, en una cama de hospital la abuela yacía tranquila como esperando el momento, José entró a la sala y notó que a Gelo le salían alas, el momento de partir se acercaba, intercambiaron el último diálogo, se despidieron con la incertidumbre de saber si algún día se volverían a encontrar, hubo algunos ‘te amo’, José le ofreció de beber agua, Gelo sin fuerzas se negó. Ambos sabían que era el último momento, no compartirían la graduación como ingeniero de José, Gelo no vería bisnietos, no se volverían a sonreír.

La madrugada de aquel gris día de Mayo, después de la despedida, le terminaron de crecer las alas a Gelo. José era un manojo de emociones, la vida, la despedida, el blanco y el negro, el sístole y diástole, el sustento de la vida. Cada vez que José recuerda el gol de Iniesta es como si aquella poesía se transformara en una máquina del tiempo que lo transporta al –cada vez más lejano– 6 de Mayo de 2009. Las anécdotas contadas por la abuela y el orgullo que siente por sus raíces, lo que para algunos es punto final, para otros es punto seguido, la ley de la vida, el blanco y el negro, el sístole y diástole, un punto de inflexión en el que cada persona vive al límite de sus emociones, lo relativo y lo absoluto, la poesía, la hazaña, el calvario, la impotencia, la alegría. Todo eso y más forman una mezcla homogénea: la vida. Jamás el mes de Mayo volverá a ser igual.